Como todo esfuerzo colectivo, contar las historias del temblor del 19 septiembre es un esfuerzo colectivo. Foto: Cuartoscuro

En mi calendario el 19 de septiembre es sin duda el día más emocional del año. Eso era antes del noveno mes de 2017 y con más razón creo lo será en adelante.

En septiembre de 1985, de forma abrupta, crecí. Le conté a Lolita Bosch aquellos días y en un capítulo de su libro “México 45 voces contra la barbarie” (Océano, 2014) lo narra. Los transcribo porque no creo recrearlo de mejor manera:

“Cuando fue el temblor del 1985 Jesús Robles Maloof tenía 13 años. La secundaria a la que iba suspendió actividades a la nueve de la mañana y él tuvo que regresar a casa caminando debido a que el transporte público había quedado inhabilitado. De Mixcoac hasta Balbuena recorrió calles y comenzó a darse cuenta de la gravedad de lo ocurrido, vio caras desencajadas de las personas y mujeres que lloraban al pie de los edificios caídos. Para cuando llegó a la casa, ya había decidido que iba a hacer algo. Se inscribió en una brigada de ayuda y con un grupo de amigos repartieron comida, agua y ropa a los damnificados. Fue la primera vez que manejó un carro. Con esa experiencia entendió que había muchas cosas que podía hacer directamente y en conjunto con otras personas”.

Como todo esfuerzo colectivo, contar las historias del temblor del 19 septiembre es un esfuerzo colectivo. Mi querido padre y maestro Arturo Robles Contreras, en 2012 mientras revisaba fotografías antiguas me dijo; “Quiero escribir mis recuerdos. ¿Dónde lo hago?” Abrí entonces mi blog personal y para cuando regresé había escrito estos hermosos párrafos:

“Mi hijos se hicieron adultos en septiembre de 1985. [Ese año] Fuimos testigos y partícipes de cómo la población civil organizó estaciones de auxilio, y centro de rescate. Tomó las piedras con sus manos y empezó el rescate de los suyos.

Tres días pasaron para que el gobierno de Miguel de la Madrid hablara a la nación. Nunca entendió la magnitud de lo sucedido y de la respuesta organizada de quienes estábamos en marcha. Universidades, escuelas, centros religiosos se pusieron a trabajar. Días más tarde llegó el ejército y solo resguardaba calles y edificios públicos. Poco hizo para ayudar.

En lo personal con ayuda de trabajadores de DINA, encabecé una brigada de 10 personas que durante 30 días dimos servicio en hospitales del Centro Médico Nacional, en instalaciones emergentes a los edificios que quedaban en pie.

Días tristes y amargos que duran toda una vida y que sin embargo te permiten darte cuenta que miles de compatriotas ayudaron a salvar y rescatar a sus semejantes, héroes anónimos que aún perduran en mi mente”. https://roblesmaloof.wordpress.com/2012/09/19/recordando-el-85/

He contado en diferentes espacios la historia de esos días según la viví. En algún momento, conformé pasaban los años y las nuevas generaciones crecían, las anécdotas empezaron a sonar como aquel tío que cuenta una historia tan lejana, como de improbable repetición. Después de décadas los relatos del 85 generaban algo de aburrimiento y muy poco interés. De hecho cinco días antes del sismo del año pasado, contaba en este espacio en La Cultura del Saqueo, uno más de los relatos del tío Robles Maloof, sin saber lo que cinco días después sucedería.

Muy poco de lo que viví en el 1985, me sirvió la mañana de hace un año. Siempre conocedor de lo que hay que hacer, no pude reaccionar a tiempo. Lo que decenas de temblores no habían logrado, el 19 de septiembre de 2017, me devolvió el miedo que sentí de adolescente. Tardé minutos en regresar. Con mi familia, los lanzamos a ubicar a mi padre que trabaja en el epicentro del riesgo, pero a una cuadra de casa, la tragedia nos interpeló. Dejé el auto y corrí hacia el derrumbe, al tiempo que jóvenes albañiles levantaban una enorme loza. No aguanté ni diez minutos con las piedras en la manos.

Me di cuenta que en ese momento mi labor era otra. Tomé mi cámara y mi celular y empecé a informar. Lo hice durante el primer día. Al siguiente ayudé, como en 1985, en el acopio y ahí conocí esas hermosas historias humanas que fueron la tragedia a la respuesta. Mi tarea fue acompañar y narrar esa dignidad del puño en alto. Lo intenté en la medida de mi capacidad. Nunca olvidaré a la joven sorda y a los voluntarios que conocieron el amor en lo escombros.

Tras mi experiencia en el 1985 entendí que puedo, junto con otros, hacer lo necesario directamente ante la omisión del Estado, sin que ello signifique dejar de exigir responsabilidades. Todo lo que vino después en mi vida fue seguir haciendo lo mismo en diferentes espacios, sin pensarlo tanto, como frente a un derrumbe. Si algo injusto me interpela, actúo. Desde ese día soy defensor de derechos humanos.

Entre los muchos pendientes de los 19 de septiembre quedan recuperar aquellas historias para ser contadas. Algunas tan maravillosas como la experiencia de los especialistas en sonido para cine (Sonidistas) que ocuparon sus talentos para escuchar bajo los escombros o como los radio aficionados que ayudaron a restablecer las comunicaciones en la ciudad, relatada por Jacobo Nájera en este texto, por poner solo dos ejemplos. http://editorial.centroculturadigital.mx/articulo/la-participacion-de-radiaficionados-en-el-restablecimiento-de-las-telecomunicaciones-despues-del-19s

Les convoco a rescatar la grandeza de esa respuesta humana ante la tragedia, empezando como mi padre, con su propia historia.

Las prioridades en la exigencia a los gobiernos a un año del sismo siguen siendo; atender las justas demandas de las personas damnificadas, procesar a los responsables de negligencia, rendir cuentas sobre los fondos para la reconstrucción, investigar sus malos manejos y reforzar la cultura de la prevención.

La lección fundamental de los sismos del 19 de septiembre, es recordar una y otra vez de qué lado está el poder y en dónde reside el corazón. Que podemos hacerlo con solo decidirnos.

Qué ese puño en alto que levantamos hace un año nunca se aleje de nuestro corazón siempre que la tragedia y la injusticia nos interpelen.