Me interesa, pues, la duda; ese estado de inestable equilibrio entre el sí y el no. Foto: Tomada de Internet

Me interesa, pues, la duda; ese estado de inestable equilibrio entre el sí y el no. Foto: Tomada de Internet

De todos los solventes destructivos que conozco: el agua de mar, el ácido muriático, la desconfianza, el tiempo… Hoy quisiera detenerme en uno de lo más corrosivos: la duda, pues aunque en ciertas ocasiones -cuando nuestra vida está en riesgo- más nos vale reaccionar precipitadamente; en infinidad de casos, en cambio -cuando precisamente nos vamos a jugar la vida- más nos vale no responder apresuradamente, y dudar antes de decidirnos. Hoy me interesa la duda. La duda que detiene, que paraliza, que puede llegar a obsesionarnos y, también, la duda que es capaz de socavar los cimientos del conocimiento y echar abajo el edificio entero del saber (hazaña realizada por Descartes con su duda metódica) y, por qué no, también la duda de aquel a quien le flaquea la fe y pone en duda la existencia de su Dios, es decir, no la certeza del ateo ni la certeza del creyente, sino la duda que es ese espacio en el que pueden encontrarse, e incluso entenderse, el ateo y el creyente.

La duda -no lo dude nadie- se caracteriza por el estrago que ocasiona en quien la tiene o en aquello hacia lo que la dirigimos. Dudar de uno: no creerse capaz o no creerse digno le quita al ser humano esa apariencia feroz que ostentan las locomotoras, o la gente dogmática, cuando, seguras y potentes, van a toda velocidad hacia dónde los inmóviles rieles del destino las guían. ¡Qué certeza puede ser más firme para el tren, o para el fanático, que la de su arribo a la próxima estación! Qué incierto, en cambio, es el paso siguiente del individuo dubitativo, pues para éste no sólo no existen los rieles de unas convicciones precisas, sino que ni siquiera atisba si hay o no algún camino.

Me interesa, pues, la duda; ese estado de inestable equilibrio entre el sí y el no. Ese de veras suspender el juicio y no saber si es blanco o negro, malo o bueno… La duda donde todo es igualmente viable o inviable, trascendental o fútil. Esa duda en la que el yo, regularmente soberbio, orgulloso, altanero, siente que se le evaporan las ínfulas y se queda a la mitad de un gesto sin poder concluirlo. Esa duda de la parálisis extrema: esa impotencia.

Y por el otro lado, qué poderío más grande el de la duda. ¡Cómo disuelve, fulmina, desintegra, revienta! Y es que al revisar una certeza, al ponerla a prueba, al contrastarla con otras ideas, con otras experiencias, con otros anhelos; al ubicarla en otros escenarios, en otros contextos y al desenvolver sus consecuencias: al volver a pensarla, al dudar se descubre que no era tan cierto, que no se había considerado esto o aquello, que su validez era nula y su certidumbre un engaño.

Me interesa la duda, porque para sentirla ni siquiera hace falta tener delante un abanico de opciones, un repertorio amplio que nos confunda, porque no hablo tan solo de la duda entre una cosa u otra, sino de la duda que saca de sí misma las opciones, la duda que desdobla lo único que hay en un “lo tomo” o “no lo tomo”, la duda que mete holgura al mundo, que me ofrece ante la inercia del ciego continuar la posibilidad de detenerme. Porque la duda, a diferencia de la acción que me enriela en su marcha, que obliga a reaccionar en automático, hace que me detenga, que sopese, que calibre, que mida y, sobre todo, que me mire y me descubra ahí como el individuo que soy, que somos todos: un ser que vacila porque delante están los puntos suspensivos de ese  precipicio inexplorado que llamamos futuro. La duda de la que hablo es esa que suscita el sencillo “¿qué?” ante el universo.

Twitter: @oscardelaborbol