Cúpula de la Biblioteca de las Artes, en Guayaquil. Foto: Óscar de la Borbolla

He estado leyendo libros del físico italiano Carlo Rovelli (Siete lecciones de física, El orden del tiempo, La realidad no es lo que parece, ¿Y si el tiempo no existiera?) y, además de admirarlo por la lucidez y elocuencia de su prosa, confieso que también me ha dado envidia su entusiasmo por algunas teorías señeras de su campo: resulta tan envidiable su fascinación por la teoría general de la relatividad, por la mecánica cuántica o por las leyes de Maxwell, que me he sentido invitado a buscar en lo que conozco de filosofía si hay algún filosofema que podría despertar en mí esa misma aceptación plena, ese placer que se deriva de pensar que uno ha topado con una verdad verdaderamente verdadera.

Repaso, recapitulo, busco y rebusco: rememoro, y solo encuentro un par o quizá tres ejemplos en mi campo. Pero no son sistemas enteros, teorías completas, sino, a lo más, afirmaciones sueltas, válidas más allá del andamiaje y del lugar que ocupan en el cuerpo de las filosofías donde aparecen: una de ellas es el cogito cartesiano, otra un brevísimo aforismo de Cioran y una última, y quizá la más deslumbrante de todas, la tesis a propósito de la verdad que ofrece Francis Bacon en su Novum organum.

Las expondré sucintamente: en las Meditaciones metafísicas, Descartes fulmina todos los conocimientos con su duda metódica, es decir, en lugar de ir falsificándolos uno por uno, socava las fuentes de las cuales proceden: la experiencia y la razón. Como los sentidos nos pueden engañar, ningún conocimiento que venga de los sentidos es digno de confianza; como podemos cometer sofismas o paralogismos ningún conocimiento surgido de la razón es indudable. ¿Nada hay cierto en el mundo? No. La intuición inmediata que tengo de mi existencia mientras estoy dudando es la única verdad, o sea, “yo soy”.

El aforismo de Cioran dice: “Si pudiera abstenerme de desear, de inmediato estaría a salvo de un destino”. En este escueto enunciado se resume todo Schopenhauer y, si se quiere, también un aspecto esencial del budismo. El objeto deseado nos marca un camino para alcanzarlo y en ese camino está todo con lo que habremos de toparnos: nuestro destino particular.

Y finalmente, la tesis baconiana: “La única verdad que los hombres admiten es la que desean y por eso se arman una ciencia muy a su gusto”. Lo que queremos que sea: nuestro deseo, lo admitimos como verdadero y por eso pueden engañarnos diciéndonos lo que queremos oír. Estamos inermes ante los vendedores de ilusiones, los aduladores, los mentirosos que saben lo que queremos. Somos cómplices activos de la mentira, tenemos una fe ciega en la esperanza. ¿Qué es lo que esperamos sin ninguna prueba y con todos los elementos en contra? Lo que deseamos que sea.

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