“Estamos en un momento único para la publicidad, para la compra y venta de productos en línea. Me sorprende el funcionamiento de los algoritmos”. Foto: Especial

Es de lo más común que un día entre a algún portal de compras en línea para comprobar ciertos precios o para adquirir algo que necesito y, casi de inmediato, en mis redes sociales aparezcan anuncios con productos relacionados a mi búsqueda. Me queda claro que la publicidad ha evolucionado y existen complejos algoritmos que no sólo conocen mis preferencias, mis hábitos de consumo sino que hacen cruces complejos con los de personas cercanas a mí, con mis datos demográficos y con un montón de pequeñas huellas que he ido dejando en la red para ofrecerme nuevos productos. Confieso que cada tanto caigo. Y es que los algoritmos funcionan y me crean, a veces, ciertas necesidades que se traducen en compras. Ignoro cuáles son los procesos para llegar ahí pero, desde hace tiempo, sé que no es nada privado lo que hago en ciertas plataformas. Más que molestarme, me he acostumbrado y hasta siento que le saco cierto provecho a la situación, en tanto soy capaz de optar por ofertas o métodos de envío baratos. Supongo que es justo eso lo que les interesa a quienes han evolucionado en su forma de hacer publicidad y ofrecer productos.

Justo por eso, a veces me da trabajo entender que haya industrias o marcas que sigan estancadas en viejos modelos.

Cerca de mi casa hay un par de agencias de automóviles. Cada tanto veo cómo afuera de ellas hay música a todo volumen y a dos o tres chicas bailando al ritmo de ésta. También hay globos, esos tubos de tela que se llenan de aire y hacen aparecer gruesos espaguetis bailarines y moños sobre los automóviles. Me llama la atención que las bailarinas siempre estén dirigiendo sus movimientos hacia la calle. Ignoro si hay estudios al respecto. Sin embargo, me cuesta trabajo creer que alguien que va a una comida familiar, a un partido de futbol de los hijos o a cualquier otro compromiso, de pronto vea el ambiente festivo y decida detenerse a comprar un coche. Me cuesta trabajo porque, salvo muy contadas excepciones, quienes circulamos por las grandes avenidas es porque tenemos un destino cierto. Así que interrumpir nuestra travesía para desembolsar una enorme cantidad de dinero y comprar un coche, me parece francamente inverosímil. Pese a ello, llevan años esas agencias de automóviles produciendo el mismo espectáculo. ¿Quién sabe?: en una de ésas yo soy quien está mal y, en efecto, las personas se detienen a comprar automóviles.

Durante las semanas pasadas me marcaron más de un centenar de ocasiones (en verdad, no exagero, las conté del registro de llamadas) de HSBC. Como sé que no es culpa de los operadores, espero a que se presenten para decirles que no me interesa y cuelgo. Las últimas ocasiones les pedí, primero, y casi les supliqué, más tarde, que me dejaran de hablar. Prometieron hacerlo. De nada ha servido. Siguen llamando.

Yo no tengo la intención de cambiar de banco ni de ampliar los productos crediticios que tengo en mi haber. Si quisiere hacerlo, los operadores de HSBC o los ejecutivos que idearon su campaña ya me han convencido de no hacer tratos con ellos. Es molesto, quita tiempo, rompe la concentración, distrae y cansa. Nunca querría estar con un banco que trate a sí a sus posibles clientes. No quiero ni imaginar lo que pasaría si aceptare sus propuestas.

Estamos en un momento único para la publicidad, para la compra y venta de productos en línea. Me sorprende el funcionamiento de los algoritmos ya mencionados. Me sorprende más, empero, que haya
quienes prefieran optar por métodos tan anticuados como los de las agencias automotrices o que rayen en el acoso como ciertos bancos.