López Obrador trae al menos tres pendientes en las manos sobre los que no puede responder con evasivas. Foto: Victoria Valtierra, Cuartoscuro.

Slavoj Žižek recuerda en su ensayo “La vigencia de El Manifiesto Comunista” uno de los populares chistes que difundía Radio Everán, de Armenia, durante la ocupación soviética.

Estos chistes recorrían el imperio comunista aunque casi siempre eran críticos con el Kremlin. En 1991, los armenios lucharon y obtuvieron su independencia; en el barullo de aquella ruptura pocos recuerdan esa gesta. Pero los chistes, preguntas-de-los-radioescuchas con respuestas-picosas-de-los-locutores, hicieron época.

El chiste dice:

“–¿Es cierto que Rabinovich ha ganado un carro nuevo en la lotería? –pregunta un radioescucha.

“–En principio sí, es cierto. Solo que no ha sido un carro nuevo sino una bicicleta vieja, y tampoco la ganó, sino que se la robaron”.

(Otro chiste de Radio Everán en la época soviética:

“–¿Es cierto que el poeta Vladimir Mayakovsky se suicidó?

“–Sí, es cierto, pero sus últimas palabras fueron: ‘¡No disparen, camaradas!’”).

Los mexicanos vivimos la Guerra Fría pero, afortunadamente, nunca una ocupación. Sin embargo, sí padecimos algo muy parecido a ser invadidos por una fuerza extranjera años después de que el Muro de Berlín había caído. Solo que ésta fue una ocupación “suave”. Y se le llamó con pompa: Neoliberalismo. Y hasta teníamos que estar agradecidos de que su mano nos había alcanzado. Y los apóstoles del movimiento local eran hijos de mexicanos con influencias de Chicago.

En ese periodo fueron saqueados nuestros recursos; seguimos recetas dictadas desde el extranjero; se nos vendió la idea de que éramos parte de un club global de “beneficiarios” y, claro, terminamos siendo los últimos de la pirámide. Durante los casi 40 años en que fuimos “bendecidos” por el neoliberalismo se agudizó la desigualdad y aumentó la pobreza; perdimos el valor de nuestros salarios, las pensiones, nuestras empresas nacionales y si el Estado mexicano era de por sí ineficiente, en esos años se volvió más obeso, más mentiroso, más represor, más sinvengüenza y, por supuesto, con un gusto enorme por derrochar el dinero ajeno.

La marabunta pasó por nuestras tierras y en tiempo récord se llevó cuanto pudo. Y debíamos estar agradecidos. Con el nacimiento del neoliberalismo mexicano nació, también, una nueva élite de ricos; quizás desde la Revolución de 1910 no se había dado una redistribución de la riqueza tan fuerte como la que se dio a partir de Carlos Salinas de Gortari. No, no está mal dicho: fue una redistribución de la riqueza; nada más que nos quitaron a todos para dárselo a un grupo en el que destacan Carlos Slim Helú, Ricardo Salinas Pliego, Alberto Baillères González, Germán Larrea y otros más.

Bien valíamos un chiste para Radio Everán:

–¿Es cierto que Pérez se retirará este año, pensionado? –preguntaría alguien.

–En principio sí, es cierto. Solo que Pérez no se retira este año; trabajará hasta el último día de su vida porque la seguridad social desapareció en estos años de neoliberalismo. Ah, y la pensión… ¿qué carajos es una pensión?

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Escribo esto en las últimas horas de 2019. Fue un año lleno de polémica, jaloneo, golpeteo. Ha pasado un año de la Presidencia de Andrés Manuel López Obrador. Consulto Oráculos, el único sitio que hace ponderados de las encuestas de aceptación: 65 por ciento aprueba al Presidente, 31 por ciento en desacuerdo. En su mejor momento, AMLO tuvo 81 por ciento de aprobación; fue en febrero; los contrarios eran 14 por ciento.

Pues son muchos a favor, 65 por ciento.

Enrique Peña Nieto tuvo en febrero de 2013 su mejor aprobación: 60 por ciento; para diciembre de ese año, 45 por ciento lo apoyaba y 47 por ciento lo rechazaba. Felipe Calderón tuvo en junio de 2007 su mejor dato: 68 por ciento a favor, 23 por ciento en contra; para diciembre de ese año tenía 65 por ciento a favor y 27 por ciento en contra. A Vicente Fox le duró poco el gusto: en enero de 2001 sumó su mejor aprobación con 72 por ciento a favor y 15 por ciento en contra; para diciembre de ese mismo año tenía 57 por ciento aprobatorio, con 33 por ciento que lo rechazaban.

Como digo, 65 por ciento a favor de López Obrador no está nada mal, considerando que en este año le cambió el destino a los más poderosos: descabezó a los ladrones del PRI; dejó mal parados a los del PAN; desapareció al PRD. Tomó a los empresarios por los cuernos y les dijo al son de qué quería que bailaran; le quitó miles de millones de pesos a los medios, que estaban acostumbrados a estirar la mano y recibir su lamida de billetes; le quitó miles de millones a grandes empresas que estaban acostumbradas a que les perdonaran impuestos; le quitó el negocio del huachicol a los malandros y cerró la llave a corporativos que ganaban de todas, todas, como las farmacéuticas. Muchos alacranes para un mismo buche. ¿Les parece poco, 65 por ciento? PRI y PAN sólo llegaron a la Presidencia de México a repartir el negocio, sin confrontar a los poderes fácticos, y aún así sus respectivos presidentes cayeron en las encuestas.

Y en medio de todo lo anterior, o junto con todo lo anterior, una campaña para impulsar un cambio de modelo y desterrar el neoliberalismo. Por eso digo que 65 por ciento no es nada despreciable. Ganado a pulso.

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También digo que López Obrador trae al menos tres pendientes en las manos sobre los que no puede responder con evasivas. El primero: la seguridad; segundo: crecer. Y un tercero, creo yo, es convocar a sectores de la sociedad que no se sienten incluidos. Le debe una respuesta más contundente –pongo ese ejemplo– a las mujeres, a las víctimas de feminicidio y a las que sufren a diario violencia de todo tipo; hay insatisfacción entre organizaciones y activistas: les parece que AMLO no tiene claro el problema. Y se quedó en buenos deseos la política de medios; 2019 se fue simplemente recortando gastos a la prensa –yo, personalmente, lo aplaudo– pero sin abolir la conveniente “Ley Chayote” y sin acciones claras para transparentar las reglas para el gasto en publicidad oficial. El hecho de que La Jornada se llevara gran parte del pastel, incluso por encima de Televisa y Azteca, habla mal del Gobierno. No hay diferencia con Peña, que le dio a manos llenas a El Universal. Es reparto entre cuates.

Ya he argumentado, decenas han argumentado sobre seguridad y economía. Allí están ambos temas. Pero está el otro: la necesidad de generar confianza entre otros sectores útiles en la gobernabilidad. En las comunidades, por ejemplo: después de un largo periodo en el que se impusieron megaproyectos, el Presidente ganará mucho más si transparenta las consultas y si crea proyectos donde la comunidad va primero, y me explico: él quiere un Tren Maya; lo validó y listo, va. Pero, ¿qué quieren las comunidades del sureste? ¿Cuáles consideran sus prioridades? ¿Una red de mercados nacionales que muevan sus productos? ¿Rescatar los centros de los pueblos, que antes eran factor de cohesión comunitaria? Disparo cosas para preguntar: ¿qué quieren los pueblos? ¿Cómo participa mi voluntad –la voluntad de un vecino– en los grandes proyectos nacionales?

Sigo pensando que el Presidente puede intentar una operación cicatriz con distintos sectores que se sienten distantes de su Gobierno; sumarlos no sólo por sumarlos: para una cruzada nacional por el bien del país. Esto último es complicado, no sólo porque López Obrador es López Obrador, sino por la mala fama que le dio el Pacto por México a los acuerdos de las cúpulas. No hablo de acuerdo de cúpulas, sino por sectores de la sociedad. Es una sugerencia. Uno ve y ya; allí queda, por escrito.

Creo que López Obrador asume broncas innecesarias, desgastantes, por lealtades desmedidas o mal interpretadas. No tenía caso defender a Manuel Bartlett, como tampoco tenía caso que la Secretaría de la Función Pública estuviera en manos de una activista de la 4T: Irma Eréndira Sandoval. Allí el Presidente se metió a una apuesta doble con mal pronóstico. Y ganó: es decir, perdió.

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Cuando el Bloque del Este se desplomaba y se abrían paso las reformas conocidas como Perestroika y Glásnost; cuando era irreversible la transformación de un sistema que había demostrado su obsolescencia, muchos lloraron y se resistieron. El 25 de diciembre de 1991 se declaraba el fin de la Unión Soviética y para algunos era como si hubieran declarado el fin de la humanidad. Esa resistencia siempre me pareció románica, necesaria y poco informada. Pero todos los cambios requieren de una resistencia; aunque el cambio, por sí mismo, sea necesario e incluso urgente.

Creo que algo similar se vive ahora. Hoy muchos se sienten falsamente anclados al pasado (se llama inercia) y hay mucha ignorancia; sienten que sin neoliberalismo todo lo que venga es malo, aunque se tratara de una ocupación. El sistema demostró su obsolescencia y lloran y se resisten. Se vale, no está mal; hay que decirles por qué están equivocados.

Allí está la clave: siento que AMLO puede hacer mucho más para convencer a los que se resisten; mostrarles que la economía puede funcionar sin comernos entre nosotros; con rostro humano y privilegiando a los que menos tienen. El trabajo del Presidente en 2020 no debe ser trabajar con los conversos, con el 65 por ciento: su reto es con el 35 por ciento. Debe convencer sin confrontar. Debe mostrar que es viable su propuesta.

Que la gente –sugiero– entienda que Rabinovich realmente se ha ganado un carro nuevo en la lotería. Y ya. Nada de que era una bicicleta vieja y se la robaron.