Yo, que no he logrado dejar del todo mi machismo atrás, me siento harto. Me quiero liberar. Foto: Arturo Pérez Alfonso, Cuartoscuro.

Hablar de violencia hacia las mujeres siendo hombre, no es tarea sencilla. Más, si como yo, soy defensor de derechos humanos. Lo más sencillo sería recurrir a enjuiciar a los políticos conforme el amplio repositorio de normas y principios que buscan combatir la violencia y reconocer los derechos de las mujeres.

El contraste de ambos pone siempre en evidencia la tristemente “buena salud” del machismo a pesar de lo conquistado por las luchas de los movimientos amplios de mujeres, incluyendo los feminismos en su rica diversidad. Pero he llegado a conclusión que siendo hombre, hablar desde la comodidad de los principios es como el púlpito religioso, que esconde lo humano y subjetivo, dimensión que precisamente he aprendido del feminismo.

Mejor empiezo con lo más cercano que tengo. Mi persona, mi subjetividad y mi historia de vida. Hacer este ejercicio es lo más político que existe. Entender eso también se lo debo al feminismo. Soy un macho a pesar de años de reflexión, de aprendizajes, de pruebas y de conflictos personales, en los que a pesar de algunos avances, la sombre del macho mexicano sigue presente.

Lo digo con dolor, porque a pesar que fui criado en una amorosa e igualitaria familia, no fue suficiente porque acaso me fue más sencillo adaptarme al injusto, pero dominante contexto, que intentar transformarlo. No me siento orgulloso, me duele y quiero algún día superarlo del todo.

Muy joven conocí los incipientes movimientos de derechos humanos en México que son una confluencia de las luchas por los desaparecidos de la guerra sucia y por otra parte por el impulso de los religiosos centroamericanos que huían de la guerras civiles en Centroamérica. No solo me formé en ese movimiento, también en el humanismo Jesuita. Pero en esos años ni el movimiento de derechos humanos, ni en las preparatoria y en la universidad tenían el diálogo y la confluencia que ahora tienen con los feminismos. Recuerdo un lema feminista que desde la crítica decía “Los derechos de las mujeres también son derechos humanos”.

Así debo reconocer que viví gran parte de mi adolescencia y juventud entre pláticas ofensivas sobre mujeres y siguiendo modelos que las objetivan. Algunas de mis relaciones personales se permearon por ello. Avanzada mi carrera universitaria entre en contacto con los movimientos de mujeres que con su riqueza subjetiva y teórica me cuestionaban más al grado de no poder dar la espalda más.

Mi camino desde ese momento ha sido tratar de alejarme de conductas violentas, de conversaciones ofensivas y de no participar, ni siquiera callar ante ello, porque eso es tolerarlo. No lo he logrado del todo siendo honesto.

Todo esto vino a mi mente hace unas semanas cuando leí en una conversación en el celular del senador del Partido Acción Nacional , Ismael García Cabeza de Vaca, en plena sesión captada por un fotógrafo que al responder a una foto decía “pásame el cell del padrote no seas gacho ya me la quiero zumbar” (sic), a lo que el senador responde “ya somos 2” (sic). El debate fue intenso, pero efímero como muchos de nuestra época.

Lo importante en principio fue que la identidad de la joven fue revelada y ciertamente hubo un daño. En principio por el mismo intercambio irresponsable del Senador y después por el tratamiento poco ético de los medios de comunicación al no proteger su identidad. Ella tomó la iniciativa y se defendió públicamente.

Algunos intentaron una defensa del legislador, desde la privacidad, pero nadie puede tener una expectativa de privacidad de lo que esta a la vista en un recinto parlamentario. Menos tratándose de un legislador que se encuentra desempeñando un cargo en horas de trabajo. No se violó su privacidad y se ejerció el periodismo de manera legítima.

Hubo señalamientos sobre algún indicio de trata de personas y el Senado anunció una consulta a las áreas jurídicas para que recomendaran como proceder, pero aún no tenemos información de sus resultados. El incidente terminó, al menos para los panistas, un día después con una conferencia de prensa dónde Cabeza de Vaca ofreció en su dicho, disculpas a la agraviada:

“… le pido una sincera y sentida disculpa por los términos misóginos en los que en ese intercambio me refería a su imagen. No tengo el gusto de conocerla personalmente. Le manifiesto todo mi respeto y admiración por su madurez y su independencia… Vivo estos hechos como una gran lección sobre el respeto absoluto de que tanto en el público como lo privado debemos tener invariablemente hacia las mujeres. Lamento este acontecimiento y agradezco los comentarios, los consejos y reproches que me han hecho mis compañeras y compañeros de partido…”

El mensaje en realidad, es de impunidad. El Coordinador el PAN en el Senado, Damián Zepeda, no contestó nunca a la pregunta si habría sanción para el Senador. Lastimosamente la imagen de la conferencia de prensa con el grupo parlamentario del PAN, en particular arropado por las mujeres, no es de arrepentimiento, es de protección. Las palabras ya no son suficientes.
Vivimos en una época de cambio expresado por la sociedad mexicana de forma contundente el 1 de julio. Basta de impunidad. El mensaje es para todos los partidos no quepa duda y el balance en unos pocos meses es lamentable a decir no solo por este hecho, sino por el incidente en el que el diputado de Morena Cipriano Charrez Pedraza, se vio inmerso y que lamentablemente un joven perdió la vida. Trataré a detalle ese tema en la próxima entrega. Solo queda reiterar que en estos dos casos, los partidos no parecen entender el mandato de las urnas.

Pero como dije en la introducción, hay tareas prioritarias que tenemos que hacer en lo que logramos cambiar a los partidos. Y ese cambio empieza con nosotros varones.
Viendo en retrospectiva mi propia vida, creo que los hombres vivimos presos en una jaula machista. En la que encerramos a otras, pero que nos encierra a la vez. La ventaja que tenemos, es que la podemos abrir y dejarla atrás. No digo que sea fácil, hay mucho de poder y certeza en ella, pero también hay cobardía de enfrentarnos a nuestros sentimientos y humana vulnerabilidad.

Reconocerme machista no es lindo es doloroso, pero me he acomodado a vivirlo como tantos. La diferencia trágica, es que nada tiene de lindo la violencia hacia las mujeres que al final siempre es irracionalmente cruel y en su conjunto homicida.

Aprovechemos el caso del senador Cabeza de Vaca y en adelante, quiénes presenciemos una conversación de ese tipo, pararla. No participar. No tolerar más. Pensar si en el futuro queremos seguir hablando de las mujeres como cosas que podemos comprar o construimos otra forma diferente de afirmarnos, más humana y respetuosa. Ese sería un buen inicio.

Yo, que no he logrado dejar del todo mi machismo atrás, me siento harto. Me quiero liberar.

Estoy listo.

¿Quién se une?