La realidad es mucho más dramática: serán los pobres, por razones obvias, los más afectados en esta contingencia. Foto: Mario Jasso, Cuartoscuro.

“Como dice mi hija”, me platica la señora Herlinda con un involuntario dejo de sorna. “Ora sí que los que se van a enfermar de esa enfermedad van a ser los puros ricos, porque esos son los que viajan a Europa, a Disneylandia. ¿Uno qué? Uno no tiene para viajar ni a Xochimilco…”

Tiene razón en primera instancia la trabajadora doméstica que semanalmente acude a asear mi departamento. Pero no por las razones que en el colmo de la estupidez esgrime el Gobernador poblano Miguel Barbosa Huerta, que asegura que “los pobres somos inmunes al COVID-19”. Simplemente, por una razón lógica: en una primera etapa, los casos de contagio se trataron efectivamente de personas que habían viajado al exterior o, luego, que había tenido contacto con viajeros. Y de eso podría deducirse que se trataba de gente con recursos económicos, “acomodada” diría el impresentable mandatario morenista.

La realidad es mucho más dramática: serán los pobres, por razones obvias, los más afectados en esta contingencia. Empezando por que son más, pero también por las limitaciones físicas y económicas que enfrentan. Para millones de mexicanos no es cosa sencilla “lavarse las manos con frecuencia”… porque no tienen agua.

Un reportaje de Dulce Olvera publicado hace unos días en SinEmbargo nos mostró, con base en estadísticas oficiales, que el 10 por ciento de los habitantes del país, esto es entre 12.5 y 15 millones de mexicanos, no tiene acceso al agua potable, sobre todo del área rural y zonas marginadas en las grandes ciudades. Y que el 42 por ciento, otros 54 millones, no la recibe de manera constante y regular, de acuerdo con la Conagua.

Quizá usted, como yo, no sepa lo que implica “alzar agua” en cubetas y cazuelas, cuando la hay, para las más apremiantes necesidades, entre las que no está por supuesto el lavarse las manos cada 20 minutos. Con esa reserva se lavan los trastes y la ropa, se limpia del excusado y, a veces, se bañan a jicarazos. Eso es lo cotidiano. Sin contingencia.

Tampoco guardar “la sana distancia” es sencillo, para quienes viven hacinados (a veces dos o tres familias juntas en una sola casa), sufren aglomeraciones en el mercado, tienen que hacer cola en la tortillería o para cobrar la pensión y viajan en infames microbuses atestados. Según el Inegi, unos 14.4 millones de personas, que representan 11.9 por ciento de la población total del país, viven en condiciones de hacinamiento en sus hogares, En el medio rural la proporción de hogares en hacinamiento es de 20.1 por ciento y en las zonas urbanas se ubica en 9.4 por ciento. Difícilmente podrán distanciarse metro y medio uno del otro.

Son muchos, pero muchos los mexicanos que ni siquiera tienen posibilidades económicas de comprar cubre bocas y gel antibacterial, si los hubiera.

No, no es fácil para muchos millones el guardar cuarentena en su casa. Y es que la cosa tiene sus asegunes, como se dice. Según una nota de El Economista firmada por Ana Karen García, en México el riesgo de parar y no salir a trabajar alcanza a poco más de la mitad de los trabajadores: las estadísticas oficiales dicen que el 56.2 por ciento de la población ocupada labora en el sector informal, como trabajadores domésticos, comerciantes ambulantes o taxistas, de acuerdo con la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE) del Inegi.

Esta situación significa, ni más ni menos, que 56 de cada 100 trabajadores es vulnerable en términos de protección laboral, acceso a instituciones de salud, seguridad social o ingresos inconstantes. Viven al día.

Es nuestra realidad.

Además de la señora Herlinda, que tiene forzosamente que salir a trabajar para tener un ingreso, otras personas en mi entorno cercano son ejemplos de lo que les ocurre a cientos de miles, sólo en la Ciudad de México.

Uno de ellos es Miguelito, el franelero que no aparta ni vende lugares de estacionamiento pero que obtiene su sustento honradamente con el lavado de autos en la calle donde vivo. Desde el fin de semana pasado hay menos autos cada día. La calle, habitualmente colmada, se muestra ahora despejada, con abundante espacio para aparcar. Cada día más y más. Hace tres días que no veo a Miguelito.

Mi vecina Monserrat se levantaba de madrugada para preparar los sándwiches, las gelatinas y las tortas para venderlas en una esquina de Insurgentes Sur, cerca de la estación del Metrobús. Su clientela suele estar integrada por decenas de empleados que apresuradamente bajan temprano del transporte público y se dirigen a sus trabajos, en oficinas o comercios del rumbo. Ella ha dejado de vender porque cada mañana hay menos compradores.

Gonzalo maneja un taxi, que no es propio. Tiene que pagar una “cuenta” de 200 pesos diarios al dueño. No los saca. Cada vez hay menos pasaje en las calles, además del obvio riesgo de un contagio abordo. Desde hace una semana prefiere quedarse en su casa y enfrentar la penuria y, peor, la incertidumbre.

Y sin embargo, por elemental sobrevivencia ante una amenaza más brutal de lo que suponemos, por solidaridad con nuestros viejos (como yo), tenemos que quedarnos en casa, con todo y sus asegunes. Ricos y pobres. Válgame.

 @fopinchetti