He sufrido todos los miedos. Foto: Óscar de la Borbolla.

He conocido todos los sentimientos que pueden agitar a un ser humano: los he padecido o gozado sin límites ni cortapisas, y hasta puedo decir -como aquel- que ninguno de ellos me es ajeno, y sólo por esto me es dado afirmar que he vivido y vivido bien, pues no de otra cosa se compone el suntuoso banquete que es la vida: no de cosas, sino de sentimientos, ni siquiera de experiencias, sino de sentimientos. Cosas he tenido algunas, quizá pocas si las comparo con mis deseos; experiencias también las he tenido, algunas grandiosas y otras mediocres, y si las comparo con aquellos que las han tenido sublimes, las mías, aunque me ponga optimistas, se me muestran vanas. Pero, en fin, sentimientos, todos.

Lo mismo místicos que profanos, aunque -si he de confesarlo- prefiero los profanos: las vivencias extáticas me han dejado temblando y comprendiendo lo impenetrable que es la noche; pero si de noches se trata, de tardes y de días, me gustan más las experiencias del furor erótico, cuya plenitud rebasa el concepto de lleno y lo desborda cuando quedo también temblando en una cama sin comprender ninguna de las vocales de mi propio nombre.

Y he sufrido, obviamente, todos los miedos: miedo al castigo y a las consecuencias, miedo a perder y a que me maten, miedo a ser incapaz y a que me olviden, miedo a no estar a la altura de mis propósitos y miedo de perderme a mí mismo en mitad de mi miedo. Porque en el fondo todos los miedos son un mismo miedo, porque la muerte tiene muchos rostros.

¿Y qué decir de los sentimientos que reconcilian con la vida y nos hacen querer que siempre siga amaneciendo? Los he sentido todos, muchas veces y a fondo. El enamoramiento, la ternura, la certeza apaciguarte de contar con un cómplice y, por supuesto, esa satisfacción, orgullo, júbilo que solo da el saberse querido. Pero también he conocido los opuestos: el desamor, los celos, la duda, la sospecha, la soledad incurable… Infinidad de noches, con los ojos errantes, he vagado de una habitación a otra, y sé de insomnios profundos y de cansancios sin descanso, y de duelos en los que una y otra vez, como ametralladora, he perdido la vida y la he vuelto a perder, porque estando ya muerto he cruzado hacia sucesivas muertes más profundas. En pocas palabras: conozco el abatimiento.

Y también sé de sentimientos estúpidos como la envidia y de sentimientos con los que uno se desprecia a sí mismo como la vergüenza. No me son extraños los que sufren los débiles y tampoco los que envanecen a los poderosos. Me he sentido desamparado e insignificante y después protector y todopoderoso, porque a lo largo de la vida cabe de todo y es natural que se sucedan los opuestos, porque están eslabonados como el día y la noche.

Así he pasado del entusiasmo al aburrimiento, de la admiración al desprecio, de la alegría a la pesadumbre y viceversa. He recorrido todos los registros, los estados de ánimo, las estaciones del alma. No hay abismo emocional que desconozca ni cima que no haya alcanzado, alguna vez siquiera, para poner en la cúspide mi huella. Soy, en fin, como todos y como cualquiera, un individuo que ha pasado por todo.

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