El Presidente Andrés Manuel López Obrador.

“Tengo la certeza de que López Obrador no pensó con profundidad antes de expresar que su Gobierno busca una revolución mental, un cambio profundo de mentalidad”. Foto: Graciela López, Cuartoscuro

Hace algunos días me llamó la atención una afirmación del Presidente Andrés Manuel López Obrador en el sentido de que su Gobierno impulsa un cambio de mentalidad en la sociedad mexicana.

Mi sorpresa se debió, primero que nada, a que tal propósito del Presidente es algo imposible si se intenta o se pretende hacer desde el púlpito presidencial –la conferencia mañanera –, por decreto o por el simple hecho de desearlo.

No dudo que ese “cambio de mentalidad” social pueda realizarse, pero el Gobierno de la Cuarta Transformación carece de las herramientas para llevar a cabo tamaña revolución en el pensamiento de la gente. Esta tarea no consiste en enganchar adeptos que piensen como el Presidente quiere. Para nada.

Una revolución de este tipo sólo puede realizarse con la educación. Pero resulta que la educación en México y en buena parte del mundo sigue obedeciendo al sistema patriarcal y para nada les interesa el desarrollo humano: sólo construyen profesionales para la explotación, los atiborran de conocimientos y los convierten en neófitos para vivir inconscientemente. No se procura el despertar, la consciencia social, la libertad, el amor. Sin esto la educación resulta incompleta, carente de lo más elemental.

En pocas palabras, desde que nacemos nos condicionan para obedecer. El miedo es el instrumento letal, de tal suerte que, así, condicionados, nos educan, estudiamos la primaria, secundaria, preparatoria, una carrera, una maestría y un doctorado –sólo se acumula conocimiento y más información –, nos casamos, tenemos hijos y morimos. Esta es una vida demasiado pobre, pero el sistema así lo ha impuesto y se piensa que con esto el hombre lo ha logrado todo.

Esta, sin duda, es la causa de muchas desgracias humanas. No se enseña qué es el amor, qué es la amistad, qué es el amor a la vida, a la naturaleza; la escuela no educa para aprender a vivir, para que el hombre encuentre una amplia plenitud en su desarrollo personal. Esto no importa para la educación en México ni en otros países. No se piensa en que el desarrollo del ser humano debe ser integral: de la misma manera que se adquieren conocimientos también se debe enseñar a conocerse a uno mismo, a no tener miedo, a respetar el mundo en que vivimos porque esta sociedad en la que hemos nacido y crecido es el resultado de lo que somos. No nos gusta, pero eso hemos construido. La vida en sí es bella. Lo que no nos gusta es lo que hemos hecho de ella.

La acumulación de conocimientos –algo que deslumbra al hombre, entre más conoce menos sabe vivir –no nos ha hecho mejores. Ahí siguen las guerras, el hambre, la violencia. Sí, podemos ser muy cultos, tener los avances tecnológicos y científicos más extraordinarios, pero seguimos matándonos, se mantienen las guerras, la discriminación, la desigualdad social y el constante rechazo al ser humano pobre y el privilegio y la deferencia al que tiene más. Ése es el ser exitoso, el que es más rico y tiene poder. Los demás son mediocres. Esa es la mentalidad. Esto no lo ha resuelto la educación, por el contrario, lo ha reforzado para mal.

Y el Presidente atiza estas divisiones perversas. Los conservadores son lo peor, nosotros los liberales somos los buenos y los que queremos la transformación de México. ¿Esta forma de pensar puede llevar a México a un cambio de mentalidad? ¿Es posible un cambio de mentalidad en la sociedad con violencia verbal, con división, con señalamientos que hieren a los otros? ¿Esto es lo correcto?

Si el Presidente quiere un cambio de mentalidad debería trabajar en la unidad de un país, no en dividirlo en buenos y malos, una dualidad perversa y no menos dañina. Con su pobreza educativa y personal ¿Sabe el Presidente lo que significa un cambio de mentalidad social? ¿Está consciente de lo que dijo y lo que esto significa? O ¿sólo es una pieza demagógica de su contradictorio discurso político? ¿Es un deseo o sólo una expresión más?

La atroz corrupción que padece México –y el mundo –es producto de esta educación desinteresada en el desarrollo humano. El hombre busca la plenitud, el desarrollo y la felicidad en el tener, el apego enfermizo a la propiedad. Y de estos males deriva el miedo a la muerte, el fin de todos los apegos. El miedo a la muerte es tan grande como enorme es el apego a lo que nos rodea. Nos da miedo dejar el auto, los amigos, las residencias, los ranchos, la cuenta bancaria, la fortuna que hemos amasado para “ser alguien” en la vida.

Esa cultura basada en el “tener cada vez más y más”, porque de esa forma “voy a ser más feliz y nada me faltará”, ha generado vacío en el hombre y, en muchos sentidos, sufrimiento, pues la seguridad en la vida la hemos construido en cimientos falsos como la propiedad, el tener y en la acumulación de conocimientos. Si leo más libros y soy más culto, entonces soy diferente a los otros. Esta es la mediocridad. Y lo peor es que el esquema que causa sufrimiento no cambia: se refuerza todos los días desde la publicidad que ahora nos llega por todos lados. “Si tienes vales, si no tienes eres un pobre ser humano”. Y así seguimos educando y formando generaciones y más generaciones condicionadas en el tener y en el miedo, con lo que las desgracias prevalecen. ¿Es posible cambiar esta mentalidad? ¿Es posible liberar al ser humano del condicionamiento y lanzarlo al camino de la plenitud sin el dinero y sin el tener conocimientos y sin esa voraz competencia con los otros?

En su libro Cartas a las Escuelas, el filósofo y pensador universal J. Krisnhamurti aborda este pedazo de realidad compleja. Afirma: “La sociedad, la cultura en que vivimos, exige que el estudiante se oriente hacia la consecución de un empleo y de seguridad física. Ésta ha sido la presión constante de todas las sociedades: primero la carrera y luego todo lo demás. O sea, primero el dinero, y luego los complejos aspectos de nuestra vida diaria. Nosotros tratamos de invertir este proceso porque el hombre no puede ser feliz sólo con dinero. Cuando el dinero se convierte en el factor dominante de la vida, existe un desequilibrio en nuestra actividad cotidiana.

“Quisiera que todos los educadores comprendieran esto muy seriamente y vieran su plena significación. Si el educador comprende la importancia de esto y en su propia vida lo pone en el lugar que le corresponde, entonces puede ayudarle al estudiante, a quien lo padres y la sociedad obligan a convertir la carrera en lo más importante. Quisiera recalcar este punto: que en estas escuelas se debe mantener en todo momento un modo de vida que cultive la integridad del ser humano”.

Explica el filósofo indio otro aspecto clave del sentido de tener una educación integral:

“Como la mayor parte de nuestra educación consiste en la adquisición de conocimientos, nos está volviendo cada vez más mecánicos; nuestras mentes funcionan siguiendo causes estrechos, ya estemos adquiriendo conocimientos científicos, filosóficos, religiosos, empresariales o tecnológicos. Nuestra forma de vida, tanto en el hogar como fuera de él, y nuestra especialización en una carrera específica, está volviendo nuestras mentes cada vez más estrechas, limitadas e incompletas.

“Todo esto conduce a un estilo mecánico de vida, a una estandarización mental; así, poco a poco el Estado, incluso un Estado democrático, dicta e impone lo que deberíamos ser. Naturalmente, la mayoría de las personas reflexivas se dan cuenta de esto, pero por desgracia parece aceptarlo y soportarlo. Esto se ha convertido en un peligro para la libertad”.

Con base en lo anterior, tengo la certeza de que López Obrador no pensó con profundidad antes de expresar que su Gobierno busca una revolución mental, un cambio profundo de mentalidad.

Para ello, debería cambiar el modelo educativo, ampliarlo y considerar que tan importante es la adquisición de conocimientos como el desarrollo integral del ser humano para lograr precisamente lo que él expuso: un cambio de mentalidad y, así, no repetir los patrones fallidos del pasado, de nuestros padres, de nuestros amigos mayores, cuyas mentes condicionadas se desarrollaron sin esa otra parte que es sustancial para la construcción de una consciencia en el hombre.

Dadas las condiciones en las que vivimos y en las que está nuestro país y el mundo, es claro que no necesitamos repetir patrones ni condicionamientos: se requiere formar hombres más sensibles y conscientes para construir una sociedad diferente, un mundo más justo. Y en esto es clave el amor, según afirma Krisnhamurti, uno de los pensadores más trascendentes del mundo. El desamor, que priva por todas partes, está destruyendo nuestras vidas y la de otros; el desamor ha desatado la crisis de corrupción y de desigualdad social que priva; el desamor es la causa de las desgracias y es tan pernicioso como el egocentrismo que atenaza al hombre, ese YO  –lo que pienso que soy –que nunca se sacia de acumular dinero, conocimientos y notoriedad –es la causa de todos los conflictos. Nuestra sociedad es el resultado de lo que somos. Y para lograr un cambio “de mentalidad”, como dice el Presidente López Obrador, el camino no es el discurso solamente ni el deseo ferviente sino la acción: hay que vacunar a la sociedad a través de la educación.

Pero para lograr este cambio, el Presidente, primero que nadie, tiene que ser consciente de esta realidad, pues él mismo es producto de todos estos condicionamientos –como todos –de tal suerte que si no ha trabajado consigo mismo, López Obrador entonces no sabe lo que dice y pasa lo mismo con los maestros: si no hay amor en sus vidas, sino no han cultivado el autoconocimiento menos pueden ayudar a otros –sus alumnos –a alcanzar esa libertad.

Así, nuestra formación desde la familia hasta la escuela está basada en acumular, en el miedo, en la comparación –algo muy evidente en el Presidente –, en la creencia, en el Dios castigador (el Dios producto de la mente, claro, porque eso otro que llamamos Dios no está en nuestra línea del tiempo, es atemporal), en la esperanza (ese depósito de anhelos y deseos que los sembramos en un tiempo inexistente) y en el futuro. Por la esperanza y el futuro sacrificamos el hoy, lo más importante. Pero de todo esto jamás se habla en las escuelas, de tal suerte que el ser humano se paraliza en el más profundo desconocimiento de la vida, repitiendo patrones y condicionamientos que no son más que la herencia trágica que ha recibido el hombre generación tras generación. Muchos de estos aspectos de la vida se aprenden en la adultez, pero sería sumamente importante que la educación básica considerara este aspecto central desde la infancia. Así se empezaría a sembrar la construcción de una forma distinta de pensar, tan necesaria y urgente.

Y mientras no haya una revolución educativa –esta es la piedra angular que daría pie a toda construcción de nuevas mentalidades –la sociedad seguirá inmersa en los mismos problemas de siempre, pues el tiempo como tal jamás ha resuelto absolutamente nada. En miles de años el hombre sigue siendo el mismo tirano de siempre. Egoísta, carente de amor, avaro, asesino, corrupto, racista, violento, asesino, depredador, hipócrita, insensible, mentiroso y destructor de su propia casa –el planeta –, como lo demuestra un dato espeluznante: de los más de 19 mil 372 ríos que fluyen por todo el planeta más de la mitad están severamente contaminados y otro tanto han sido declarados muertos.

¿Es esto amor por la vida?

En México el tema ecológico es dramático: la mayoría de los ríos están contaminados y no hay programas para salvarlos: En el país hay 42 ríos, considerados de los más importantes, y todos están al borde de la muerte por contaminación. Aquí está el más claro ejemplo de la mentalidad criminal que no ha podido cambiar la educación que sirve al sistema patriarcal. Seguimos matando al planeta y seguimos devorándonos unos y otros. El hombre devora al hombre. Yo soy mejor que tú, yo soy más poderoso que tú, yo son más rico que tú. Esto debe cambiar con educación y, así, el Presidente López Obrador estaría construyendo las bases de un cambio de mentalidad. Menos discursos con deseos fervientes y más acciones.

Mientras la Secretaría de Educación Pública (SEP) no cambie sus programas para formar seres humanos conscientes – y no máquinas salvajes –ese cambio de mentalidad que, asegura el Presidente su Gobierno está logrando, quedará en una falacia más de la Cuarta Transformación.

No hay revolución mental sin educación.