Vista aérea de vagones del Metro colgando desde una sección elevada colapsada en la Ciudad de México, el martes 4 de mayo de 2021.

“No sabemos (ni sabremos) quién es el culpable o el responsable de la tragedia de la Línea 12 del Metro”. Foto: Fernando Llano, AP

La culpa es un bicho extraño. Se comporta diferente en cada uno de nosotros, en las diversas situaciones en las que se puede presentar. Hay quienes hacen dramas inmensos por minucias y quienes le restan importancia a todo. Sin embargo, es de suponer que todos hemos experimentado esa extraña sensación que empoza en ánimo, que recurre cada tanto y que no nos deja descansar.

Para muchas culpas basta el arrepentimiento o el perdón concedido; para otras, más graves, ni siquiera el tiempo sirve como bálsamo. Hemos leído, una y otra vez, cómo el asesino pasa el resto de su vida atormentado por la visita de sus muertos. También, cómo el amigo lleva una carga perdurable por haber lastimado a su compinche en un juego infantil pero de consecuencias permanentes. La expiación suele ser una salida pero no siempre hay oportunidad de realizarla. Así que la culpa se queda como un lastre perdurable.

Hay una frontera difusa (que no delgada) entre la culpa y la responsabilidad. Es difusa porque no aplica igual en cada caso. Quien choca contra el auto de otro es culpable de las lesiones de sus ocupantes, también del tiempo perdido y del daño hecho. Sin duda, es igualmente responsable. No lo es, por fuerza, la maestra que no alcanzó a evitar la caída del niño en el patio escolar. Se le señalará si la herida es grave, pero era imposible que cubriera todas las esquinas del área de recreo. Responsable, acaso, será la escuela que, llegado el momento, aplicará el seguro escolar para subsanar aquello que pueda ser reparado. Eso no implica, sin embargo, que la maestra no se vaya a sentir mal durante un tiempo. Si mucho o poco, dependerá del accidente y de su forma de enfrentarse a sus propios demonios. Lo mismo pasará con el automovilista, con el chico que lesionó a su amigo a mitad de un juego y con muchos más.

Hay quienes, lo sabemos bien, intentarán justificarse de una u otra forma, para consigo mismos o para con los demás. A la hora de rendir cuentas, no todos tenemos la entereza ni la estatura para enfrentar nuestras responsabilidades. Así, uno termina convenciéndose de que el otro se pasó un alto; de que el movimiento que lanzó al amigo contra las piedras fue reflejo, pues él primero aplicaba una llave; que hubo mala suerte a la hora del resbalón o que el responsable era el encargado de barrer el patio ya que, al no hacerlo, el polvo acumulado hizo que patinara el pie del niño. Son formas distintas de sacudirse la culpa pero ninguna es buena para deshacerse de la responsabilidad. Así que es sencillo quedarse atrapado entre la convicción de inocencia y las sanciones posibles. En ese estadio, hasta se podrá alzar la voz en contra de la injusticia que se padece.

No sabemos (ni sabremos) quién es el culpable o el responsable de la tragedia de la Línea 12 del Metro. Deben ser muchas personas en múltiples niveles a lo largo de tres sexenios. Es casi un hecho que no habrá señalamientos lapidarios (si algunas autoridades no dejan de hablar del accidente, como si fuera el destino el responsable). En otras palabras, es poco probable que alguien pague por lo sucedido. Peor aún, no queda claro si eso servirá para que se revisen el resto de las instalaciones del Metro.

Como soy ingenuo, me gusta pensar en que, al menos, cada uno de los que se saben responsables y culpables de lo sucedido, perderá el sueño, toda vez que su tranquilidad será interrumpida por los fantasmas de la culpa. Sé que no es probable, pues cada uno ya se contó la historia precisa que lo exime de toda negligencia, culpabilidad, dolo o imprudencia. Lo ideal, sobra decirlo, será que los atrapen, los enjuicien y los condenen. Una vez presos, que cada una de sus noches duerman acompañados por la culpa de algo que, sin duda, podría haberse evitado.