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Antonio María Calera-Grobet

08/04/2023 - 12:04 am

A la mesa unos y otros a lavar

“A unos y otros los sentaremos a la mesa juntos, con júbilo, para que partan el pan con gusto a sus niños y sus viejos”.

“Esos de lo lindo, por todo lo alto, en la mesa, la sobremesa y lo que se nos venga en gana, como un reconocimiento a su grandeza”. Foto: Shutterstock.

Sólo los que miren a los ojos, esos se sentarán a la mesa. / Los que enseñan las manos, no los que las llevan en los bolsillos, no los que van con una por delante y otra por detrás, no los que se las hayan lavado, cínicos, por tanta confabulación y mentira. Los que vayan limpios, los “límpidos”, se sentarán a la mesa: los que tienen una cara y la dan, no la esconden, los que con ella miran a los ojos, saludan con manos firmes y no aguados pescados, esos, los invitados a compartir el pan sobre la mesa. / Los que necesiten en su pecho del iridio, el magnetismo, la luminosidad que mana de las ollas, de los humores maternales de un puchero, esos, son llamados a ser el clan que se reúna en torno al fuego. Tales y no los naturalmente blindados pero tan frágiles de sus edificios mentales. La invitación vaya siempre, entonces por los fuertes e independientes y no los aglomerados, ni llanas refacciones por su espíritu refractario al relato. Sí a los tiernos, quebradizos, los verdes brotes de alfalfa, tiernos elotes, para que tomen su lugar en las mesas y hagan de ellas su templo, desde ellas ese relato que les viene desde lo hondo de su pecho, el inicio de sus tiempos, porque ellos son los más necesitados de sentarse, en la mesa que se quiera, hombro a hombro, como abrigo de lana con abrigo de lana, con sus pares. Y porque sólo así se sienten verdad, verdaderamente completos. / Y pudiera ser que sentáramos entre nosotros a los asesinos confesos, a los rateros que se fueron de lengua y han confesado su verdadera naturaleza, a los amigos y familiares que alguna vez nos traicionaron. Por el hecho de confesarse, de “decirse” y no callar. A la mesa también, si así lo acordamos, a los cobardes, ladrones, fanfarrones filibusteros que nos mintieron, traicionaron por ello y nos hicieron daño, siempre y cuando los hayamos, por el mismo “decirse”, perdonado. / Y no dejaremos sin silla, aunque estén y no estén ahí con nosotros, a los idos, los dementes, aquellos a los que se les fue la cabra al monte y ahí pastan, rumian lo que les queda de ideas en obligado silencio, cumplen con los rituales en todo respeto. A esos, pero no a los engreídos por sentirse el doble de los otros, porque sus hábitos no cambiarán, los han mamado de las tetas de su familia, y su forma de aplastar será siempre consuetudinario. Nanai de alimento en las tablas a ellos y a los que pareciera no se alimentan de viandas sino de los otros, son caníbales, y van quitando vida a los demás por carroñeros. / A los que mueren de hambre por mucho antes que a nadie, y en memoria ritual de los que quisimos nos acompañaron siempre pero no resistieron: pasteles de sangre, grandes trechos de carne jugosa, bidones a tope de leches y vino derramado para los que llevan esa hambre desde siempre, con todos los brindis contra aquellos opulentos despilfarradores, los reconocidos por la maldita mezquindad en su manera de dar, cuántos políticos son de esos, hastiados de comer frente a los huesos de los olvidados, y que dejaron a sus pueblos en el llano pelado de la hambruna: todos los brindis y deseos en la mesa de los ciertos para que purguen su penitencia a agua y aire, se les deshuesen sus muñones, corazones de alambre./ A la mesa los buenos dirigentes que vivieron poniendo el ejemplo, y a los artesanos y los obreros, todos aquellos que trabajaron para nosotros con su cuerpo. A unos y otros los sentaremos a la mesa juntos, con júbilo, para que partan el pan con gusto a sus niños y sus viejos. / A la mesa los médicos, los maestros, los entrenadores, cineastas, boxeadores y toreros. Los escritores y arquitectos. / Mucho antes que los conductores de programas ñoños y rutilantemente empobrecedores, los periodistas payoleros, las actrices o actores de medio pelo, porque caen de la gracia de pocos, y porque esos medianitos (líderes del dizque, tan regulares, medio-medio, tan comunes y corrientes, tan anodinos, grises de tan mezquinos), de seguro ellos tan gremiales y corporativos, ya estarán provistos de sus propias querencias. / En fin, que a la mesa que consideremos nuestra los que consideremos hacen el “nosotros”, los que consideremos nuestros. / A ellos (reales, verdaderos y ciertos), en la mesa, les pediremos siempre antes de saciarnos del alimento llamado relato, que nos abran siempre así, un lugar en su vida para enseñarnos, aspirar con ellos a redimirnos. / En nuestra mesa, todos aquellos que nombremos como familiares y amigos serán atendidos y cobijados de extremo a extremo: para ellos habrá siempre algo que comer y beber, pan y un vino que ofrecerles, como un agradecimiento no sólo a ellos sino al que queramos cielo por permitirnos comer y decir entre todos como un ser mismo, un cuerpo prolongado del nuestro. / Los músicos serán siempre invitados porque son parte fundamental de la fiesta. ¡Viva la música de estos iluminados porque no son sólo el telón de fondo o el marco, sino la verdadera masa de toda verbena! / Y con ellos, cómo no y hasta en el centro, los hombres y mujeres, vivos o muertos, que trabajaron alguna vez en la vida como cocineros, garroteros, meseros, y que alguna vez fueron nombrados criados mozos, sirvientes, camareros recoge muertos. / Esos de lo lindo, por todo lo alto, en la mesa, la sobremesa y lo que se nos venga en gana, como un reconocimiento a su grandeza. / De los curitas, empresarios, diplomáticos de rancísimo abolengo, los actuarios, senadores y diputados millonarios, todos esos maravillosos seres humanos, sólo pasaremos, acaso les pediremos que dejen de estar chingando y ayuden a su pueblo. / A la mesa barrenderos, jardineros y enfermeros: aguas frescas para ellos en nuestra mesa. / Por supuesto, los carpinteros que hicieron y harán todas las mesas del mundo. Será un gusto conocerlos. / Los artistas serán invitados formalmente a la mesa, pero para servir a los demás, porque buena falta hace a algunos, para refinar su educación sentimental, un serio baño de pueblo, el reconocimiento del otro no meramente como un “tercero excluido” sino como base, fundamento de su “eros”. Sólo así, como los que sirve al otro, como el que con gusto se brinda al otro, en nuestra mesa podrán estar. / Seguro es que faltan muchos amigos por sentar, servirles en nuestra mesa, pero no cabrían, aunque quisiéramos. / Tal vez, entonces, haya que poner las manos a la obra, pedirle desde ya a todos los contratistas truculentos, prestanombres, esbirros, sátrapas infames, todos los embajadores de mala voluntad, a todo aquel farsante, embaucador, alma nauyaca que se pare por aquí para pedirnos su sitio, a todos infundiosos patrañeros que entre todos conocemos, todos esos falderitos, quedabien, lamebotas, refalsotes, comodinetes, lambizconazos, en fin, cualquier clase de gamberro, esos que van por el mundo nomás destruyendo, tratando a la felicidad de la prole como su divertimento, que se pongan a construirnos mesas, retiren los platos de ellas, se pongan a fregadero, limpien todo lo que haya que limpiar, sean serviles y rápidos al atendernos, paguen un tanto así las penas que nos han causado, todo lo que nos deben y deben de pagar.

Antonio María Calera-Grobet
(México, 1973). Escritor, editor y promotor cultural. Colaborador de diversos diarios y revistas de circulación nacional. Editor de Mantarraya Ediciones. Autor de Gula. De sesos y Lengua (2011). Propietario de “Hostería La Bota”.
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