La Trienal de Tijuana ha insistido en que la pintura es hoy un campo abierto a cualquier tipo de exploración. Foto: Especial.

En estos momentos de crisis mundial, resulta admirable el esfuerzo del maestro Álvaro Blancarte al generar una convocatoria para la Trienal de Pintura de Tijuana. Para cualquier artista concursar no solo es estimulante por la remuneración económica que recibirá. Además, es la oportunidad para comparar su trabajo con el de otros, medir su potencial, definir los alcances de su discurso. En su invitación, la Trienal de Tijuana ha insistido en que la pintura es hoy un campo abierto a cualquier tipo de exploración. Tan amplia como ávida de absorber nuevos lenguajes. Seguramente encontraremos trabajos dignos de ganar y una participación que nos ofrecerá una buena perspectiva de la evolución de la plástica a nivel mundial. Como continuación de mi columna anterior, quisiera hacer una exploración por algún de los momentos capitales de la pintura en nuestro país.

Desde las primeras representaciones en las cuevas, hasta las disrupciones contemporáneas, la pintura ha acompañado al artista. Primero con sangre, hoy con la inclusión de todo tipo de materiales e innovaciones, se ha plasmado la historia del ser humano en imágenes. Del relato y la tradición oral a la huella palpable de sus acciones, la más elevada de las disciplinas artísticas ha vivido en mutación permanente. Nuestro país no es la excepción.

La pintura en México data de los primeros asentamientos y ha seguido un desarrollo semejante al internacional. Pero a diferencia de este, los cambios tardaron más tiempo en aparecer. Después de siglos de crisis nuestro país logró consolidarse como una nación independiente. El siglo XIX se caracterizó por la mirada original y llena de innovaciones de sus artistas. Merecen ser mencionadas las naturalezas muertas de Hermenegildo Bustos, los paisajes de José María Velazco y Eugenio Landesio, el simbolismo de Julio Ruelas o el costumbrismo con alcances mitológicos de Saturnino Herrán.

Al poco tiempo de iniciado el siglo XX dio paso a la escalada monumental del nacionalismo con sus muralistas y en la caricatura la reivindicación de la lucha revolucionaria. En el caballete las distintas influencias tomaban un carácter también muy mexicano, aunque individual, íntimo y por lo tanto diverso. Más tarde, el desprendimiento de la Escuela Mexicana de pintura significó para la joven generación de artistas una verdadera ruptura, de ahí la atinada nomenclatura. La negación radical del lenguaje institucional y la absoluta libertad en la experimentación, resultaron en una relativa independencia. Pero, si bien esta escisión permitiría cambiar la narrativa en los contenidos (del nacionalismo a la exaltación de individuo y su búsqueda), salvo contadas excepciones continuaría por la vía de la plástica tradicional. Los cambios enunciados por Duchamp y desarrollados por las generaciones de artistas conceptuales, se dejaron sentir en nuestro país hasta la década de los noventa.

La incursión de México en los tratados internacionales obligó a pensar los sistemas artísticos como valores negociables. Si bien la riqueza del pasado nos llenaba de orgullo, e incluso generó la exposición Esplendores de Treinta Siglos, era imposible pensar en ella como un insumo comercial. Había que generar un arte a la altura de nuestros nuevos socios. ¿Dónde estaban los artistas?

La creación del FONCA funcionó como un semillero mucho más abundante de lo que nadie se hubiera imaginado. Las primeras generaciones resultaron brillantes; fueron canalizadas y puestas como ejemplo de lo que un país con una economía moderna y en crecimiento podía ofrecer. Muchos artistas se favorecieron con este apoyo y continuaron su formación solicitando más becas cada año. Otros tomaron este impulso para poder salir de México. Ya en el extranjero absorbieron las ideas que llevaban mucho tiempo en circulación. El regreso de artistas triunfadores en los circuitos internacionales modificó definitivamente nuestro panorama. La nueva generación impuso otra forma de ver, entender y coleccionar el arte.

Nuestra historia del arte contemporáneo le debe mucho a las corrientes conceptuales norteamericanas y europeas. Artistas como Francis Alÿs, Melanie Smith o Jimmy Durham se establecieron en nuestro país con la experiencia recogida en su paso por distintas culturas e influyeron a los jóvenes creadores mexicanos. Ante las nuevas tendencias la pintura quedó rezagada. Algunos artistas que continuaron por esta vía se convirtieron en vendedores exitosos en un mercado más bien convencional. El coleccionista mexicano se resistía a adquirir objetos que escapaban a su comprensión.

Sin embargo, la influencia del coleccionismo internacional, que cada vez arriesgaba un poco más en sus inversiones, permitió que la oferta creciera. Con ello se impulsaron las primeras ferias y galerías que incursionaban en distintas disciplinas mucho más atrevidas. La utilización de la pintura como decoración contribuyó a que su lenguaje se demeritara momentáneamente. El éxito comercial de artistas que hacían mancuerna con interioristas simplificó su esfuerzo.

La ingente necesidad de nutrir al mercado llevó a las galerías a formar parte de un nuevo concepto para México: la feria. Como invitados, las mejores galerías del mundo trajeron a venta a sus artistas. Zona MACO, desde la Ciudad de México, fue la precursora y abrió el comercio a lo largo de la Costa Oeste de Estados Unidos, e intensificó el comercio entre América Latina y el norte. La clasificación de la feria en arte moderno aislado del arte contemporáneo enfatizó la escisión del circuito comercial. El poder adquisitivo y la moda de coleccionar big names se ligaron con la llegada a México de artistas como Demian Hirst o Anish Kapoor. Poseer una pieza de cualquiera de estos nombres significaba un paso hacia arriba en materia de ostentación.

Pero al mismo tiempo que los mercados emergentes daban muestras de una seriedad que tampoco se hubiera previsto, la creciente toma de conciencia ante su realidad generó una actitud distinta en el artista mexicano. La memoria es un aliciente en el imaginario de quien se considera parte de una historia de dolor, represión, desapariciones forzadas, violencia, corrupción, diferencias sociales e identitarias, cambio climático; solo como inicio de una enorme lista de cuentas por cobrar. A partir de 1968 había que desvelar lo oculto, sacarlo a la luz. A través de imágenes el artista puso sobre la mesa muchos temas, se involucró como una voz en defensa de los débiles. Reintegrar las asignaturas pendientes, denunciar y evidenciar la oscura realidad es parte de la responsabilidad del artista. De su habilidad y capacidad depende el éxito y la trascendencia de la obra.

Paradójicamente, el voraz mercado también se mostró hambriento de nuevas temáticas. La búsqueda de los artistas coincidió con los gustos. Si una obra bien hecha además tiene un contenido, qué mejor. Irónicamente habla bien del coleccionista que la adquiere. En una era en la que la imagenología es casi una pornografía, es muy difícil descifrar los valores a los que debemos responder. Lo desechable, lo pasajero, las modas, todo está influyendo el campo del arte.

Así han transcurrido los primeros veinte años del siglo XXI. Un tiempo de experimentación y consolidación de nuestro mercado prácticamente concentrado en la ciudad de México, Guadalajara y Monterrey. Resulta urgente voltear la mirada a otras regiones del país en las que abunda la riqueza, el talento y la diversidad que no estamos valorando.

La Trienal de Pintura de Tijuana se instituyó para abrir las puertas a la libertad de expresar, salir del formato convencional, con la conciencia de la otredad tan necesarias hoy. Por su historia y la complejidad de su tejido social Tijuana es el sitio ideal.

Es necesario mostrar el potencial que aún nos puede ofrecer la pintura. La invitación del maestro Álvaro Blancarte a “sacudirse el caballete y lanzar la pintura a nuevos campos”, debe generar una enorme respuesta. Sin restricciones para que los artistas acudan y trabajen in situ y con la ciudad de Tijuana como el mejor de los soportes. El arte nos brinda la posibilidad de renombrar las emociones, las sensaciones, nuestras pulsiones en comunión con una disciplina que aún puede florecer. Hoy la pintura ha absorbido de todos los medios, del cine, del teatro, del performance, de la danza, de las nuevas tecnologías y así expande su universo. Estoy segura de que, de una u otra forma, llegarán muchas propuestas valiosas a esta trienal y habría que felicitar a Álvaro Blancarte por un concurso que celebra y premia a la creación.

@Suscrowley