Con un carnicero puedes rastrear el origen de tu carne y eso es muy importante. Foto: Moisés Pablo, Cuartoscuro

Viridiana Lázaro*

¿Alguna vez te has preguntado de dónde viene la carne de tu hamburguesa o la que compras en los supermercados?

La respuesta a esta pregunta puede revelar qué hay detrás de su producción y el porqué el modelo de producción de carne a gran escala está impactando tan severamente al ambiente, al grado que cada vez es más necesario hablar de la reducción en su consumo y de que la carne que consumimos provenga de un modelo de producción más local y ecológico.

La dolorosa verdad es que la carne es uno de los productos que no es recomendable comprar en las tiendas de autoservicio, ni en las grandes corporaciones de comida rápida, no solo porque en estos sitios pierde frescura y calidad, también porque la mayoría de esa carne es de crianza intensiva o no tiene trazabilidad, es decir, no puedes saber de dónde viene. Por ejemplo, en algunos supermercados tan sólo medio kilo de carne molida puede tener mil animales diferentes, así es que no se puede rastrear su procedencia.

Por el contrario, un buen carnicero compra animales enteros a las granjas locales y muele diariamente la carne de animales individuales, así es que la carnicería debe tener los cortes de filetes, para asar y de carne molida por separado, y no toda proviene de la misma granja, sino del mismo animal. Con un carnicero puedes rastrear el origen de tu carne y eso es muy importante.

La producción intensiva es un modelo de producción ganadera que requiere un alto consumo energético, agua y alimento por cada kilogramo de carne. Es una industria con un gran impacto ambiental como consecuencia de la acumulación de enormes masas de excremento que contaminan la atmósfera, suelo y agua con metales pesados, antibióticos, entre otros. Es una industria que atenta contra el bienestar de los animales, el ambiente, la biodiversidad, la calidad de vida de las poblaciones cercanas e incrementan los efectos ocasionados por el cambio climático.

Aquí algunos datos para reflexionar al respecto.

Las grandes cantidades de excremento producidas por esta industria contamina los mantos freáticos, al tiempo que provoca la acumulación de metales pesados en la capa superficial del suelo (sales de hierro y cobre). En el caso del aire, la degradación microbiana de las excretas, generan emisiones de amoníaco, sulfuros de hidrógeno, y gases de efecto invernadero como son el dióxido de carbono, metano y el óxido nitroso. Lo anterior, además, daña la salud humana y de los animales, ya que se desarrollan trastornos respiratorios y digestivos.

En cuanto a los impactos a la biodiversidad, la ganadería es una de las principales causas de deforestación, por lo tanto es la culpable de la pérdida de hábitat de miles de especies amenazadas o en peligro de extinción.

¿Qué hay de la salud de quienes consumimos la carne producto de la crianza intensiva? A causa de las condiciones insalubres y de hacinamiento en la cría intensiva, los animales reciben a menudo dosis pequeñas de antibióticos. Los antibióticos son también utilizados para hacer que los animales crezcan más rápido. Esto contribuye al problema del desarrollo de bacterias en los humanos resistentes a los antibióticos. Las infecciones causadas por bacterias resistentes incrementan los costos de salud. Por otra parte, los pesticidas y los Organismos Genéticamente Modificados son utilizados en los cultivos para alimentar a los animales. Los residuos se almacenan en la grasa y el tejido animales, y entran en nuestros cuerpos cuando comemos carne.

Otras razones para cuestionarnos si queremos seguir consumiendo carne bajo este modelo es que las granjas intensivas violan los derechos humanos de las comunidades aledañas, ya que violan su derecho a un ambiente sano establecido en el artículo 4to de la constitución de los Estados Unidos Mexicanos. Además, estos sistemas de producción industrial también provocan la concentración del ingreso en unos cuantos y desalienta la generación de empleos por su reducida demanda de mano de obra.

Y no podemos dejar de pensar en el bienestar animal. Al tener a una gran cantidad de animales en un espacio reducido aumenta su estrés y disminuye su calidad de vida. Los animales en las granjas intensivas, son tratados como objetos a comercializar.

Quienes defienden este modelo de producción de carne argumentan que la cría intensiva de animales a gran escala es la más eficiente manera de producir enormes cantidades de alimento barato y que sin la agricultura industrial los precios de los alimentos serían excesivamente altos. Pero el precio de los alimentos industriales no toma en cuenta los los costos ambientales que son exacerbadamente altos. Esto hace a las pequeñas granjas más viables ambiental y económicamente.

Finalmente, cabe señalar que esta manera de producción es insostenible tomando en cuenta la emisión de contaminantes y la cantidad de recursos que se necesitan para producir el valioso filete de carne que llevamos a la mesa.

La única manera de reducir los efectos dañinos de la producción ganadera es evitandola y eso solo será posible si la demanda a nivel mundial disminuye. No es necesario dejar de comer carne para impedir sus consecuencias, pero sí es indispensable reducir su consumo y optar por carne de calidad, producida a partir de criterios éticos donde no ponga en riesgo los ecosistemas del planeta.

*Viridiana Lázaro es responsable de los temas de Carne y lácteos, de Greenpeace México

Más información en https://www.greenpeace.org/mexico/participa/mi-dieta-salva-el-planeta/