El estudiar una carrera en México ya no es garantía de un trabajo bien remunerado que ofrezca una estabilidad económica. Incluso, especialistas hablan que en nuestro país se está generando una “igualdad” pero la “baja”, afirman que se está haciendo a la población “más igual, pero más pobre”. Lo anterior podría ser la consecuencia de la reducción salarial experimentada en los los últimos lustros que ha afectado mayormente a población con estudios universitarios.

Ciudad de México, 22 de mayo (SinEmbargo).– Acceder a la educación superior en México es, cada vez, menos sinónimo de una mejoría en las condiciones económicas.

De acuerdo con datos presentados hoy en un seminario sobre desigualdad y trabajo, la reducción salarial experimentada en México en los últimos tres lustros ha afectado, sobre todo, a la población con mayores estudios, como los universitarios.

“A partir de 2001 hay una reducción en el ‘premio a la educación”, dijo Mario Herrera Ramos, economista e investigador de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso), y quien expuso que, entre 2005 y 2016, la población que gana más de tres salarios mínimos, como los profesionistas, se ha reducido en un 50 por ciento.

La igualdad que se está generando es “a la baja”. Se está haciendo a la población “más igual, pero más pobre”. Foto: Cuartocuro

Herrera participó en el seminario con la ponencia “estructura salarial en los principales mercados laborales urbanos de México 1987-2015”, la cual encontró que la disminución de los ingresos de la población con mayor grado educativo ha derivado en una reducción de la desigualdad en los ingresos de la población.

Igualdad que, sin embargo, se está generando “a la baja”, o haciendo a la población “más igual, pero más pobre”, como dijo Adolfo Sánchez Almanza, del Instituto de Investigaciones Económicas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), al analizar la presentación de Herrera.

“Queda claro que el tema salarial es clave, y el otro es la educación, y que (ésta) ya no lo es tanto para la movilidad social; se van igualando los trabajos calificados con los no calificados (…) ya no suficiente con estudiar”, dijo Sánchez Almanza.

La importancia del salario en las economías de América Latina fue destacada por diferentes investigadores en las ponencias, como Graciela Bensusán Aerous, también investigadora de la Flacso, quien mencionó que México carece de una política laboral y que sólo existe una política de contención salarial y en la cual se busca basar la competitividad de México para atraer inversiones extranjeras.

Al analizar el caso de la industria automotriz, tema de su participación, Bensusán se preguntó por qué ni aun este sector económico, que constituye la mayor parte de las exportaciones mexicanas y por la cual México ha sido considerado “la China de Occidente”, se ha traducido en mejores salarios.

Y la respuesta, explicó la investigadora, está en la falta de fuerza con la que los trabajadores mexicanos, sin representación sindical auténtica sino corporativizada, llegaron desde los años 80 a las negociaciones salariales con las empresas.

La investigadora comparó esta situación con lo registrado en Brasil, donde se protegieron los salarios, el mercado interno, y se acordó una reducción de la pobreza.

“En Brasil hubo un protagonismo del sindicalismo muy fuerte, un empate de fuerzas entre el capital y el trabajo. En México ocurre lo contrario: hubo una derrota del sindicalismo y, en lugar de empate de fuerzas, en ésta se controlaron los salarios a la baja, más un aumento en la productividad”, dijo Bensusán.

“En Brasil acordaron aumentos salariales, una reducción de la pobreza, el aumento del mercado interno (…) en el caso mexicano, con un ingrediente de cero huelgas, bajos salarios y alta productividad, se invirtió el papel. La variable clave (en la desigualdad) es el deterioro de los sindicatos y de la negociación colectiva”, agregó.

La mayor parte de las presentaciones analizaron los cambios económicos registrados en México y en el resto de América Latina a partir de la primera parte de la década de los años 80, cuando aquí terminó el periodo “de sustitución de importaciones” e inició la apertura económica caracterizada por las privatizaciones y la intensificación del intercambio comercial con Estados Unidos.

“Un incremento de un año más de educación recibe ahora menos salario que en los años 90”. Foto: Cuartocuro

Desde entonces, dijo Sánchez Almanza, la proporción de los salarios en la riqueza nacional ha pasado de ocupar un 40 por ciento a sólo un 25 por ciento.

“Esto, por las deficiencias del Estado como corrector de las fallas del mercado; hay más derechos, pero en ingresos estamos muy mal”, dijo Sánchez Almanza.

El estudio sobre mercados laborales en diferentes ciudades de México presentado por Herrera arrojó también que en las localidad en las que los salarios eran más altos en 1987, como Tijuana, Baja California, se han ido reduciendo al grado de que esta frontera se encontraba en 2015 en el mismo lugar que León, Guanajuato, y que, de las once ciudades analizadas para la investigación, es la que tiene los salarios más bajos.

Otra conclusión obtenida por Herrera de este estudio es que las ciudades en las que está creciendo la población con mayor grado educativo, como San Luis Potosí, no ven reflejado este aumento en los ingresos salariales.

“Un incremento de un año más de educación recibe ahora menos salario que en los años 90”, dijo Herrera.

Entre los motivos que generan esta disminución en el “premio a la educación” en México, se discutió, está una reducción en la calidad educativa, cambios en la composición de la fuerza de trabajo y en el mercado laboral, donde no se están generando posiciones para las cuales egresan los estudiantes.

“La proporción de trabajadores con alto nivel de educación tiene un efecto negativo sobre el salario”, se expuso.

Otros datos mencionados fueron cómo, pese a que la apertura del mercado, o el modelo neoliberal, se ofrecía como modo para incentivar el ‘emprendedurismo’, más de 30 años después, la mayor parte de la población latinoamericana, más de 80 por ciento, sigue siendo trabajadora, mientras que poco más de un uno por ciento es “capitalista” o concentra los medios de producción.