El tiempo ha sido convertido en memoria.
Y el espacio en su reconfiguración,
ha sido transformado en reorden de la memoria,
es decir, en facismo.

El Imperio de la Neomemoria.
Heriberto Yépez

Desde que el Alzheimer comenzó a apoderarse de la conciencia de mi abuela, que a veces veo confundida y otras veces liberada, me he preguntado muchas cosas sobre la memoria. ¿Adónde van todos esos recuerdos que se escurren como agua entre las manos? ¿Dónde queda todo ese mundo al que cada día solemos invertirle tanto?

Vista de patio y taller de Maestranza Pachuca 1970. Fuente: Mediateca INAH

Una frase de la novela Vendrá el olvido de Sergio Faz, me dio una respuesta: “la memoria es sólo un vano intento por sobreponerse a la muerte, una serie de imágenes ajadas, rotas por las esquinas, con ralladuras y pedazos de cinta adhesiva que intentan unir vidas fragmentadas en recuerdos”.

En este proceso de preguntas para las que no hay una respuesta, he descubierto que la memoria a nivel colectivo funciona como un arma de dos filos. Por un lado, para dar sentido y rumbo, y por el otro, para negar el pasado y apuntalar las verdades del poder, como la “verdad histórica” de los 43 de Ayotzinapa.

Durante esta pandemia, he sido testigo de la conversación alrededor de la ex-fábrica de La Maestranza en Pachuca, y los turbios intentos que existen de construir en ella un fraccionamiento y un centro comercial. La Maestranza fue construida en 1906, por la United States Smelting, Refining and Mining Company, y funcionó como una fábrica de herramientas para las minas. Era parte de toda una infraestructura que llegó, junto con el tranvía eléctrico, en la ola de la segunda revolución industrial del porfiriato. Y es parte de una trama histórica colonial que tiene sus raíces en el virreinato.

Obreros maniobran turno en la fábrica Maestranza. 1910. Fuente: Mediateca INAH

Dicen que se llamaba La Maestranza porque ahí los hombres iban a formarse como maestros albañiles, carpinteros y herreros. En el predio, que abarca seis hectáreas, había talleres, patios, oficinas y almacenes, circulaba una flotilla de diez camiones, a los que llamaban “Las cotorras”, porque estaban pintados de color verde, y llegaron en 1924 como desechos de la Primera Guerra Mundial. Paulatinamente, la fábrica pasó a manos de la Compañía Real del Monte, que operó ahí hasta el cierre de de sus operaciones y cedió los terrenos al Estado. El predio y la fábrica fueron mal baratados –en completa opacidad– a una inmobiliaria, por ahí del 2003; y ahora en la pandemia, la inmobiliaria comenzó a limpiar los terrenos, pues pretende construir un fraccionamiento y un centro comercial, que se inserta en el devenir de la ciudad como ciudad-dormitorio para las masas desplazadas del Estado de México y de la hacinada y temblorosa Ciudad de México.

Hombres colocan maquinaria sobre camión de carga en las instalaciones de la Maestranza. 1940. Fuente: Mediateca INAH

Por fortuna, la ciudadanía –como no suele ocurrir en un estado donde nunca ha habido alternancia política, si es que eso aún significa algo– ha levantado la voz para que el lugar sea recuperado como un espacio abierto, que fomente la cultura y armonice la vida con el medio ambiente en una ciudad que se queda sin árboles. Y así, quizás ocurra algo que parecería un milagro, pero que ya se ha hecho en otros casos de recuperación de patrimonios industriales: el Parque Fundidora en Monterrey, el Centro de las Artes de San Luis Potosí, la Fábrica de Arte de la Habana, la Plaza Matadero en Madrid o el Distrito de Arte 798 en Beijing.

En ese sentido, el Comité del Centro Histórico que inició las acciones de defensa ha recolectado más de 1200 firmas para que el gobierno firme un Decreto que proteja el conjunto arquitectónico que abarca todo el predio. Y desde los colectivos Apocalípsis, por favor, PlanisferioMx y #RescataLaMaestranza, han surgido encuentros y conversaciones que dejan ver que, tanto la fábrica, el predio y toda la infraestructura minera de la ciudad, son lo único que quedó de los tiempos de una bonanza que sirvió para despojar de sus minerales a estas montañas.

La Maestranza es parte de una memoria colonial negada, que parece haber comenzado a develarse gracias al libro El Incendio de la Mina del Bordo, escrito por Yuri Herrera, que habla sobre como la placa que está en el kiosko del Parque Hidalgo, en el centro de la ciudad, fue un acto de compensación indirecta de parte del “Pueblo Americano”, frente a la tragedia que dejó más de ochenta mineros muertos, cuando a los veinte minutos de iniciado un incendio fueron cerradas las salidas de las minas para que el fuego no se propagara.

El predio de La Maestranza ha estado abandonado por décadas como un recuerdo reprimido del trauma minero. Es una especie de limbo urbano, en el que, en 2004, artistas locales hicieron un Taller de Arte Instalación para recuperar el patrimonio. Desde siempre, muchos exploradorxs hicieron incursiones tipo la película Stalker de Tarkovsky, hacia esa especie de inconsciente urbano cerrado para la mayoría de los habitantes de la ciudad, como casi todos los demás edificios mineros, algunos ejemplos son: Las Cajas Reales, El Museo de Minería y La Hacienda de Loreto.

La defensa del predio de La Maestranza no es solamente la defensa de una ex-fábrica. Es la posibilidad de abrir una narrativa –inédita– sobre la memoria colonial negada por la ciudad, que necesariamente se plantea como una anti memoria frente a la memoria oficial y vertical de los cronistas del gris oficialismo local. Una antimemoria de la que hablaron los filósofos Gilles Deleuze y Félix Guattari en Rizoma, para criticar esa historia escrita desde el punto de vista de los sedentarios, en nombre del aparato unitario del Estado.

Talleres de Maestranza, interior. 1940. Fuente: Mediateca INAH

Además, la anti memoria resuena con la noción de recolonización, definida por la socióloga boliviana Silvia Rivera Cusicanqui en el libro Ch’ixinakax Utxiwa: una reflexión sobre prácticas y discursos descolonizadores, que ejemplifica con las revueltas indígenas en Perú y Bolivia frente a las reformas borbónicas del siglo XVIII, que buscaban un control mercantil de parte de la corona y que también se dieron en esta región de México con la Huelga minera de 1766 contra Pedro Romero de Terreros. Y siguieron en el continente hasta las reformas que configuraron a los estados nación en el proceso de recolonización que tomó rostro a través de los caciques locales. Para Rivera, es muy importante señalar lo que ocurre en estas situaciones coloniales, pues: “hay una función muy peculiar para las palabras: ellas no designan, sino que encubren. Por eso la descolonización no puede ser solo un pensamiento o una retórica”. Y como en en la placa del Parque Hidalgo,  “lo –no dicho– es lo más significativo; las palabras encubren más que lo que revelan, y el lenguaje simbólico toma escena”.

La Maestranza y la huella minera han sido una negación de la memoria transmitida por generaciones, que nos atraviesa. La ciudad está llena de símbolos que es preciso develar. La ciudad no ha olvidado la minería, la guarda como recuerdo reprimido dentro en una zona de amnesia, que se reproduce en el presente bajo los efectos del desarrollo depredador, y que recurrentemente destruye el patrimonio histórico y cierra las posibilidades de futuro. Recuperar la Maestranza significa recuperar un poco de memoria, conocer algo de nuestro pasado, comenzar a comprendernos y como ciudadanía hacernos responsables de nuestra historia.

 

David Ordaz Bulos

@David_Orb