Ante la realidad que vivimos, es imperativo dejar de invisibilizar a las personas mayores. Foto: Victoria Valtierra, Cuartoscuro.

1.

“Si llego a nacer en un geriátrico lo primero que hago es pegarme un tiro. Es una visión horrenda del mundo” (1). Ésta es la frase con que el padre de Mafalda se deslindaba del texto que le atribuían, y que se volvió viral en redes sociales:

“La vida debería ser al revés. Se debería empezar muriendo y así ese trauma está superado; luego te despiertas en una residencia mejorando día a día… después te echan de la residencia porque ya estás bien, y lo primero que haces es cobrar tu pensión. Luego en tu primer día de trabajo te dan un reloj de oro… Trabajas 40 años hasta que seas lo bastante joven como para disfrutar de tu retiro laboral; entonces vas de fiesta en fiesta, bebes, practicas el sexo y te preparas para empezar a estudiar. Luego empiezas el colegio, jugando con tus amigos sin ningún tipo de obligación, hasta que seas bebé. Y te pasas los últimos nueve meses flotando tranquilo, con calefacción central, servicio de habitaciones, etcétera. Y al final abandonas este mundo en un gran orgasmo”.

Retomo la frase Es una visión horrenda del mundo. Ésa es también la visión que nuestra sociedad tiene de la vejez; por mucho que amemos a nuestras propias madres, padres, abuelos, la perspectiva de envejecer es uno de los miedos que llevamos grabados en los huesos. Quizás más que el miedo a la muerte, es el miedo a la decadencia física y mental lo que nos aterra. La perspectiva de la soledad, del dolor. Las miradas de desprecio o de conmiseración que rodean a quienes han pasado cierta edad. Las miradas de “tú no entiendes” o, peor aún: “hazte a un lado porque tu turno ya pasó”.

Amé a Sophia Loren en ese melodrama estrenado en Netflix que se llama La vita davanti a sè (no se olviden que soy “hija” de Manuel Puig y como él soy una enamorada del melodrama). Amé cada una de sus arrugas y el modo valiente en que se dejó fotografiar por la cámara de su hijo Edoardo, director del film.

Amé a Sophia Loren en ese melodrama estrenado en Netflix que se llama “La vita davanti a sè”. Foto: Netflix.

También amo a Jane Fonda y a Lily Tomlin en esa genial serie llamada “Grace and Frankie”, que reivindica el humor, la libertad sexual y la amistad entre mujeres.

Amo las obras de José Saramago, y más aún cuando me recuerdan que empezó a escribir a los sesenta años, porque me hace sentir que aún “no se me ha ido el tren” (gracias, querida Pilar del Río).

Amo que algunas de mis escritoras favoritas sigan siendo tan geniales e irreverentes como siempre (mucho más que las jóvenes), aunque me lleven veinte o hasta treinta años. Pienso en las queridas Luisa Valenzuela, Margo Glantz y Elena Poniatowska, por ejemplo.

Amo a las amigas de mi generación cuando nos decimos riendo que no estamos en  los “sixties” sino los “sex-ties”, o que los sesenta son los nuevos cuarenta ja. O a mis amigas mayores que están impresionantemente activas, creativas, productivas, estudiosas y bellísimas (y esto va sobre todo para mis chicas del taller de los martes).

Pero cumplí sesenta años en pandemia y cada uno de las decenas de “zooms” semanales me lo recuerdan. Verse a una misma en la pantalla es una experiencia dura, hay que decirlo. Y aunque el número me pesa –seis cero- porque no puedo dejar de asociarlo con mis abuelas, me pesa más el que, de la noche a la mañana, dejé de ser una mujer a la que se consideraba “normal” (whatever that means), y pasé a ser parte de la “población de riesgo”. El día que me dijeron que por mi edad mejor no participara de los turnos que se estaban armando para ir a la oficina una o dos veces a la semana, me dio un vuelco el corazón. Ya no importa que físicamente yo esté hecha (casi) “una piba” sesentona, que me sienta igual o mejor que a los cincuenta, que haga ejercicio todos los días, que coma sano y agregue al menú una copa de malbec por las noches, que disfrute más la vida sexual que cuando tenía veinte o treinta (es bueno recordar que el deseo no se termina, señoras, señores y señorxs), que me siga vistiendo tan hippie como toda la vida, que (aún) no haya perdido mis capacidades intelectuales ni creativas, que sea parte del grupo más joven de la población de riesgo, objetivamente la sociedad ya me considera como miembro de la tercera edad. Y tienen razón. Touché! 

No me quejo. Constato, simplemente. Sé que, en medio del horror, soy una privilegiada.

Ante la realidad que vivimos, es imperativo dejar de invisibilizar a las personas mayores. Foto: Especial.

2.

Me detengo en la frase de Quino; en la relación entre el geriátrico y la visión horrenda del mundo. Y pienso en lo verdaderamente horrendo: aquello que están padeciendo quienes viven en casas de retiro y con quienes  la pandemia se ha ensañado.

En México, hay aproximadamente 15 millones de personas mayores de 60 años, de “éstas 1.9 millones no pueden valerse por sí mismas y casi 3 millones sufren algún deterioro funcional”(2).

Muchas de ellas sufren discriminación y abandono. Se trata de un sector altamente vulnerable y vulnerado. Quienes viven solas este año se han quedado sin reuniones familiares, sin salidas con amigas y amigos, sin ir al cine o al teatro, sin abrazos de hijos y nietos. Quienes viven con la familia han visto aumentar de manera inequívoca la violencia y la sobrecarga de trabajos de cuidados. Quienes forman parte del altísimo número sin jubilación o pensión dignas han tenido que salir a trabajar a pesar de las “recomendaciones” oficiales. Quienes han enfermado han tenido que estar internados sin contacto ninguno con sus seres queridos.

¿Nadie ha pensado que los mayores también pueden morir de tristeza? En los últimos dos meses han muerto dos mujeres muy importantes en mi vida; una internada en un hospital, la otra en una casa de retiro. Ambas eran muy amadas por sus hijxs y nietxs. Las medidas sanitarias las llevaron a morir solas, sin una mano querida entre las suyas, sin una caricia, sin unas palabras que las acompañara en ese doloroso tránsito hacia no sabemos dónde. No puedo dejar de pensar en ellas y en mis queridas amigas y amigos que perdieron a su madre y abuela, sin poder darle un último abrazo, sin poder acariciarla o cantarle bajito, sin poder decirle una vez más cuánto la amaban. ¿Cómo se hace el duelo sin esos rituales amorosos? Somos seres de rituales. Rituales antiguos, rituales desde el comienzo de los tiempos. Quizás sea este vínculo con nuestros muertos lo que nos vuelve humanos. En Grecia les ponían una moneda en la boca, en Roma los rodeaban de flores, la tribu Yanomami come las cenizas de sus seres queridos para ayudarlos a llegar al otro mundo, en Irán los cuerpos se llevaban a las torres de silencio para que los buitres los devoraran, los antiguos mexicanos enterraban también al perro del difunto para que guiara el alma hacia el Mictlán, hay quienes se cortan los dedos en señal de duelo, quienes se rasgan la ropa o tapan los espejos, o quienes prefieren ponerlos –como canta Mercedes Sosa– “en el vientre oscuro y fresco de una vasija de barro”. Hoy apenas nos permiten recibir una urna y abrazar en soledad las cenizas.

Ante la realidad que vivimos, es imperativo dejar de invisibilizar a las personas mayores. Un grupo social en el que la interseccionalidad (ser mujer, indígena, migrante, trans, afrodescendiente, jornalera, o tener alguna discapacidad) aumenta infinitamente los factores de riesgo. No sólo nos urge crear un eficiente Sistema Nacional de Cuidados y una Nueva Ley General de los Derechos de las Personas Mayores, sino favorecer un cambio cultural que no haga de ellas seres desechables.

En su libro El as en la manga. Los dones de la vejez, la excepcional Rita Levi-Montalcini, quien recibiera el Premio Nobel en 1986, escribió:

“En la época actual el vertiginoso desarrollo científico y técnico (…) ha marginado al viejo ya que carece de los nuevos conocimientos y no transmite experiencias útiles para las nuevas generaciones. Ha surgido así la pesadilla de la vejez, no por sus achaques físicos, sino sobre todo por el temor al rechazo social” (3).

Algo que por supuesto no existe en las culturas tradicionales.

Levi-Montalcini, italiana de origen judío que debió huir de la persecución fascista, murió a los ciento tres años con una lucidez sorprendente. Hasta el último día de su vida sostuvo que el único secreto para mantenerse joven es tener el cerebro activo. Las capacidades neurológicas que se pierden con la edad son sustituidas por otras que compensan estas pérdidas, gracias a la “plasticidad neuronal”. Estos estudios centrados en la proteína NFG (Nerve Growth Factor) y su estímulo al crecimiento de las fibras nerviosas le valieron el Nobel.

Si en lugar de propiciar la actividad neuronal de nuestras y nuestros ancianos, lo que favorecemos es su exclusión, desprecio y maltrato, es que hemos perdido cualquier sentido de la ética. En ese caso, estoy de acuerdo con Quino: como sociedad, mejor peguémonos un tiro.

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(1) “Quino no escribió el texto viral “La vida debería ser al revés”, en Newtral, 20 de octubre 2020 (consultado el 3 de noviembre de 2020).
(2) Información tomada de “Día de las Personas Adultas Mayores: La vejez frente a la pandemia”, Aristegui noticias, 28 de agosto de 2020.
(3) Rita Levi-Montalcini, El as en la manga. Los dones de la vejez, México, Editorial Planeta, 2018.
(4) Escribiré pronto un artículo centrándome en su obra.