Los precedentes de la actual revuelta son múltiples, aunque dudo que haya habido unos de la magnitud actual desde el levantamiento de Los Ángeles en mayo de 1992. Foto: Chris Pizzello, AP.

De nuevo, el enfrentamiento racial en los Estados Unidos. Desde que tengo conciencia de las noticias del mundo, la principal violencia política en el país vecino ha sido resultado de la pertinaz discriminación de los afrodescendientes por una buena parte de la población de origen europeo y la manera en la que el prejuicio está institucionalizado y regula el funcionamiento del Estado y de sus funcionarios, sobre todo la policía.

Desde niño supe de la revuelta en contra de la segregación que protagonizaba entonces la comunidad negra: supe de Martin Luther King, de Rosa Parks –la precursora–, de Malcom X, de Angela Davis. Todos ellos poblaban las fotos de las revistas que llevaba a mi casa mi padre. Entendí, gracias a las protestas del movimiento llamado de los derechos civiles, lo que significaba la desobediencia civil y la resistencia pacífica, la cual, empero, era enfrentada con cargas policiales desmedidas. Escuché, en las acaloradas charlas de sobremesa de las comidas de mi padre con sus amigos, sobre la polémica entre quienes defendían la protesta pacífica y quienes creían que sólo la vía armada que destruyera al Estado esbirro del capital, para construir una nueva sociedad igualitaria, lograría acabar con la discriminación.

En octubre de 1968 me enteré del Black Power por un acto de protesta pacífica que tuvo impacto mundial, cuando dos atletas levantaron un puño enguantado y bajaron la cabeza mientras sonaba el himno de los Estados Unidos en una ceremonia de premiación de los Juegos Olímpicos en la Ciudad de México. Sabía que a Cassius Clay le habían quitado el título mundial y lo habían encarcelado por no querer ir a la guerra de Vietnam y que se había cambiado el nombre por el de Muhammad Ali. Así, junto con la guerra de Vietnam y el movimiento estudiantil del 68, la lucha contra el racismo fue parte nodal de mi primera educación política. 

Desde entonces he estado atento a cada momento de rebrote del estallido de hartazgo de la población negra de los Estados Unidos, pues décadas después de la eliminación de la segregación racial legalizada, la discriminación sigue presente en la vida norteamericana. La abrumadora mayoría de las veces el detonante ha sido la actuación de policías, la brutalidad homicida en nombre de la ley y el orden, el exceso guiado por los propios prejuicios de los agentes como por las reglas y procedimientos de actuación formales e informales con los que operan los cuerpos policiacos. 

Los precedentes de la actual revuelta son múltiples, aunque dudo que haya habido unos de la magnitud actual desde el levantamiento de Los Ángeles en mayo de 1992, después de la absolución de unos policías que le pusieron una paliza a Rodney King (Spike Lee filmó una interesante película con el tema en 2017, que se puede ver en Netflix). Las protestas de ahora tienen un carácter nacional y han sido predominantemente pacíficas, aunque también han ocurrido saqueos e incendios provocados por personas que están hartas del abuso y la violencia policial desproporcionadamente alta hacia los afroamericanos. 

No solo la población negra sufre los prejuicios abusivos de una institucionalidad diseñada a lo largo de dos siglos por el establishment blanco en los Estados Unidos y que no acaba de reformarse, a pesar de los avances logrados y de ingentes programas de capacitación y de cientos de procedimientos y controles. Es obvio que también los llamados latinos, migrantes de nuestro ámbito y sus descendientes, sufren las consecuencias de un arreglo que privilegia a los blancos (aquí sí usado el género gramatical con sentido excluyente), pero las protestas suelen tener a la comunidad afroamericana como protagonista por su mayor capacidad de resistencia civil organizada, heredada de los movimientos de la década de 1960.

En estos días he leído varios artículos sobre por qué son reiterados los hechos similares a los de la paliza a Rodney King o el asesinato de George Floyd, motivo de la actual conmoción mundial. Una de las causas aducidas es que las policías han adquirido una cantidad enorme de funciones, lo que refleja el hecho de que en los Estados Unidos se ha sustituido la cohesión social que puede generar el Estado de bienestar con contención policial del malestar. Cualquier falta o conflicto es atacado con actuación policiaca armada y donde hay armas hay violencia.

Me parece una conjetura razonable cuando al menos en lo que se refiere al consumo de drogas conozco la evidencia de que es así. Las leyes de persecución de los consumidores y pequeños traficantes de drogas han tenido un efecto sustitutorio de las leyes Jim Crow, con las que en los estados del sur se estableció la segregación racial entre 1876 y 1965. Una vez que estas fueron abolidas por la Ley de Derechos Civiles, entonces vino la guerra contra las drogas y la persecución criminal desmedida contra los usuarios de sustancias. La posesión de drogas es el delito que ha llevado a millones de jóvenes negros y latinos a la cárcel, en un porcentaje desproporcionadamente mayor al de los blancos, aunque los últimos consumen la misma cantidad de sustancias ilegales. El uso de la fuerza policiaca para contener una conducta que, en todo caso, debería ser objeto de políticas de salud, es una muestra conspicua del excesivo uso de las policías para resolver problemas de convivencia social.

En México, con policías mucho menos capacitadas y sin el contraste racial que existe en los Estados Unidos entre los policías blancos y sus objetos de abuso, la persecución de las drogas también es una fuente de despotismo y violencia contra los sectores más vulnerables de la población. Aquí el abuso policial también refleja un racismo subyacente en la institucionalidad informal. Aunque los policías no son distintos en color de piel a aquellos de los que abusan, su comportamiento refleja la manera en la que la sociedad mexicana privilegia por el color de piel. Y aunque ahora parezca absurdo decirlo, las policías de los Estados Unidos no son ni remotamente tan abusivas como las mexicanas. En Tijuana hace un mes unos policías asfixiaron a un hombre, lo que pasó inadvertido y el martes de esta semana unos policías de Ixtlahuacán, Jalisco, detuvieron a un hombre por no traer cubrebocas, lo torturaron y lo asesinaron, solo para mencionar dos casos que publicó el poeta Aurelio Asiain ayer en Twitter. Aquí el debate es otro: aquí necesitamos capacitar y contener a las policías, además de acotar sus funciones, de manera que la presencia estatal sea real, pero tenga diversas formas de intervención no violentas. El hecho es que las policías, de diversa manera, son instrumentos de la discriminación institucionalizada aquí como en los Estados Unidos.