“Un violador en tu camino” en el Zócalo de CdMx. Foto: Cuartoscuro

A partir de que el performance “Un violador en tu camino” del colectivo feminista chileno Las Tesis fue escenificado por primera vez en Chile hace unas semanas, el performance político se convirtió en una especie de himno entre mujeres de todo el mundo. La rapidez con la que se replicó la acción desde distintos países y continentes, se explica por varias razones; en primer lugar, la existencia de las redes sociales y el internet capaz de interconectar en segundos a millones de personas. Sin estos medios las acciones globales serían mucho más lentas, menos visibles y menos contagiosas.

El otro elemento consiste en el contexto de violencia sexual y feminicida que existe en buena parte del mundo. Tanto en México, como en Argentina, como en Chile, como en España o la India, las mujeres son víctimas de violencias sexuales que van del acoso, a la violación y el asesinato, cotidianamente. Claro, hay diferencias entre la manera como se procesan los delitos, el grado de complicidad e impunidad de los Estados, aunque la condición de indefensión en que se encuentran mujeres de todo el mundo es una constante, así como la misoginia cultural.

Sin embargo, estos dos elementos no explican, del todo, por qué esta denuncia precisa cobró relevancia mundial a diferencia de otras que mujeres feministas de distintos partes han emprendido en los últimos años.

Quizás solo el #Metoo se le pueda equiparar en sus repercusiones globales, aunque el performance de Las Tesis es mucho más horizontal, no está delimitado a una clase social o grupo específico y su fin es otro.

Si el #Metoo buscaba denunciar a sujetos poderosos, intocables e impunes (Harvey Weinstein), “Un violador en tu camino” busca denunciar el abuso y las redes de complicidad como un mal sociocultural extendido, donde el violador puede ser cualquiera, no necesariamente un hombre poderoso, “el violador eras tú/ el violador eres tú”, donde “tú” es una pieza indistinta del orden violento. El diagnóstico: el violador es el sistema mismo, el patriarcado, la cultura de la violación como un fenómeno social invisibilizado. Con muy pocas palabras, las creadoras de la letra, avanzan, señalando a las autoridades gubernamentales: “son los jueces” que dan impunidad a feminicidas y violadores, “los policías” que cometen violaciones, “el presidente” que comanda “es el Estado”. La suma de estas complicidades misóginas, se resumen en “El Estado opresor/ es un macho violador”, es decir, el Estado es el victimario de un grupo social entero que comete crímenes de odio.

Asimismo, la letra ataca, frontalmente, el fenómeno cultural que culpabiliza a las víctimas de violencia sexual y exime a agresores “y la culpa no era mía/ ni donde estaba ni como vestía”. Estribillo que se repite como un mantra: las mujeres, al fin, pueden contestarle al Estado que las ha culpado, tradicionalmente, por ser violentadas, desmontando la opresiva estrategia de sumisión misógina que ha introyectado en niñas y mujeres al responsabilizarlas de las violencias sexuales que han padecido. Una contra-pedagogía, o digamos, una pedagogía libertaria. No es casual que sea esta parte la que se acentúa/acelera en la canción y también la que se graba más fácilmente.

Es evidente que las tesis feministas están detrás del cántico, lo extraordinario, es que conceptos que estaban restringidos al campo cultural del feminismo, hayan podido sintetizarse/organizarse con tal eficiencia comunicativa. La condición artística, esto es de “canción”, la organización rítmica, le otorga a la letra una función distinta, más cercana a la poesía que a la pura arenga, en tanto canta conceptos organizados de manera estética ¿cuántas mujeres que vieron el performance se habían formulado la violencia misógina como fenómeno estatal? ¿todas conceptualizaban al patriarcado?

Como fenómeno de comunicación, el performance feminista ha sido una estrategia muy exitosa de divulgación política. Otra parte sustancial es su carácter multitudinario: la representación colectiva de mujeres, unidas por el género, exclusivamente. Sus cuerpos, con los ojos vendados, sincronizados por un bit representa la sororidad más básica: solo hace falta hablar al mismo tiempo, decir las mismas palabras: nos une la exigencia de justicia ante la violencia que nos ocurre, sin distingo, por ser, haber nacido mujer: “el patriarcado es un juez/ que nos juzga por nacer”. No hay aquí posible escisión: la discriminación es ejercida sobre los cuerpos, sin importar la clase social, el origen étnico, la nacionalidad.

Creo que no exagero al decir que el éxito de “Un violador en tu camino” representa una extraordinaria conquista del movimiento feminista a nivel mundial. Ha sido capaz de enunciar violencias y diagnósticos de manera masiva, visibilizar a mujeres como una fuerza política, no conceptual, sino fáctica. Las mujeres pueden tomar las plazas públicas, organizarse frente al poder, denunciarlo como misógino. Los riesgos y peligros potenciales de su cariz profundamente subversivo y desafiante, que no es otra que el pensamiento y la voz publica de las mujeres, la reivindicación de su ciudadanía plena, han sido, hasta ahora, conjurados. La fuerza de la colectividad ha impedido que, en la mayoría de los países, el performance sea reprimido violentamente. No así en países como Turquía, donde la letra fue declarada un crimen contra el Estado, la manifestación fue violentamente dispersada y mujeres fueron golpeadas.

Por supuesto, el Estado opresor no se equivoca: es una afrenta para la cultura, machista y autoritaria, del patriarcado elevado a forma de gobierno. Es la primera vez que las mujeres, de todo el mundo, están denunciando complicidades criminales multitudinariamente, quizá la fuerza provenga de que la letra es una forma de apropiación del Estado, que tradicionalmente solo es enunciado por varones.

Las respuestas violentas, lamentablemente, parecen muy probables por la potencia cultural del mensaje.

A esto se debe que miembros de corporaciones, tradicionalmente masculinas, como son el futbol, la militar y la policiaca, se mofaran, repitiendo el baile de las mujeres u obligando a otros hombres a repetirlo. Son una forma de respuesta social que busca contrarrestar el efecto, aunque el artefacto, como un bumerang, logra convertir los cuerpos y las voces masculinos en instrumentos mismos de la denuncia: una forma, irónica si se quiere, de conquista de la voz de las mujeres sobre el orden patriarcal.

Claro, falta mucho para acceder a la justicia, pero es un hecho que esta es una revolución cultural que puede acercarnos a conquistar la ciudadanía; que no nos agreda, que no nos viole, que no nos asesine el Estado.