Las ciudades estarán expuestas a mayor estrés hídrico. Foto: Victoria Valtierra, Cuartoscuro.

Por Claudia Campero

Casi ocho de cada diez personas en México vivimos en ciudades. Concentrando actividades económicas y personas, no sorprende que también sean las ciudades grandes emisoras de gases de efecto invernadero y, por lo tanto, grandes contribuidoras a la emergencia climática. A la vez, las ciudades son espacios de alta vulnerabilidad frente a este fenómeno.

Hablemos de la Ciudad de México. El área metropolitana es realmente impactante para propios y extraños por su magnitud. Su historia y su geografía a veces se olvidan completamente en la selva de concreto pero siempre está ahí. En la temporada de lluvia (o cuando tiembla), las y los chilangos recordamos que aquí, donde pavimentamos, hubieron lagos. La ausencia de esos lagos y los ecosistemas que se fueron perdiendo con la urbanización provocan un fenómeno conocido como isla de calor. Básicamente es el hecho de que las ciudades sean más calientes por el concreto construido que se calienta y re emite el calor incrementando la temperatura en mayor medida que en un bosque, un pastizal o un humedal. Lo que resulta entonces es que la ciudad además de contribuir y sufrir la emergencia climática global tiene que sumarle el fenómeno local de la isla de calor provocada por la sustitución de vegetación por construcción.

Recientemente la Unesco publicó un informe de Agua y Cambio Climático que destaca que el manejo del agua también es fuente de emisiones destacadamente por la energía eléctrica utilizada para bombearla y por las aguas residuales que emiten metano. Volviendo a la Ciudad de México, Conagua informa que la energía eléctrica requerida para bombear el agua que recibimos por el sistema Cutzamala (que representa el 24 por ciento del total que se consume en la ciudad) ¡es equivalente a la electricidad requerida por la ciudad de Puebla! El informe de la Unesco también destaca que los humedales son ecosistemas que almacenan el doble de carbono que los bosques y son indispensables para atenuar inundaciones y sequías. Finalmente, está la advertencia de que las ciudades estarán expuestas a mayor estrés hídrico y esto afectará de forma desproporcionada a la población más pobre y vulnerable que ya de por sí tiene el peor servicio de agua.

Es entonces que el llamado se vuelve claro, mejorar la gestión del agua y recuperar la cuenca es una necesidad urgente para reducir la inequidad pero también para reducir nuestras emisiones, adaptarnos a la emergencia climática y ser más resilientes.

*Estratega para Movilización Urbana, Greenpeace México