Querida almohada: no sabes cuánta nostalgia cabe en dos metros de distancia. Cuántos fines de semana entrometidos hay entre su boca y la mía. Cuánta fantasía en dirección contraria de la puta realidad…

Por Sismaí Guerrero Osorno

Ciudad de México, 14 de septiembre (SinEmbargo).- Hoy he ido con Nora a esa tienda del Centro donde los maniquíes besan sin pudor a la anorexia. Después de trece vestidos, he pensado seriamente que lo que mejor le quedaba era la piel, pero he guardado silencio. Al final se ha decidido por uno de flores, como si estuviéramos en primavera. Y aunque no lo es, si ella dice que es primavera a ver quién chingados le lleva la contraria.

Luego hemos bebido un café en la cafetería de siempre, ella ha vertido tres cucharadas de azúcar, y a mí me ha vuelto a ser suficiente mirarle los labios.

Dice una amiga que enamorarse de la persona equivocada es desenamorarse de uno mismo. Y supongo que por eso me odio.

Me ha hablado de su serie favorita; de su trabajo, el cual está a punto de dejar; de que su signo zodiacal es compatible con todos los demás horóscopos, si son masculinos, porque los únicos astros en los que cree un hombre son éstos. Y se ha apretado las nalgas para mandarme directo al infierno.

Querida almohada: no sabes cuánta nostalgia cabe en dos metros de distancia. Cuántos fines de semana entrometidos hay entre su boca y la mía. Cuánta fantasía en dirección contraria de la puta realidad.

De camino a su casa hemos vuelto a la infancia, ya no está ese faro fundido donde planeé besarla cuando todavía no teníamos edad para las tristezas. Tampoco el parque donde sus calzones blancos hacían de un simple columpio una emocionante montaña rusa. Ni rastro del laberinto donde me dejaba atrapar jugando al escondite, solo para que gritara mi nombre.

–Nos robaron la ciudad, pero no han podido con los recuerdos– le dije. Y ella ha sonreído. Y tiene la misma sonrisa de entonces: la del recreo, la de los cumpleaños sin miedo a seguir creciendo, la de un audífono para cada uno, cuando la música además de una canción era nuestro himno.

La misma puta sonrisa de su abrazo con aquel muchacho que nunca fui yo, la de me voy a quedar con él y la de su más reciente foto juntos.

Nos hemos despedido hasta la próxima con los mismos besos que se le dan a una madre.

Mientras me alejaba del pasado, aún con su perfume en mi camisa, he pensado en ese vestido de flores y en aquel afortunado que decorará el suelo con aquellos pétalos. Y la he odiado, la he odiado profundamente, a la primavera, claro, porque a ella jamás he podido.