Hace unos días, se hicieron públicas una serie de denuncias de violencia de género a través del #MeToo mexicano. Foto: Alberto Roa, Cuartoscuro.

Por Ximena Antillón

Las experiencias de violencia de género que vivimos las mujeres habitan nuestros cuerpos en la forma de dolor, melancolía, humillación, vergüenza y rabia. Como trauma, no quedan en el pasado, están presentes cada día, incluso antes de que podamos nombrarlas. Las víctimas no tienen la opción de “no saber” lo que pasó, aunque es necesario un duro proceso de reconocimiento personal para llegar a denunciar, que no puede ocurrir en soledad. Se requiere del acompañamiento colectivo para superar la culpabilización y el estigma.

Hace unos días, se hicieron públicas una serie de denuncias de violencia de género a través del #MeToo mexicano, que van desde formas difusas o “escurridizas” de violencia, hasta conductas que se encuentran tipificadas como delito. En este contexto, un amigo me dijo “yo creo que no he acosado a nadie, pero si alguien me denuncia, yo le creo”.

Mientras mi amigo reconoce que podría haber ejercido acoso sin siquiera darse cuenta, otros hombres que han sido denunciados afirman no tener idea de quién podría ser la autora de la denuncia ni de las circunstancias que se describen. Y algunos, con más disposición reflexiva, reconocen eventos aislados en donde se podrían haber comportado de manera violenta, o podrían haber abusado de su posición de poder, sin relacionarlo con el ejercicio sistemático de sus privilegios.

Esta sospechosa ignorancia también ocurre a nivel institucional. En algunos casos que el #MeToo ha destapado se trata de formas de acoso y hostigamiento sexual sistemático, denunciado por varias mujeres. Sin embargo, las víctimas no habían sido escuchadas y los perpetradores seguían como si nada, participando en espacios públicos o gozando de posiciones en donde podrían seguir violentando a otras mujeres.

Lo anterior nos muestra que la ignorancia sistemática, personal e institucional, de la violencia que vivimos las mujeres no es consecuencia de la falta de información, sino de mecanismos de negación, descalificación y silenciamiento, que configuran lo que algunas autoras citadas por Hortensia Moreno y Araceli Mingo en su artículo “El ocioso intento de tapar el sol con un dedo: violencia de género en la universidad”, han llamado “el derecho a no saber” y “la ignorancia cultivada”. Para el presente artículo preferimos utilizar el término “privilegio de no saber”, pues claramente las víctimas no tienen la opción de la ignorancia pero los victimarios sí. Veamos con más detalle cómo opera el privilegio no saber:

1. La negación. Puede recaer sobre los hechos (nunca pasó) o sobre el significado de los hechos (son casos aislados, no se trata de formas de violencia estructural y sistemática).

2. La descalificación. Recae sobre la víctima atacando su credibilidad o dudando de sus intenciones (por ejemplo la teoría de la conspiración feminista); también recurre a la culpabilización y la estigmatización.

3. El silenciamiento. Se trata de formas de desanimar o inhibir las denuncias de las víctimas. En este sentido la impunidad tiene una función pedagógica porque enseña la desesperanza.

Todos estos mecanismos son formas de violencia y revictimización que impiden que las experiencias de las mujeres alcancen el estatus de un saber y las mantiene confinadas en el daño privado. El #MeToo ha exhibido esta deliberada ignorancia, esta apasionada defensa del no saber para no hacerse cargo. En ámbitos como el académico, activista, artístico, de las letras y la música, ha generado una plataforma de reconocimiento y denuncia de la violencia de género contra las mujeres, que hasta entonces se encontraba en “estado corporal”. Este movimiento ha permitido el reconocimiento de un saber sostenido por una comunidad: ya sabemos que sabemos, y también sabemos que nos duele.

Ahora, ¿qué sigue? Aquí algunas ideas que circulan en distintos espacios activistas y de mujeres:

1. Cuidarnos, pues en la medida en que el #MeToo desestabiliza los mecanismos que se utilizan sistemáticamente para no reconocer y silenciar la violencia de género, los mecanismos de defensa del orden patriarcal se exacerban.

2. Poner en el centro a las víctimas, su dolor y sus necesidades. Reconocer los daños y construir medidas de reparación.

3. Salir del caos, sistematizar las denuncias, entender a qué nos estamos enfrentando.

4. Devolver las responsabilidades. Las mujeres no tenemos que resolver, una vez más, las necesidades de los hombres. Como me dijo una colega, “los compañeros denunciados son adultos” y deben hacerse cargo de sus actos. Las organizaciones debemos enfrentar esta realidad y generar mecanismos preventivos e instancias para atender los casos. Y por último, el #MeToo también habla de un sistema de procuración y administración de justicia que le ha fallado a las mujeres, y por lo tanto debe generar políticas públicas que faciliten la denuncia y eviten la revictimización.