El pulso de la política nacional se ha concentrado en el Zócalo de la capital del país. Cuarenta mil maestros de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación están apostados ahí, en campamento. Quieren impedir la evaluación universal, ordenada por la Ley General del Servicio Profesional Docente, propuesta por el Presidente Enrique Peña Nieto y avalada por el Congreso de la Unión. Sus protestas han logrado desquiciar el tránsito durante una quincena. Ya se calculan pérdidas millonarias por retrasos en la productividad. Pero hasta ahora, no hay visos de negociación exitosa. “Minoría”, los llamó el primer mandatario en su gira por Rusia que concluyó este fin de semana. En el campamento, el miedo al desalojo por nada se va. Pero tampoco la voluntad de seguir en el movimiento. Es raro quien concilia el sueño. En la madrugada, todos forman una agitada respiración. Entre ellos está el profesor de la sierra de Oaxaca, de lengua Mixe, Miguel Jiménez González, quien resume su lucha: “Lo que quiero es que me comprendan”.

Foto: Antonio Cruz, SinEmbargo

Miguel Jiménez González, líder de Los Mixes de Oaxaca. Foto: Antonio Cruz, SinEmbargo

Ciudad de México, 7 de septiembre (SinEmbargo).– Hace dos horas y media que pasó el camión del Grupo de Granaderos del Distrito Federal, pero el miedo no ha querido ceder. Ha empezado la madrugada en el Zócalo de la Ciudad de México del 5 de septiembre de 2013. Nadie cierra los ojos. Nadie concilia ningún sueño. Si alguien de aquí lo hiciera, no podría observar en qué sitio se va a apostar ese cuerpo de seguridad, por dónde avanzarán sus elementos y sobre todo, por dónde se podrá correr hacia alguna salida.

La última quincena, el profesor Miguel Jiménez González, secretario de Organización de la delegación I-378 de Los Mixes de Oaxaca, la ha pasado con la cabeza en el plan idóneo para escapar si esa pesadilla ocurre y le tumba la casa de lona roja, amarrada a mecate, que levantó hace 13 noches en la esquina de la calle de 16 de septiembre y Plaza de la Constitución.

Y por eso, y por otros motivos, nadie se quita los zapatos. Aquí están, tirados frente a los Portales que albergan centros joyeros de oro y plata. Unidos sus cuerpos, tan cercana su respiración que parece una sola. Es un susurro de exhalación extendido en el campamento. Hay por lo menos cuarenta mil cuerpos de hombres y mujeres, acurrucados en este sitio al que a veces le llaman “el termómetro político del país”.

Han completado 14 días de marchas. La de hoy ha sido de las más agotadoras. 15 horas de rodear, regresar, avanzar, regresar. Querían cercar el edificio de la Secretaría de Gobernación, en Bucareli. Jugaron al gato y al ratón con elementos de la policía de Justicia del Distrito Federal. La acusación de violentos la llevan sobre los hombros y pegada al pecho. Por eso, cuidaron sus movimientos. Hoy aceptaron a otros en el contingente. Al volver al Zócalo, por la tarde, eran muchos más y no había dónde bañarse. Más bien, los baños que cobran 20 pesos, en la calle de Corregidora, se habían saturado. Muchos –la mayoría- tuvieron que quedarse con el sudor en el cuerpo y tirarse en el suelo.

En la tiniebla de aquí se han organizado todas las manifestaciones en contra de la Ley General del Servicio Profesional Docente, enviada por el Presidente Enrique Peña Nieto al Congreso de la Unión y avalada tanto por la Cámara de Diputados como por la de Senadores esta semana. Según su texto, el destino virará para los profesores mexicanos de Educación pública básica y media superior. Tendrán hasta tres oportunidades para aprobar una evaluación obligatoria. De reprobar tres veces, serán sancionados. La primera penalización será la reasignación a otras tareas. La segunda, el despido. Hace dos días, los líderes del movimiento mantuvieron un diálogo con autoridades de la Secretaría de Gobernación. Fue como si eso no hubiera ocurrido. Horas después, la Ley fue avalada por el Senado. Nada de lo propuesto por la CNTE fue incluido.

–¿Y esos zapatos, profesor Miguel? ¿Con esos ha ido a usted a las marchas?

–Estos son mis mejores zapatos. Son Flexi. Me los puse porque los huaraches ya no los resisto. Tengo los talones cuarteados y los dedos, despellejados. Están muy pesados, los huaraches. Conmigo, se van a acabar mis mejores zapatos, pero los pies no. Yo me cuido. Mis niñas y mi compañera están allá, en Santiago Atitlán, Oaxaca. Yo les dije que regresaría. Voy a regresar. También por mis alumnos. Tan siquiera que mis niñas y mis alumnos entiendan por qué se está luchando.

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Los maestros del CNTE sobreviven en el Zócalo. Foto: Antonio Cruz, SinEmbargo

Los maestros del CNTE sobreviven en el Zócalo. Foto: Antonio Cruz, SinEmbargo

Se ha acurrucado en el suelo de piedras unidas con barro seco. Un suelo de temperatura extrema: en el día se percibe ardiente, por la noche penetra la piel. El profesor no duerme, pero tampoco desea alejar al miedo. Es el miedo, dice, el que lo ha protegido. Ha empezado a conversar.

Aunque había sepultado con olvido ciertos días, se ha acordado de hace siete años, en Oaxaca, cuando otra manifestación parecida a esta fue desalojada por sorpresa y él tuvo que huir mientras sentía balazos en los tobillos.

El 14 de junio de 2006, cientos de elementos de las policías de Oaxaca atacaron con gases lacrimógenos, escudos y toletes a los maestros de la sección 22 del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE) y a otros de la Coordinadora, montados en campamento desde mediados de mayo de ese año en el Zócalo de la capital de ese estado.

Los policías fueron superados: los maestros eran más. Unos se les enfrentaron, otros corrieron hacia las casas aledañas. De la experiencia, surgió la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca (APPO) en la cual, se aglutinaron otras organizaciones sociales. Lo que siguió fue un episodio negro: varios enfrentamientos de sangre, marchas gigantes, barricadas que por las noches cercaban la ciudad y en su contra, un grupo denominado “caravanas de la muerte”.

Pero el desalojo del que se ha acordado el Profesor Miguel Jiménez González no es ese. Él quiere hablar del que ocurrió el 28 de octubre –casi cinco meses después– cuando el entonces Gobernador Ulises Ruiz Ortiz le pidió al ex Presidente Vicente Fox Quesada la intervención de la Policía Federal Preventiva. Ha empezado a contar que corrió. Que iba bañado por el agua de los chorros a presión que les echaron a todos y a todo. Y fue en ese preciso minuto, con nublazones en la vista, cuando sintió los disparos en los pies. Supo después de los tres muertos, dos de ellos profesores. El otro, un médico que se había acercado para brindar primeros auxilios.

“No teníamos un plan. No sabíamos cómo salir, cómo evacuar. Queríamos correr todos al mismo tiempo. Ahorita hemos hablado de primero, proteger a las maestras. Que salgan primero. Y no, no asustarnos. Despacio. Ver por dónde están llegando. Y ver la posible evacuación”.

El profesor Miguel –33 años, cumpleaños marcado para octubre y la creencia que la celebración le llegará aquí, en el Zócalo de la ciudad de México– regresó ileso a su vida de maestro en el municipio de Santiago Atitlán después del desalojo de 2006. Eso ha contado ahora que la madrugada ha entrado con toda su oscuridad y ya son las 2:00 a.m.

¿UNA VIDA PARA EVALUAR?

Miguel Jiménez González nació hace 33 años en Santiago Atitlán, Oaxaca, un pueblo partido en dos por el río cuyo nombre le da el apellido, en el punto más alto de la sierra norte de Oaxaca, en una noche tan oscura como esta. En Santiago Atitlán, no sobrevivieron todos los nacidos en los 80. El sarampión y la viruela se llevaron a algunos. Su madre le ha contado que así ocurrió la noche de su nacimiento.

El suyo es un pueblo centenario. El nombre de Santiago Atitlán, Oaxaca, lleva décadas en los análisis de la pobreza y miseria en México. Por ejemplo, por su marginación, en 2012, el gobierno de Enrique Peña Nieto lo incluyó en la declaratoria de zonas de atención prioritaria, publicada en diciembre pasado en el Diario Oficial de la Federación.

Desde su más remoto recuerdo, el profesor Miguel Jiménez ha hablado Mixe, pero una vez en el bachillerato, estudió con más ahínco el Español. Desde niño conoció a quien hoy es su esposa. Sólo los separó el tiempo de la escuela, cuando él se preparó para maestro en la Universidad Pedagógica. Ella, después del matrimonio, también se graduó de maestra. Pero el profesor Miguel prefiere que no esté aquí.

Hace rato, cuando el cuerpo de Granaderos terminó de pasar por el Zócalo, dijo: “El papel del maestro es muy complicado. Veo a las compañeras que sufren mucho. Yo veo que no conviven con su familia. Viven más en el trabajo. Hemos acordado que mi compañera atienda a la familia. A lo mejor, puedo yo solito mantener”.

"No es fácil ser maestro". Foto: Antonio Cruz, SinEmbargo

“No es fácil ser maestro”. Foto: Antonio Cruz, SinEmbargo

A esta hora, el suelo se torna congelado. Pero nadie tirita. Acaso porque la olla con frijoles ha empezado a despedir su olor. Esa olla es uno más dentro de la casita de esta delegación de maestros oaxaqueños. Su presencia permanece y es tangible. Huele su hervor a frijol limpio, sin toque de cebolla ni condimentos. Y desprende un ritmo como de canción de pájaros. Son las mujeres las que están a cargo de esta olla.

Miguel Jiménez es un profesor capaz de impartir los seis grados de Primaria. Hay años que le toca uno y hay años que le toca otro. Sus clases, combinan Español y Mixe. No puede ser de otro modo. Sus niños entienden el cosmos y el mundo en su lengua materna, aunque el aprendizaje de la Lectura es en Español.

“Más que nada, cuando recién salí de la escuela, una escuela que está cerca del municipio, tenía la intención de entrar a otras carreras. Ingeniero o doctor. Pero mis papás son campesinos. No me heredaron ninguna plaza, como se dice. Mis papás son campesinos y no alcanzó el dinero para que me mandaran a una escuela. Ahí fuimos pasando a interinatos, honorarios, hasta ahorita que por preparación, obtuve una plaza fija”.

Al llegar a su aula, casi todos sus alumnos le dicen que ya desayunaron. Él sabe que en ese momento hay que fingir, porque siempre, la duda lo asalta. Y se queda con él. Porque Miguel es un profesor que conoce bien el itinerario de los niños en Los Mixes: levantarse de la cama de piedra o petate a las 4 de la mañana; ayudar a acarrerar el agua cinco veces hasta no llenar varias ollas, emprender la caminata de dos horas a la escuela, llegar y ponerle atención al maestro.

Así que el profesor Miguel siempre afronta lo que le dicen sus alumnos con el mismo aspecto sereno que tiene ahora en esta fría madrugada con lluvia, en el Centro Histórico, frente al Palacio Nacional, en uno de los campamentos más extensos de los que se tenga memoria.

El susurrar de la respiración de todos acompaña estas conversaciones. Alguien acaba de decir  que no hay maldad que circunde a los alumnos del profesor Miguel. Ese alguien ha dicho que es cierto que hay nahuales buenos y malos, pero que él les ha enseñado que con los malos se negocia. Primero, hay que respetarlos; luego pedirles que se vuelvan aliados. Y casi siempre, resulta. O por lo menos, se alejan, toman otro camino.

También, en el aula, el profesor explica en Mixe que los árboles tienen sentimientos. “Son parte de nuestra vida. Los tenemos que cuidar. Con ellos, la madre nos da de comer. La madre Naturaleza. Nosotros dependemos de ella y no ella de nosotros”.

Ahora, el Profesor está repasando su salón que apenas el año pasado se erigió en concreto, cuando muchos años fue de lámina. Le ha brotado repentinamente otro recuerdo: los cerros. Está diciendo que no hace falta llegar a la cima del más alto porque todos están entrelazados y son algo parecido a un comité que resuelve. “En la cosmovisión de nosotros, los cerros intervienen en nuestras vidas. Cada inicio de ciclo, tenemos la costumbre de ir a ellos y pedirles que cuiden a los niños. A los cerros y a todos los seres sobrenaturales”.

–¿Qué seres sobrenaturales?

–El viento, la lluvia y el trueno.

–Y esa enseñanza suya, Profesor, no está en la Ley…

–Ah, pues no. No la consideraron.

Quizá, un día, los alumnos de Miguel Jiménez González protesten por la incomprensión de su enseñanza y pasen otra alborada, como esta. Porque Miguel no desea rendirse. Aun después del deseo del dirigente moral del Movimiento de Regeneración Nacional, Andrés Manuel López Obrador, de tener el Zócalo limpio y despejado para manifestarse en contra de otra ley, la energética, este domingo. Aun con lo que decida la Asamblea de la CNTE que en esta madrugada se erigió en debate en un edificio cercano, a tres calles, para definir el rumbo del movimiento. Aun con todos los gritos recibidos y acumulados en el ánimo, en el que predomina el de: “¡Maestro güevón, vete de aquí!” “¡Maestro güevón, vete de aquí!” “¡Maestro güevón, vete de aquí!”

–¿Qué quieres, Miguel?

–No me resisto a la evaluación. Pero quiero que nos comprendan. Que no sea una evaluación universal. Los evaluadores no conocen nuestro mundo indígena, ni la sierra. Eso quiero, que nos incluyan, que nos conozcan, región por región, que nos conzocan, que nos incluyan.

–¿Le dirías algo al redactor de la Ley General de Servicio Profesional Docente?

–Le diría que se diera la oportunidad, que incluya más que nada la parte de la vivencia de Los Mixes. Están desplazando la historia de los pueblos originarios. Nos interesa que se incluya la vida de los pueblos. Eso es lo me tiene aquí.

–¿Dejarías la lucha si eso no pasa?

–No. Si me regreso, tendría que estar batallando desde los pueblos para enterar de lo que está haciendo el gobierno. Más que nada para que nuestros paisanos entiendan cómo está esto.

–¿Y vale estar acá en un sitio del que no sabes cómo escapar?

–Vale estar acá en un sitio del que no sé cómo escapar.

 

El Campamento. Foto: Antonio Cruz, SinEmbargo

El Campamento. Foto: Antonio Cruz, SinEmbargo

EL TEMOR DEL PROFESOR

Sobre todo, el miedo aquí es porque el movimiento social de la CNTE se ha extendido tanto hasta conformar un campamento desbordado de casas de campaña con techos de muchos colores, como de arcoiris revuelto. Las preguntas no se detienen en el pesado aire: “¿Crees que sí lleguen? ¿Crees que ocurra el desalojo? El profesor habla: “Puede que sí. Están viendo cómo se está radicalizando el movimiento. Está agarrando más fuerza, parece que otros estados están entrando a otros sectores. Hoy estuvo muy fuerte. Se vio el acordonamiento que se hizo en Gobernación. Bastante fuerte”.

Ese crecimiento no se puede negar. Cuando a las 20:30 horas del 12 de mayo, el cantante español, Miguel Bosé, salió al escenario del Zócalo, saludó y dijo: “Buenas noches, México. Buenas noches de aquí de la primera fila hasta el fondo de las calles”, el plantón de la CNTE abarcaba apenas una esquina.

Ese espectáculo fue parte de los festejos del Día de la Madre, organizados por el Gobierno del Distrito Federal (GDF). En su cálculo de ochenta mil personas de aforo, esa instancia tuvo que incluir a los maestros de la Coordinadora que apenas eran un puñado en relación con la extensión del Zócalo.

Para el 14 de mayo, el campamento se extendió a la mitad de la plaza. El 19 de agosto, la Coordinadora anunció lo que ahora se vive: llegarían otros veinte mil maestros de la sección 22 de Oaxaca. También de Michoacán, Guerrero y Chiapas. Luego, se unirían miles de la sección 9 del D.F.

Esta noche, el miedo no se corregirá si se sigue la bitácora de llegadas y se observa en el recuerdo cuánto ha crecido este movimiento en 13 días. Porque, dice el profesor Miguel Jiménez, algo parecido ocurrió en Oaxaca en 2006. Hoy es la madrugada del 5 de septiembre y hace unas horas arribaron setenta autobuses de los que descendieron decenas de maestros de la sección 18 de la CNTE, de Michoacán. Se acomodaron en la calle 5 de Mayo porque aquí, no cabe ni una respiración más.

–¿Cómo crees que pueda ocurrir un desalojo?

No tengo una idea.

–¿Cómo fue en Oaxaca?

–Ahí se tenía el conocimiento por dónde escapar; pero además, las familias nos brindaban apoyo. Aquí no conocemos bien las calles. Algunos, puede que estén con el movimiento, pero no creo… Aquí son puros empresarios y todos están en contra de lo que estamos haciendo.

El profesor regresa a su cobija. La madrugada avanza. Las palabras se detienen. La única que hace ruido es la olla con sus hervores. También se oye un respirar profundo.