“Somos un pueblo racista. Es un tema que incomoda, del que no hablamos. Su nivel es comparable al de los Estados Unidos y hay que entender eso para empezar a cambiarlo. Sólo basta leer la Encuesta Nacional sobre Discriminación 2017, por encima de personas con VIH, personas con discapacidad y de jóvenes, los extranjeros son las personas más discriminadas en México”. Foto: Isaac Esquivel, Cuartoscuro

“Ningún ser humano es ilegal en su propio planeta”, escribí en Twitter en octubre de 2012. No recuerdo si vi la frase en algún grafiti en la frontera sur o la adapté de alguna otra. En mayo de 2013 escribí un artículo en este espacio con ese nombre y el pasado viernes, mientras la caravana migrante tocaba la puerta, lo repetí.

No advertí, la interacción que esa frase generó posteriormente. Agrupo en tres las reacciones que observé. 1. Quienes apoyaron, 2. Quienes estando de acuerdo exigían respeto a la ley y 3. Quienes no sólo afirmaban que un ser humano puede ser ilegal, sino que en algunos casos expresaban temor, odio y discriminación hacia los migrantes centroamericanos.

Nunca he pensado en la frase como puro idealismo. Al contrario, creo que además de ser cierta, tiene un sentido práctico. En todo el mundo se castigan conductas ilegales. Conductas específicas que en ningún caso convierten a una persona en sí misma como ilegal. Nunca lo olvido.

Sólo en cuatro países del mundo ingresar sin permiso a su territorio, es considerado como delito. En Estados Unidos lo es sólo en la reiteración y en México es una falta administrativa. La narrativa anti inmigrante de nuestros días criminaliza la movilidad humana, cuando en realidad es un derecho. El derecho de asilo y refugio son reconocidos en todo el mundo sin excepción. México incluso reconoce prima facie de la condición de refugiado y la posibilidad de que esto se dé en contingentes humanos de forma excepcional.

Las personas de la caravana no vienen de visita, no sólo buscan un mejor trabajo, a diferencia de la mayoría de los migrantes mexicanos en condición de pobreza, las personas migrantes centroamericanas, no sólo huyen del hambre crónica, sino ya tienen varias semanas sin comer bien. Otro grupo, que puede incluir a los anteriores tienen amenazas de las pandillas o de las policías, no podrían estar un días. En resumen, no tienen opción. Luchan por su vida.

Mientras un grupo de migrantes ingresaba a la fuerza en territorio nacional el fin de semana pasado, leí expresiones como: “Nos invaden”, “Vienen los criminales”, “Es necesario usar al Ejército” y “Vulneran nuestra Frontera”, decía la portada del Reforma. Todas ideas fuera de proporción y en esencia falsas.

Somos un pueblo racista. Es un tema que incomoda, del que no hablamos. Su nivel es comparable al de los Estados Unidos y hay que entender eso para empezar a cambiarlo. Sólo basta leer la Encuesta Nacional sobre Discriminación 2017, por encima de personas con VIH, personas con discapacidad y de jóvenes, los extranjeros son las personas más discriminadas en México.

La caravana de migrantes se compone de cuatro mil personas. Recibirles con los brazos abiertos hubiera sido un símbolo poderoso. Somos la economía número 15 del mundo. Un país de extremas desigualdades, pero recibir a estas personas y ofrecerles trabajos que nadie en México quiere, no nos haría más pobres.

Yo nunca entraría a un país irrumpiendo. Me esperaría meses para solicitar asilo aunque supiera que sólo lo dan en 1 de cada 10 casos. Pero yo no he sentido hambre de verdad. De la que duele en el cuerpo, de la que ves en los rostros de tus hijos El día que la sienta eso, pienso que un papel o una barda, no serán mis prioridades.

El tránsito de las primeras caravanas no llegaba a ser noticia. La experiencia de organizaciones humanitarias en la frontera sur, hizo que la coordinación se diera año por año y en algún momento se pensó en la importancia de visibilizar este flujo humano que parecía invisible para los mexicanos y resaltar la situación de los migrantes y las condiciones de sus países de origen. Así hace ocho años se iniciaron las caravanas y de forma paradójica hasta este años lograron su objetivo.

¿Por qué este año estamos hablando de la caravana? Sencillo. Por el discurso xenófobo de Donald Trump.

Trump es una persona de hábitos. No sólo se informa a través de las fuentes del aparato de Estado norteamericano, sino a través de Fox News. El primer tuit visceral de Trump el año pasado, ocurrió unos minutos después de que vio una reportaje de la caravana. Para este año Fox News tenía su pretexto y una audiencia lista. Decidió que sería la narrativa dominante de las elecciones intermedias, a la que sumaría mentiras declaradas. Así puso a girar a cientos de medios de todo el mundo y sin pensarlo detonó nuestro gen racista.

La xenofobia es un miedo, un sentimiento de odio a quienes definimos como otros, es irracional. Sus fundamentos ideas creadas que reposan en el imaginario por décadas y generaciones, no tienen asideros en la realidad. Pero esas falsas diferencias son creadas por pocos, pero asumidas por muchos sin crítica alguna.

Por ejemplo, en el caso de la caravana migrante me pregunto: ¿Qué es defender a un país? ¿Alguien nos lo quiere quitar? ¿Nos quitarán la bandera, el territorio o las identidades? ¿Cuatro mil personas pueden contra 100 millones?

No sabemos cómo fue que la xenofobia y el racismo ganaron tanto terreno en los últimos años. Y creo que cualquier cambio de opinión hacia los centroamericanos tardará, y para que eso ocurra, necesitamos más información sobre lo que son los flujos migratorios. También requerimos procesos de convivencia para que la gente vea que los centroamericanos y nosotros somos todos iguales.

La caravana espera llegar a la frontera en dos meses aproximadamente. Trataré en próximas entregas otros temas que estos hechos han abierto, como el empleo, la pobreza y la delincuencia y su relación con la migración.

Por hoy quiero hacer un modesto llamado, que ante el odio propiciado de Trump, afirmemos la dignidad humana como nación. No sólo podemos, ya lo hicimos. En 1982, México recibió a 50 mil migrantes refugiados guatemaltecos que la guerra expulsó. Muy pocos regresaron. Se estima su descendencia en primera generación de 500 mil personas. ¿Saben que le pasó a México? Se benefició. Maestros universitarios, literatos, científicos y personas que desde entonces han colaborado con nosotros en igualdad.

Por hoy no les pido que defiendan a las personas hondureñas. Les pido defiendan a un México libre y soberano, que se defiendan a ustedes mismos, del muro que Donald Trump está construyendo en sus cabezas.