Una mujer acarrea una cubeta de agua en Guerrero.

“Según Naciones Unidas en ocho de cada 10 hogares son las mujeres las encargadas de acarrear el agua”. Foto: Oscar Alvarado, Cuartoscuro

Por Claudia Campero*

Actualmente, visibilizar las desigualdades para atenderlas y cambiarlas es una tarea indispensable, pero también reconocer el rol que tienen quienes sufren las desigualdades en empujar esos cambios.

Los roles de género impuestos en este país (y en el mundo) significan que las labores domésticas y de cuidado caen desproporcionadamente en las mujeres y las niñas. Cuando falta el agua o es de mala calidad, se suman las tareas de conseguirla, limpiarla y atender enfermedades relacionadas con esta carencia, lo cual reduce las posibilidades de otras actividades para las mujeres incluyendo educación, trabajo remunerado y descanso. Según Naciones Unidas en ocho de cada 10 hogares son las mujeres las encargadas de acarrear el agua. Estas tareas, en algunos contextos, implican incluso mayor violencia hacia las mujeres.

El Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático nos advierte que los problemas de disponibilidad y calidad del agua no harán más que agravarse con la emergencia climática que ya está modificando los patrones de lluvia provocando inundaciones y sequías. Estos fenómenos afectan a la población más pobre de forma desproporcionada pues generalmente viven en casas más precarias, ubicadas en zonas de riesgo y menos preparadas para lidiar con emergencias. Sin embargo, volvemos a destacar a las mujeres pues al interior de esos hogares son ellas quienes frecuentemente tienen que conseguir el agua cuando falta y sacarla cuando invade la casa. El PNUD incluso advierte que en desastre las mujeres y la infancia tienen 14 veces más probabilidad de morir que los hombres, pero esto se puede cambiar integrando un enfoque de género a los sistemas de alerta temprana.

Al tener las mujeres que dedicarse a tareas no remuneradas en el hogar, tienen menores probabilidades de desarrollo personal y profesional. Sumado a esto, la participación de las mujeres sigue siendo menor en las esferas de decisión lo cual frecuentemente pone las prioridades del gasto público en otros temas que no garantizan el acceso al agua y saneamiento suficientes y de calidad. Tener un enfoque de género en la política pública permitiría poner el foco en los problemas que perpetúan la inequidad y poner en marcha las alternativas que permitan un futuro más justo.

Con la emergencia climática, la tarea de mejorar la gestión del agua se vuelve aún más apremiante. Para esto tenemos que recordar algo que frecuentemente se nos olvida en las ciudades: El agua no viene de la llave, viene de los ecosistemas. La conservación y regeneración de éstos es lo que nos dará la posibilidad tanto de tener agua como de atenuar inundaciones y sequías que nos amenazan.

Este 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, que es un día de lucha contra la violencia y por los derechos, también queremos destacar que las mujeres hemos sido parte fundamental para asegurar que más personas tengan mejores condiciones en su casa, comunidad y en el país. Por necesidad y convicción, las mujeres nos hemos activado para realizar los cambios que se requieren para un futuro más vivible. Salimos a la calle a demandar derechos de todo tipo incluyendo agua, saneamiento y medio ambiente sano. Trabajamos en soluciones vecinales, huertos comunitarios, reforestación y poniendo freno a las proyectos que siguen destruyendo ecosistemas. Las mujeres aquí estamos para liderar, proponer y luchar.

*Claudia Campero es estratega para Movilización Urbana en Greenpeace México