Foto: Sandra Lorenzano

1.
Muy temprano por la mañana camino entre las tumbas del cementerio de Middlebury. Rodeada de verde y silencio, casi puedo escuchar los murmullos de quienes ahí están enterrados; como si yo misma fuera un personaje de la genial Antología de Spoon River de Edgar Lee Masters:

Uno murió de una fiebre, / otro se quemó en una mina, / a otro le mataron
en una riña, / otro murió en la cárcel, / otro cayó de un puente donde
trabajaba para mantener a su mujer y a sus hijos. (…)/ Todos, todos
duermen. Todos están durmiendo en la colina.

Aunque no está inspirado en Vermont sino en el Medio Oeste donde el poeta había nacido, pienso ahora en este libro que es una combinación desgarrada de memento mori y denuncia del brutal clasismo de la sociedad de su época. Pero, claro, no hay clasismo que valga frente a la muerte: “…allí los ríos caudales, allí los otros medianos e más chicos, allegados, son iguales los que viven por sus manos e los ricos”, escribía en el siglo XV Jorge Manrique.

Muy temprano por la mañana me encuentro con los Brainer y los Conroe y los Jackson y los Hadley, con alguna mujer nacida en Turquía que quién sabe por qué caminos llegó a Nueva Inglaterra, con otra que nació en Puerto Rico y fue de las primeras profesoras del College, con niños del siglo XIX, con algunos pocos judíos, con soldados caídos en las diferentes guerras, y hasta con una momia egipcia que su descubridor enterró aquí con fecha de 1883, aunque realmente había muerto alrededor del año 1254 antes de nuestra era. En fin que cada mañana convivo con estos vecinos antiguos –aunque no sé si la palabra “convivir” sea la adecuada- entre piedras carcomidas y discretísimas lápidas que no dejan de sorprendernos a quienes venimos de los ostentosos panteones latinoamericanos, herederos de sus hermanos hispanos y franceses.

Memento mori cotidiano que por supuesto no soy la única en buscar. Más de un poeta que ha pasado por aquí ha escrito algún verso. Pedro Salinas, Luis Cernuda, Jorge Guillén, Gabriela Mistral, Octavio Paz… Y mi amigo Paco Layna…

Notorios los cuervos entre las tumbas .
Les incomoda mi presencia, como a ella. Graznan
con saña, dejando en el aire un charco de sangre,
Japón en su bandera, cuatro cirios encendidos que
iluminan, apenas, un sobrero color cinabrio,
de niña pequeña sobre la mesa de palo rosa.

Escribe Paco sobre este cementerio en el que cada tanto nos cruzamos cuidando mucho de no interrumpir el diálogo que cada uno sostiene con los muertos. Él transforma ese diálogo en versos que me sacuden como un escalofrío. Notorios los cuervos entre las tumbas (1).

Hablando de poetas y de veranos que son como bautizos, me llevé a los estudiantes a escuchar las piedras y las voces que aún guardan. Eligieron un rincón y aguzaron el oído buscando encontrar el núcleo último del silencio. Volvieron al aula callados, mirando hacia dentro de sí mismos. Y yo quise abrazarlos a todos.

2.
También la noche tiene por aquí sus secretos. Hay películas, y música, y fiestas, y risas con cerveza, y ping pong, y reencuentros, y charlas que parecen no interrumpirse durante todo el verano. Y hay también un cielo que me conmueve, aunque las estrellas no sean las de mi infancia (¿quién que haya nacido en aquel lado del mundo no busca siempre la Cruz del Sur?).

Anoche me asomé a un telescopio. O debería decir en realidad: anoche me asomé al infinito gracias a un telescopio: vi Júpiter y sus lunas, Saturno con los anillos brillantes, un agujero negro amenazador… Creo que aún no recupero el aliento que perdí frente a esa inmensidad.

Mi padre no me llevó a conocer el hielo como al Coronel Aureliano Buendía, pero sí me llevó a conocer el mar cuando tenía cinco años. Me parece que tampoco recuperé el aliento después de aquella otra inmensidad. Era Villa Gessell. Era la infancia. Era esa familia que extraño más que a la Cruz del Sur. Era ese golpe que entre el diafragma y el corazón me dejó sacudida para siempre. El mismo sacudimiento que siento ante mi propia Spoon River, ante el cielo de julio o ante el océano.

La misma sensación de infinita pequeñez ante la infinita grandeza de lo inefable.

(1) En Francisco Layna Ranz, Y una sospecha, como un dedo, Madrid, Amargord, 2016.