“El Estado tiene miedo”, dice la manta. Foto: Cuartoscuro

Una oleada de protestas, rebeliones y movilizaciones masivas resuena en América Latina, en distintas sociedades. Haití, Ecuador, Chile, Panamá, Bolivia y ahora Colombia. Aunque con matices distintos, la mayoría de las protestas sociales que se han registrado en apenas los dos últimos meses, tienen puntos en común. La pradera del hartazgo y de la paciencia ante los abusos de los gobernantes y las oligarquías está ardiendo.

El actual ciclo de protestas sociales comenzó en Haití el 15 de septiembre, cuando miles de haitianos salieron a manifestarse contra el aumento de las gasolinas, pero también contra la corrupción al descubrirse la desviación de 3 mil 800 millones de dólares del fondo Petrocaribe. El gobierno de Jovenel Moïse ha reprimido las manifestaciones causado al menos 77 muertos en lo que va del año, cientos de heridos y detenidos.

La protesta social apareció en Ecuador a partir del 3 de octubre, unos días después de hacerse público un acuerdo del Presidente Lenin Moreno con el Fondo Monetario Internacional (FMI) que impactaría en los precios de los combustibles y en el sector público. Tras diez días de intensas protestas y movilizaciones el gobierno echó para atrás el decreto que desató la ira popular. También hubo represión estatal con saldo de ocho muertos y más de mil 300 heridos.

En Chile, la rebelión popular más intensa y radical de este ciclo comenzó a mediados de octubre con un acto de rebeldía de chicas de secundaria. Al grito de “evadir, no pagar, otra forma de luchar” cientos de jovencitas se saltaron los torniquetes del Metro en protesta por el aumento anunciado, concitando la solidaridad de la mayoría de la sociedad. La primera gran manifestación se convocó el 18 de octubre y continuaba hasta ayer. Las protestas ya no son sólo por 30 pesos de aumento en la tarifa del metro, sino contra 30 años de gobiernos neoliberales que han producido una profunda desigualdad en la sociedad. La represión de las fuerzas armadas heredadas de la dictadura de Augusto Pinochet se han saldado con más de 20 muertos y dos mil heridos, de los cuales cerca de 300 han perdido uno o ambos ojos.

A fines de octubre y comienzos de noviembre Panamá fue el escenario de las protestas en contra de cambios a la Constitución del país. Una manifestación el 31 de octubre afuera de la Asamblea Nacional fue reprimida, dejando heridos y al menos 100 detenidos.

Bolivia fue el siguiente escenario de la protesta. El conflicto político comenzó como protesta por el resultado de las elecciones del 20 de octubre que permitían a Evo Morales reelegirse nuevamente en la Presidencia. Aprovechando la protesta, los militares dieron un golpe de Estado que ha sido cuestionado con amplias movilizaciones populares, especialmente de indígenas. La represión ha sido brutal y hasta el 22 de noviembre ha dejado 32 muertos y cientos de heridos.

En Colombia se convocó a un masivo paro nacional el pasado jueves que sacó a la calles a millones de colombianos que protestan contra reformas para flexibilizar el mercado laboral y cambiar el sistema de pensiones, más dinero para las universidades y contra la represión políticos contra activistas y defensores del territorio. Activistas bolivianos como Manuel Rozental sostienen que se trata de la manifestación política más grande de la historia reciente de Colombia. Lamentablemente también ha estado presente la represión. El viernes se reportaron tres muertos y el sábado 23 que se reanudaron las protestas en Bogotá, un joven de 18 años cayó herido por el impacto de un cartucho de gas lacrimógeno en la cabeza.

El panorama de conjunto en todos estos episodios de protesta es que decenas de millones de latinoamericanos están manifestándose con cacerolas o marchando por las calles contra todo lo que les enoja e indigna.

Aunque hay matices, se pueden encontrar elementos comunes: en todos los casos se protesta contra políticas neoliberales y sus distintas adaptaciones (extractivismo, privatizaciones, aumento de precios, bajos salarios y pensiones, recortes a educación); contra represión que desatan los gobiernos respaldados por las fuerzas armadas; y exigencia de una democracia auténtica, no simulada.

Otra característica común en la mayoría de las protestas, es que no han sido convocadas por los partidos políticos, sino desde organizaciones y movimientos sociales. El fracaso de la partidocracia tradicional ha quedado de manifiesto en todos los países.

Al mismo tiempo, las protestas han provocado la ilegitimidad de gobiernos como los de Sebastián Piñera en Chile, Iván Duque en Colombia, Jovenel Moïse en Haití, y Jeanine Áñez en Bolivia.

En el caso de Chile, la extendida y masiva protesta social ha creado una nueva coyuntura política en el país andino para dar paso a un proceso constituyente.

Es pronto para saber el resultado que tendrá este ciclo de protesta social en América Latina. Pero puede inclinar el antagonismo social del lado de los de abajo, al tiempo que están transformando la subjetividad política de quienes producen la protesta social con su variado repertorio, desde las barricadas, a la poesía, pasando por la música y las asambleas territoriales. Por lo pronto, la conciencia de millones de latinoamericanos se está revolucionando políticamente.