Andrés Manuel López Obrador. Foto: Cuartoscuro.

La llegada al poder de un partido de nueva creación, cuyos militantes tienen poca experiencia política y de Gobierno, ofrece una gran oportunidad para construir una plataforma política que transforme al país.

Morena es un partido que busca la continuación del gran movimiento electoral de izquierda que empezó como opción de triunfo en 1988 y que, igualmente, comenzó con una combinación de jóvenes políticos de la izquierda radical y políticos experimentados que venían del Partido Revolucionario Institucional, y que produjo más adelante importantes experiencias de Gobierno y administración pública.

Sin embargo, el Partido de la Revolución Democrática fue controlado por una camarilla pragmática que rápidamente se convirtió en una dirección corrupta que contrastaba con un ejercicio de Gobierno que estaba transformando verdaderamente al país: la experiencia del Gobierno de izquierda electoral, que se daba fundamentalmente en la capital mexicana, fue exitosa entre 1997 y 2012.

Mientras se construía una administración pública progresista y eficaz, poniendo énfasis en los pobres y sectores vulnerables, se daba un proceso inverso adentro del partido; desde 1989, se empezó a formar una tendencia poco escrupulosa en torno a un grupo joven, que concentró su interés en el control del partido, que obtuvo cuando AMLO pasó a la jefatura de Gobierno del entonces Distrito Federal. Con Rosario Robles en la dirección, aquel grupo había crecido exponencialmente y perdió los escrúpulos que le quedaban.

Mientras que el Gobierno concentraba los mejores cuadros para una buena administración pública, dando sus mejores resultados, empezó el declive del PRD, hasta que ambos coincidieron con el Gobierno de Mancera, y el infame Pacto por México; para entonces muchos de los fundadores del PRD original habíamos renunciado a él.

Morena se formó con lo mejor del movimiento desde su origen en el 88 y una nueva generación de jóvenes que alcanzaron su madurez alejados del partido, trabajando y estudiando como individuos independientes que se integraron al interés colectivo.

Este grupo, bajo el liderazgo de Andrés Manuel López Obrador, ganó las elecciones en sólo seis años y ahora debe ofrecer un buen Gobierno; aunque lo está intentando, con un gran esfuerzo, también debe tener tomar en cuenta el crecimiento paralelo del partido. Éste no puede caer en malas manos porque la izquierda electoral no aguanta otro partido de chuchos que dentro de 15 años firme otro Pacto por México.

Sostengo, aún en contra de muchas opiniones, que Andrés Manuel debe seguir siendo el presidente de la República y de todos los mexicanos, pero también debe asumir la responsabilidad de ser el dirigente moral y vigilante de Morena; la experiencia de la separación de Gobierno y partido fue terrible y debemos aprender del pasado para no repetir los mismos errores.

Evitemos los ruidos y deterioros que causan los casos de Macedonio, Pérez Cuéllar, la infame guerra por la Dirección entre Bertha Luján y Yeidckol Polensky, y la incertidumbre de las decisiones de Mario Delgado; en Morena también se necesita mano firme para que la solvencia moral sea la característica indispensable de los políticos que tienen la tarea de transformar el país en una nación moderna, democrática, incluyente, con rendición de cuentas y que erradique la corrupción, no más pero tampoco menos.