Nuestro viejo bosque. Debemos disfrutarlo, claro, pero sobre todo debemos cuidarlo. Foto: Andrea Murcia, Cuartoscuro.

No es noticia menor el reconocimiento internacional otorgado a nuestro Bosque de Chapultepec por la organización Word Urban Parks como el mejor parque urbano del mundo. Medalla de Oro 2019. En medio de la estridencia mediática que vivimos todos los días, es sin duda una buena nueva. Un remanso, como el viejo lago del parque más grande e importante de México.

La organización que otorga el premio, integrada por los administradores de los principales parques urbanos del mundo, pondera que el parque mexicano obtuvo dicho reconocimiento tanto por su calidad como por la habilidad de las personas que lo manejan y el valor que dan a las ciudades donde se ubican, por lo que dejó atrás a otros ubicados en Estados Unidos, Nueva Zelanda, Turquía y Malasia, entre otros.

“El Bosque de Chapultepec es el parque más grande de América, con siete kilómetros cuadrados, que ofrece un pulmón verde a millones de personas”, explicó la Word Urban Parks. “Es ahora cuando se encuentra en camino de ser totalmente restaurado, para poder alcanzar su máximo potencial, proveyendo de recreación, cultura, historia y biodiversidad”.

Entre los criterios de evaluación considerados para el premio están el diseño, los servicios e infraestructura, la protección y visitas de la comunidad y el manejo y mantenimiento. “El parque de Chapultepec es oficialmente designado como un Área Ambiental de Valor, con categoría de Bosque Urbano. Es el monumento natural más importante de Ciudad de México, por su significado histórico, cultural, turístico y ambiental”, explicaron.

Quizá por lo que personalmente significa para mí me parece que se quedaron cortos. Chapultepec es para los capitalinos y sus visitantes uno de las sitios más emblemáticos y entrañables de la Ciudad de México y del país. Lo siento parte de mi historia personal y referente obligado de mis años infantiles y juveniles, cuando menos.

Hace más de cuatro años regresé al viejo Bosque poblado de fresnos, cedros, pinos y ahuehuetes, después de mucho tiempo de no hacerlo. Los lugares y las anécdotas que repasé en aquel paseo, y que platiqué en este espacio, me hicieron reconstruir etapas de mi vida completitas, casi todas ellas gratas.

Durante mi recorrido sin prisas, escribí entonces, constaté que subsisten, además de los baños prehispánicos del emperador Moctezuma, los lugares y construcciones históricas del Bosque, como la Casa Colorada, la fuente de Netzahualcóyotl, la fuente de las Ranas, la fuente del Quijote, la fuente de la Templanza, el Altar a la Patria, el obelisco a los Niños Héroes, el monumento a las Águilas Caídas, el Ahuehuete y la Casa de los Espejos. Mis primeros recuerdos infantiles, sin embargo, tienen que ver directamente con el bosque, especialmente el espacio arbolado partido en dos por la calzada del Rey, hoy bellamente adoquinada. Ahí mi padre nos contaba historias de gnomos y duendes, que por supuesto habitaban en los huecos de los cedros más viejos.

Repasé ese día lugares favoritos para esos paseos generalmente sabatinos –durante los cuales no podía faltar el consumo de chicharrones de harina con limón y salsa picante y las enormes y frágiles tostadas dulces llamadas “morenas”, endémicas de Chapultepec—como la Fuente Monumental o De la Templanza  (ubicada frente a la reja que limita el parque por el lado de la avenida Chapultepec, donde estuvo el famoso restaurante El Cisne en el que tuvo lugar el desayuno de mi primera comunión); el zoológico y el jardín botánico, luego convertido en espacio para adultos mayores, y las inmediaciones del viejo lago, escenario de nuestras “pintas” estudiantiles durante la secundaria.

También nos gustaba ir a lo que fue la hacienda de La Hormiga, en el extremo poniente del parque  –pegado ya a los terrenos que fueron arrancados al bosque para incorporarlos a la residencia presidencial de Los Pinos. Ahí había renta de bicicletas, lo que representaba un atractivo mayor. De hecho, fue en las veredas asfaltadas de La Hormiga, entre jardines empastados, que yo aprendí a andar en bicicleta, incluidos no pocos porrazos, ayudado primero por mi padre y luego por mi hermano Humberto, con quien compartí durante años lo mejor del viejo Chapultepec.

Por todo eso y mucho más me alegra y me enorgullece, palabra, el premio otorgado a nuestro parque mayor. Y pienso que ese reconocimiento no debe usarse para un manejo político que incluya el afán de colgarse la presea en el pescuezo, como ocurrió con la brillante actuación de los atletas mexicanos en los recientes Juegos Panamericanos de Lima. Si como dijo el joven Guillermo Ruiz Tomé en el Senado, los deportistas mexicanos triunfadores no empezaron a entrenar el pasado primero de diciembre, con más razón debemos aceptar que el actual prestigio de Chapultepec –donde hay ahuehuetes con ocho siglos de edad– es resultado de un trabajo esforzado de muchos años, al menos 15, en el que han participado expertos de la UNAM y otras instituciones.

A partir de 2004, cuando por cierto gobernaba el Distrito Federal Andrés Manuel López Obrador, se inició el rescate del bosque que había sido descuidado por décadas y que era víctima de plagas e invasiones. No se vale tampoco escatimarle al Gobierno de Miguel Ángel Mancera sus empeños importantes por la restitución cabal del parque, particularmente la remodelación de la segunda sección de Chapultepec, que incluyó el rescate del lago menor que ahí se ubica y de las calzadas y andadores que lo rodean.

Chapultepec ha estado presente en la historia de México desde hace más de 600 años. Investigadores del INAH han comprobado que antes de la llegada de los españoles era un lugar sagrado. Allí tenían tempos y casas de descanso los gobernantes Moctezuma Ilhuicamina, Ahuizotl y Moctezuma Xocoyotzin, así como el de Texcoco, Netzahualcóyotl, a quien las crónicas coloniales atribuyen la construcción del acueducto prehispánico que surtía de agua a la Gran Tenochtitlan, Y ha sido un referente a lo largo de la Colonia, la Independencia, el Imperio, la Reforma, la Revolución y el México contemporáneo.

Por todo ello me parece que el premio otorgado a Chapultepec tiene un significado mayor. Se trata de un patrimonio natural, histórico y cultural de todos los mexicanos y de la Humanidad entera. Nuestro viejo bosque. Debemos disfrutarlo, claro, pero sobre todo debemos cuidarlo. Válgame.

@fopinchetti