México vive el recrudecimiento de la segunda ola de COVID-19. Foto: Moisés Pablo, Cuartoscuro.

Y, sin embargo, no todas las pesadillas continúan. Al menos tenemos el gusto de que una de las peores termine en unas horas, cuando Donald Trump deje el poder. La pesadilla se termina ya en unas horas, que muchos esperan en una cuenta regresiva. Le quedan minutos a quien se dedicó a usar a México y a los mexicanos como su puerquito, su piñata. Un xenófobo que no dudó en humillarnos una y otra vez, de todas las maneras posibles.

Hay que asirse a las buenas noticias, pues, aunque sean pocas. Por lo pronto, los próximos años no tendremos que escuchar a un racista insultar a los mexicanos. Nos libraremos del odioso tópico del muro y de las deshonrosas relaciones que entabló López Obrador con él. No es poca cosa, realmente, será un gran día, en medio de muy malos tiempos, especialmente en nuestro país y de manera aguda en la Ciudad de México que atraviesa horas críticas.
En esto pensaba yo para no volver, una vez más, a escribir sobre el horror que atravesamos y que ha ido devorando nuestro presente. Me frustro, sin embargo, porque es ubicuo, está en todos lados; en nuestras redes que se han convertido en obituarios, en espacios para las noticias trágicas e inesperadas, pero también en las penurias personales que poco a poco han ido mermando nuestra fortaleza. Está en llamadas telefónicas, en noticias que nos acercan a la muerte.

Si en marzo estábamos atónitos y asustados, pero con energías, en enero, en el peor momento de la pandemia, ya estamos extenuados. Las enfermedades comienzan a aparecer, nuestros sistemas están saturados. Yo, por ejemplo, después de navidad caí enferma de la espalda, una antigua lesión se recrudeció severamente. Ni pensar en ir al consultorio del doctor, ni a hacerme análisis, ni a emergencias de un hospital, a menos que sea estrictamente necesario y el beneficio sea mayor al riesgo. Así, cada uno saca su calculadora personal ¿vale la pena arriesgar a una persona con graves comorbilidades para una consulta, o no? Consultas por zoom, consultas por teléfono, familiares que inyectan, así hemos vivido. Hemos tenido que lidiar con nuestras enfermedades a solas, con nuestros dolores. No son tiempos para enfermarse de nada, pensamos, pero el cuerpo no suele pensar de esa manera: el cuerpo padece, también, de todo el estrés que hemos acumulado estos meses, o el cuerpo padece, solamente, de lo que solía padecer. El cuerpo se vence y el cáncer se lleva a muchos que no lograron atenderse a tiempo.

Quizá, una de las más penosas verdades que la epidemia nos hizo ver, es que no somos iguales. No representa lo mismo enfermarse de COVID-19 para un adulto mayor de ochenta años que para un joven saludable de veinte. Tampoco para un enfermo de diabetes e hipertensión que para un adulto joven sin comorbilidades. Para los grupos de alto riesgo, el estrés que han conllevado estos tiempos ha sido devastador. Sin ningún tipo de apoyo, han sobrevivido como han podido, o trágicamente no lo han hecho.

Y es que si uno lo piensa pausadamente descubre que no hubo ninguna política pública específica para estos grupos poblacionales. Ningún banco, por ejemplo, se vio obligado a crear mecanismos de atención para ellos, ningún súper, ningún transporte, ningún trámite público exentado, nada. Ni un apoyo económico para que se protegieran, nada. Solo retórica “quédate en casa”. Como si pudieran. Los dejaron a su suerte, confiando en las familias, que a su vez hicieron lo que pudieron y en no pocos casos los contagiaron. Lo que hemos atestiguado estos meses es el total fracaso del Estado para cuidar a los más vulnerables. Salvo por la decisión de no exponer a los niños y maestros, relevante, ciertamente, no se hizo absolutamente nada para ayudarlos. Ah, sí, el IMSS creó una calculadora de riesgo para que la gente se diera cuenta de cuán vulnerable estaba cuando tenía que salir, completamente abandonado por el Estado.

La crisis nos mostró el verdadero rostro de nuestros gobernantes: sordos y ciegos, políticos negligentes y, sobre todo, y lo que es escalofriante, personajes rayando en la psicopatía. La disfuncionalidad del presidente, capaz de dejar en las manos ineptas de un solo funcionario, menor, la crisis de salud pública más importante en un siglo.

Un funcionario que aseguraba que la COVID-19 era menos grave que una gripa, que subestimó a los asintomáticos, a las pruebas, a los controles fronterizos, a las secuelas, a los fallecidos, a la expansión del virus, y ahora a las variantes que, nuevamente, amenazan al mundo y a la efectividad de las vacunas.

La crisis nos ha obligado a ver la cara, terrorífica, de quien no priorizó la vida de todas esas personas que han fallecido sino megaproyectos en un país de fantasía, un país que no existe ya, salvo en la imaginación de un hombre que se niega a aceptar la devastadora realidad en que vivimos, devorado por sus odios políticos y determinado a destruir en andamiaje democrático del Estado y a militarizarlo todo.

Es por esto que, entre otras muchas cosas, pienso que hay que celebrar que Trump se va de la presidencia de Estados Unidos; porque como López Obrador, y casi de idéntica manera, causó una tragedia humanitaria inconcebible, con su terrible manejo de la pandemia. Al menos nos recuerda que las calamidades históricas pasan y que en las democracias los pueblos determinan su destino.

También para México llegará la hora de ajustar cuentas con los gobiernos negligentes y criminales, como el de López Obrador o el de Claudia Sheinbaum que tendrán que rendir cuentas por la vida de mexicanos fallecidos por su incompetencia. No, no olvidaremos.