“México cuenta con sus propios ejemplos de movilización infantil”. foto: Óscar Alvarado, Cuartoscuro

Por Sandra Laso*

El 20 de noviembre no sólo se conmemora la Revolución Mexicana, también se conmemora el Día Universal del Niño y la Niña, por ser el día en el que se aprobó la Declaración de los Derechos del Niño y la Niña en 1959 y la Convención sobre los Derechos del Niño y la Niña en 1989, convirtiéndose en el tratado internacional más ratificado de la historia de acuerdo a la UNICEF.

Hoy en día, hablar de los derechos de la infancia es algo incuestionable. De hecho, es común encontrarnos con reflexiones sobre cómo hemos sido educadas y los efectos de nuestra infancia en la adultez. Sin embargo, históricamente los y las niñas han sido ignoradas en los procesos políticos y sociales.

Hasta antes de obras como Emilio de Jean Jacques Rousseau, las y los niños eran considerados objetos de alguien, o bien, personas incompletas. Rousseau fue uno de los primeros autores en abordar la pedagogización de la infancia y la modernidad empujó hacia el surgimiento de las escuelas tal como las entendemos, abriendo paso a la infancia como categoría social.

A pesar de que México forma parte de la Convención de los Derechos del/a Niño/a desde 1990[1] continúan sin atenderse factores estructurales que obstruyen de forma indirecta la protección y garantía de los derechos de niñas, niños y adolescentes, quienes representan más del 30% de la población, son el colectivo más vulnerable y, por lo tanto, el que más sufre las crisis y los problemas del mundo.

Hoy vemos cómo esta parte de la población es la que levanta la voz y nos demanda desde sus escuelas y las calles hacer algo, la que nos dice cómo deberían ser nuestras ciudades. México cuenta con sus propios ejemplos de movilización infantil, como el movimiento Yo Respiro Monterrey, que exige justicia en un contexto de emergencia climática, pues a nivel nacional mueren cada año al menos mil 680 niñas y niños menores de 5 años de edad por enfermedades relacionadas con la mala calidad del aire.

Además de todas las y los niños que están investigando, participando e innovando para darnos continuas lecciones sobre lo que deberíamos hacer las personas adultas, es clave revisar qué están haciendo los gobiernos del país, para proteger los derechos de la infancia y garantizar que puedan gozar de ellos en lugar de tener que dedicarse a luchar por ellos 30 años después de su ratificación en el país.

Una forma de empezar es apostarle a modelos de ciudades libres de contaminación y emisiones de gases de efecto invernadero (GEI), ya que las ciudades albergan en México al 72.7 por ciento de la primera infancia del país[2], mientras los gases GEI son los principales contribuyentes a la aceleración del cambio climático por las emisiones de dióxido de carbono (CO2) provenientes de la quema de combustibles fósiles (sobre todo para consumo energético del sector transporte), de la generación de aguas residuales y residuos sólidos.

Entre los factores de cambio hacia ciudades sanas destacan la actualización de las normas oficiales sobre salud ambiental, límites de emisión de contaminantes y calidad de los combustibles; el fortalecimiento del monitoreo de la calidad del aire; la implementación de sistemas integrales de transporte público y la promoción de sistemas alternativos de transporte no motorizado.

Lo más importante, sin embargo, es apostarle a un modelo de ciudad equitativo e incluyente, donde todas y todos podamos tener acceso al espacio público, al disfrute de la ciudad en nuestro presente y en el futuro, donde nuestras voces sean escuchadas, y particularmente donde podamos ejercer todos nuestros derechos sin importar nuestra edad, nuestro sexo o la región en la que vivimos.

Es normal escuchar que las y los niños son el futuro del país, pero es injusto dejar esa responsabilidad sobre quienes no han causado el presente que vivimos y, aún peor, ¿cómo se puede ser el futuro cuando no se tienen espacios ni políticas que permitan escuchar a esta parte de la población?

Asumamos lo que nos toca, es el primer paso: revisemos nuestros hábitos y llevemos nuestras acciones a otro nivel, hagamos que se escuche a las generaciones más jóvenes. Usemos la inspiración que nos dan sus acciones para exigir a los gobiernos que hagan lo que les corresponde y no dejemos de creer en el poder de la gente, porque esa es nuestra principal herramienta ante un contexto desigual.

* Sandra Laso es líder del proyecto de Revolución Urbana en Greenpeace México

[1] Convención de los derechos del niño; www.un.org/es/events/childrenday/pdf/derechos.pdf

[2] Estadísticas A Propósito Del Día Del Niño (30 De Abril)” Datos Nacionales, 29 de abril de 2019, consultado en: https://www.inegi.org.mx/contenidos/saladeprensa/aproposito/2019/nino2019_Nal.pdf