Por la COVID-19, el 15 por ciento del personal médico se encuentra en un riesgo alto de depresión o ansiedad y el 7 por ciento ya tiene el síndrome del quemado por estrés, de acuerdo con un tamizaje del Hospital General de México. Pero no es exclusivo del sector de la salud. Si bien cuatro de cada 10 trabajadores ya sufrían estrés laboral en el país, la pandemia lo ha encrudecido, dicen especialistas.

Ciudad de México, 12 de julio (SinEmbargo).– Saúl, repartidor de Uber, Didi y SinDelantal, no ha podido dormir desde mediados de abril. Al estrés que vivía para alcanzar su meta de mil 500 pesos semanales se le sumó la COVID-19, ya que tiene diabetes. Aunque su trabajo implica el riesgo de ser atropellado. Tres colegas han muerto atropellados en las últimas semanas en la Ciudad de México “porque a la gente lo que le importa es su prisa”, dijo.

El consumo de su vapeador ha aumentado por la ansiedad, reconoció el administrador de #NiUnRepartidorMenos, y ya se enfermó de colitis. “Estás entre que escuchas las noticas, ves un poco de tele e internet porque tratas de distraerte. Poco a poco te va venciendo el cansancio más que el sueño”, aseguró. Su colega Paola, repartidora de Rappi, también padece insomnio (concilia el sueño hasta las 4 de la mañana), redujo su jornada laboral y pasó de fumar un cigarro cada 15 días a cinco diarios. No ha visto a su hijo desde hace más de un mes para no contagiarlo. “Aumentó demasiado, ya no quiero”, lamentó.

Entre largas jornadas, salarios insuficientes, distancia de dos horas hacia el centro de trabajo y ambiente tóxico, el 43 por ciento de los mexicanos vivía con estrés laboral al trabajar 2 mil 137 horas al año, más que el resto de miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE, 2019), lo que detona ansiedad, depresión y enfermedades del corazón.

Repartidores exigen un una manifestación alto a la precarización laboral. Foto: Cuartoscuro.

Pero por la crisis sanitaria y económica la salud mental de los trabajadores se ha deteriorado por el miedo de perder el puesto, que se reduzca el salario, contagiarse o contagiar a la familia, lo cual afecta la productividad y las relaciones personales, dijeron especialistas. En este ambiente, el consumo de sustancias ha aumentado. Desde inalables, bebidas adulteradas, tabaco, cocaína, mariguana o alcohol hasta ansiolíticos y antidepresivos, en la medida en que puedan pagarlos.

El neuropsiquiatra del Instituto Nacional de Neurología Jesús Ramírez-Bermúdez lo explicó con la figura de la “fractura en terreno patológico”. Cuando una persona con osteoporosis o diabetes se cae, tiene mayor riesgo de fractura. En este caso, la fractura es la pandemia y el terreno patológico son las condiciones del mercado laboral en México en el que los trabajadores han estado durante meses o años con inseguridad económica, sentimiento de desprotección, condiciones de explotación y una perspectiva negativa hacia el futuro por no poder formar un patrimonio, comparó.

“Cuando se da un estrés crónico e impredecible, hay condiciones para el desarrollo del desamparo aprendido; un estatus propiamente de depresión y otros problemas de salud mental”, explicó. “Podría hablar de los trabajadores de  la salud, pero esto se extiende a los trabajadores en general de nuestro país, de las clases populares y medias, y quienes están en el sector informal donde hay más factores de vulnerabilidad”.

Los repartidores, además del riesgo de contagiarse, pueden ser atropellados. No cuentan con seguridad social. Foto: Cuartoscuro.

Antes de este virus, Saúl se estresaba más cuando no le salían los viajes y ya era finales de semana. “Estresa no obtener los ingresos necesarios. Al tener tu propia meta te autoestresas”, dijo luego de entregar una despensa. Por ser población de riesgo redujo su jornada de cuatro a seis horas. Pero tiene compañeros repartidores que la han incrementado hasta 14 o 16 horas y prefieren pernoctar en la calle para no gastar en pasaje. “Ahora si no sales, te mata el hambre y si sales, te mata el virus”.

Casi el 29 por ciento de los empleados en México tiene un horario de trabajo muy largo, una de las cifras más altas de la OCDE, donde el promedio es de 11 por ciento.

“En estos tiempos de pandemia quienes ya padecían ansiedad y depresión es probable que tengan exacerbaciones y más adelante se espera un pico de depresión y ansiedad de primer diagnóstico. También se están viendo exacerbaciones en pacientes con trastorno obsesivo-compulsivo, sobre todo en la obsesión con contagio y lavado frecuente”, dijo Mara Cortés Sosa, médica adscrita al Servicio de Salud Mental del Hospital General de México.

En México el 32.5 por ciento de 12 años y más dijo que se ha sentido deprimido, de acuerdo con la Encuesta Nacional de Hogares del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi). El Instituto de Neurociencias, Investigación y Desarrollo Emocional (Incide) estima que el 9 por ciento de la población mexicana vive con depresión y otro 14.3 por ciento con trastorno de ansiedad.

El consumo de ansiolíticos y antidepresivos puede implicar una solución al problema, dijo el neuropsiquiatra Ramírez-Bermúdez, aunque enfatizó que para atender problemas de la salud mental se requiere un enfoque personalizado. Recomendó tener paciencia y esperanza, pero si el estrés e insomnio son frecuentes e intensos, deben acudir por ayuda profesional.

El estrés, dijo el repartidor Saúl, también se les nota a los trabajadores de los restaurantes, “aunque sobrevivieron gracias a nosotros porque la gente no podía entrar”, comentó. Los repartidores además de frustrarse por no tener viajes también sufren de discriminación o agresiones en los restaurantes o en la calle. El domingo pasado un gerente de la cadena de hamburguesas “Carl’s Jr.” llamó a una patrulla para retirar a repartidores de moto que hacían base en la orilla de la ciclovía. Al día siguiente el movimiento #NiUnRepartidorMenos se manifestó frente a la sucursal del WTC para exigir respeto. En esa misma cadena al norte de la Ciudad de México una repartidora fue agredida por la policía, documentó Deliver Libres.

“No somos héroes, somos trabajadores, pero las aplicaciones no quieren reconocer que somos sus trabajadores”, afirmó Saúl, por lo que el movimiento exige que se les dé seguridad social, prestaciones, seguridad vial y ahora un kit de protección contra el coronavirus. “Los restaurantes nos ven como sus menos”.

ENOJO, MIEDO, ESTRÉS Y VIOLENCIA

La psicóloga Erika Villavicencio Ayub, especialista en psicología organizacional y salud ocupacional de la UNAM, ha documentado que el 85 por ciento de las empresas, sobre todo pymes, son tóxicas. Las jornadas son de hasta 55 horas a la semana, el liderazgo es autoritario o incapaz de resolver conflictos, hay acoso laboral y las tareas no están bien definidas, describió. A ese ambiente se le sumó una pandemia.

“En el caso de las trasnacionales o empresas grandes han podido tener una cultura más de bienestar. Tienen áreas con recursos humanos y salud ocupacional, y antes de la pandemia ya tenían al home office dentro de sus prestaciones, porque han entendido que si cuidan a su personal, los resultados mejoran”, expuso. “Ahorita es fundamental que las empresas inviertan en contención emocional, que acaten medidas sanitarias y horarios para generar tranquilidad al trabajador, que sean flexibles y se comuniquen con su personal; que los traten como humanos”.

Desde octubre de 2019 la Secretaría del Trabajo puso en vigor la NOM-035 para establecer los elementos para identificar, analizar y prevenir en el ambiente laboral los factores de riesgo psicosocial, así como para promover un entorno organizacional favorable en los centros de trabajo. Los empleadores deben practicar exámenes médicos a los trabajadores expuestos a violencia laboral cuando existan signos o síntomas que denoten alguna alteración a su salud.

Una trabajadora de una zapatería en Toluca, Estado de México, ofrece gel antibacterial. Foto: Cuartoscuro.

Justo por la COVID-19 estos signos como el enojo, miedo, estrés y violencia se agudizaron. Durante el semáforo rojo, no pudieron quedarse en casa trabajadores del sector informal (51.8 por ciento de la población ocupada, Inegi), así como personal de actividades esenciales en salud, alimentación, seguridad, justicia, legislación, servicios financieros y energéticos, transporte, agroindustria, prensa, servicios funerarios, entre otros, de acuerdo con el decreto publicado en marzo en el Diario Oficial de la Federación (DOF). Después se añadió la construcción, manufactura, minería y producción de cerveza.

Como Camilo, quien trabaja en una planta tratadora de aguas de drenaje para riego de jardines y lavado de autos. Nunca pudo hacer cuarentena. Antes del coronavirus le estresaba la lejanía. Su casa está en la sureña Alcaldía Magdalena Contreras, por lo que a veces se queda en la casa de un amigo un poco más céntrica.

“Ahora fue más estresante e inseguro por miedo al contagio [usa transporte público para trasladarse], al despido y al descuento. El estrés te enferma de todo”, afirmó. Y el miedo se concretó. Le pidieron solo ir a trabajar tres días a la semana y les recortaron el 30 por ciento de su salario. Ha tenido insomnio y falta de apetito.

En mayo, el número de trabajadores que no recibió ingresos a pesar de mantener un vínculo laboral creció en casi 1 millón de personas, reportó el Inegi.

Dos albañiles laboran en la nueva normalidad. Foto: Cuartoscuro.

La psicóloga Erika Villavicencio, asesora de empresas en salud ocupacional, dijo que muchas siguieron operando aunque no tuvieran actividades esenciales, por lo que los trabajadores antes del estrés se sintieron con enojo y sin poder renunciar por la crisis económica. En mayo, mientras que la cantidad de personas con empleo informal aumentó en 1.9 millones, la población con trabajo formal disminuyó en 1.6 millones (Inegi).

También han enfrentado miedo como mecanismo de defensa contra el riesgo de contagio, estrés económico y ajustes en la dinámica familiar por la cancelación de las clases de los hijos que les fue generando niveles de ansiedad, angustia o trastornos depresivos.

“Lo más seguro es que se vuelva estrés crónico al no poderlo mitigar con sueño reparador, buena alimentación y ejercicio, lo que afecta el estado de ánimo, la salud mental, así como salud orgánica como gastritis, colitis, migrañas y dolores musculares”, expuso. Antes de la pandemia uno de cada cuatro trabajadores ya tenía una afectación mental, que tarda en atenderse entre cuatro y 20 años, dimensionó.

En ámbitos laborales como la construcción, agregó, tampoco pueden desahogarse por la falsa idea de que los hombres no lloran. “Entonces la única manera de sacar estas emociones es la violencia. La frustración te lleva a la agresión. También se eleva el consumo de drogas, café y alcohol”, dijo Villavicencio. “En cuestión de ansiolíticos y antidepresivos depende de si la persona lo conoce. Se da sobre todo en personal médico para sobrevivir al burn out (síndrome del quemado por estrés y cansancio)”.

BURN OUT EN PERSONAL MÉDICO 

En un tamizaje realizado a 370 participantes de 31 servicios de atención médica del 7 al 31 de mayo en el Hospital General de México, la emoción predominante fue ansiedad (254), incertidumbre (176), miedo (169) y desesperanza (127), presentó en un webinar el Servicio de Salud Mental del Hospital. Pudieron seleccionar más de una emoción, ya que suelen combinarse.

“El personal médico está viviendo mucha dificultad para atender a los pacientes COVID (en un área aislada, con equipo de protección y empatía hacia pacientes entubados o fallecidos) y en ocasiones enfrenta agresiones de la sociedad por temor al contagio, lo cual les genera mucho estrés. Si no atendemos a médicos, camilleros y enfermería, pueden tener una reacción más intensa y eso dificultar la atención a la sociedad”, alertó Juan Roberto de la Cruz Galván, médico del Servicio de Salud Mental del Hospital General de México.

De los síntomas físicos reportados entre el personal médico domina el aumento o disminución de sueño (296), así como la tensión muscular (290), dolor de cabeza (256) y las alteraciones al apetito (167), lo que los lleva a aumento de consumo de sustancias (sobre todo cafeína, analgésicos y alcohol).

Un personal médico camina con equipo de protección. Foto: Cuartoscuro.

“Imaginen al personal de salud que, después de atender a los pacientes Covid, comienza con pensamientos intrusivos (¿lo hice bien?, ¿cómo se habrá quedado el paciente entubado?), ideas sobrevaloradas de peligro, recuerdo de imágenes y olores desagradables, dificultad de concentración, pesadillas o alteraciones en el sueño y una desesperanza”, planteó de la Cruz.

El 15 por ciento (55) de los 370 participantes se encontró en un riesgo alto de depresión o ansiedad y el 7 por ciento (24) se encuentra con el síndrome de burn out, detectó el tamizaje.

En las 18 preguntas realizadas, el 41.9 por ciento dijo que en las últimas dos semanas ha perdido el interés en la mayoría de las cosas que usualmente le agradan; el 7.2 por ciento ha pensado que estaría mejor muerto o ha deseado estar muerto; y en el último mes el 3.2 por ciento ha querido hacerse daño en algún momento.

“Después de vivir con miedo, ira, frustración, culpabilidad y tristeza, el personal de salud empieza a evitar lugares, se aislará de sus familiares o tendrá mucho apego, aumentará su consumo de alcohol y tabaco, y buscará hacer doble turno (por culpabilidad). Incluso se puede llegar al retraimiento afectivo (ya no sentir nada)”, expuso el médico.