Todo el conocimiento de la frontera es un ensayo de César Graciano. Puntos y Comas comparte el texto íntegro. 

Por César Graciano

Ciudad Juárez, Chihuahua (Juaritos Literario).– Mi tío es un hombre muy tejano: alto, rubio casi rojo, de ojos verdes. Solo le falta esa seguridad de ranchero del Texas profundo. Hay una fragilidad innata en la forma en que se mueve. Cuando yo era niño me contó que cerca de donde está el campus central de UTEP (The University of Texas at El Paso), en uno de los tantos parques –o áreas deshabitadas– de la zona residencial adyacente, cientos de hombre de principios del siglo XX llevaban sus sillas para observar una película que realmente era una guerra. Desde ese casi-mirador, casi-aleph veían la muerte que esquivaban por la fortuna de no haber nacido 20 metros más al sur.

El pasado sábado 3 de agosto llegó una notificación en Twitter: en un Walmart de El Paso alguien había entrado a disparar contra todos los latinos que estaban ahí. Así, desde mi celular advertía, como lo hizo mi tío años atrás, una involuntaria película. Desde 1910 solo había cambiado la perspectiva, pero la víctima era la misma. La violencia jamás ha respetado una línea imaginaria.

Vivir en la frontera conlleva una dinámica social diferente. No percibo el mismo México que le toca a quien vive al sur. Ciudad Juárez tiene urbes estadounidenses más cercanas que otros municipios del país al que pertenece. Existe también una serie de conocimientos que solo se adquieren al vivir en este borde que divide ambos países: resulta más barato poner gasolina en El Paso; hay maneras de tratar al migra en el puente; si la fayuca sale mejor comprarla un sábado por la mañana en una ida al Chuco, o mejor el domingo en las segundas; tantear la llegada de las pacas de ropa u optar por gastar el aguinaldo en las tiendas Old Navy o Ross; localizar a un buen pollero; o determinar cuántos meses le restan a la vecina para que le otorguen el perdón y se pueda ir a vivir a los yunaites con sus hijos.

Esta misma dinámica se lee en cada uno de los cuentos que conforman El vestido de la Reina Kitsch de Miguel de la Cruz, editado este año por Brown Buffalo Press, con ilustraciones de Jair Tapia  –que tambalean casi todas entre lo ingenioso y lo obvio– y un diseño editorial muy cuidadoso hecho por Nadia Al-Rajaibi. En “Lucía”, por ejemplo, una mujer distraída y con frío cae en una trampa de la migra en el puente, lo cual la priva de visa y trabajo. La historia resulta sumamente similar a la de mis vecinas, de algunas tías, de mamás de amigos, de allegadas. En Juárez, todos conocemos a alguien que pasa el puente y se va a trabajar sin tener los documentos necesarios. Me sé la historia, repetida un sinfín de veces, y aun así me conmueve la trama de la narración. Allá se gana más, mínimo ocho dólares por hora; eso no lo gana nadie de este lado. Muchos cruzan la línea, lo intentan, a veces lo logran, otras no, y al final terminan derrotados, como el personaje del texto, como tantas personas reales que han pasado por mi vida.

Existe más de una frontera. Así como dios hizo un surco con su dedo en la microficción “La señal”, también creó un río que funciona como línea divisoria. De igual forma hay otras a las que a veces no tenemos acceso, pues no todo lo que se puede enseñar en Juárez-El Paso sirve como delimitante. El cuerpo, la mente, e incluso la ideología son fronteras, algunas inquebrantables. De la Cruz logra traspasarlas. “La lengua del caracol”, tiernamente, se centra en el mundo de un pequeño autista a quien le gustan los caracoles y poco le importa la escisión entre un país y otro para mostrarle a una niña las conchas que guarda en su bolsillo. Pues para quienes los caracoles son verdes y nunca feos, ver el mundo desde la perspectiva del otro es como pasar a una cultura diferente y entender su idioma con un simple gesto.

La cosmovisión de El vestido de la Reina Kitsch contiene un significado por completo fronterizo. No se queda en la idea del borde y su cruce diario, sino que el lenguaje complementa la visión del autor a través del spanglish que puebla todo el libro y que incluso traduce lo que pareciera importante, para que ningún hispanohablante lo olvide y el inglés se reafirme, y los lectores no hagan como que no entienden. El texto “Civismo/Civility”, en menos de 60 palabras, desmonta una de las ideas fundadoras de Estados Unidos. “Recuerdo que cuando era un niño para mi papá era muy importante el darles reconocimiento a nuestros héroes. Siempre enfatizó lo importante que era para mí y para mi hermana nuestra gratitud para con nuestros héroes armados. Nos decía: Cuando vean algún miembro de la Redneck Revolt, por favor deténgalos y agradézcanles por su servicio”. Asimismo, otros textos utilizan la metáfora y la insinuación para hacer una agudísima crítica; de tal forma que pareciera no existir, pero está ahí. Por ejemplo, en “Donald, el pato”, el señalamiento sobre un personaje representa toda una ideología respecto a la otredad: “Reían, todos sabían que se paseaba frente a sus casas. A diez metros lo podían oler y dejaron que se acercara. Ahora que está frente a ellos ya no se pueden burlar, solo aguantan la respiración”.

Cuando comenzaron a cerrar los puentes en Juárez por órdenes del presidente Trump, había quienes duraban hasta cinco horas para cruzar. Las filas jamás desaparecieron, porque siempre habrá quien busca la ropa más barata o comida de mejor calidad o un montón de cosas que en el imaginario colectivo fronterizo existen solo del otro lado del río. No obstante, después de los disparos en Walmart, las hileras son mucho más cortas. Desde ese 3 de agosto no se percibe aglomeración en el camino al puente, ni que este se retuerza lleno de un gentío que va a comer a McDonalds. En apariencia, ahora resulta más sencillo cruzar; no así la decisión de hacerlo. Esta situación me lleva al texto “Party Crasher”, y a ese odio disfrazado de arraigo hacia una casa, una fiesta o un país: “¿Por qué habla mejor que yo? ¡Cállenla, no es de aquí!…”. También pienso en la posibilidad de cambiar la perspectiva del muro; es decir, que deje de existir ese México alterno que vive en amasiato con la frontera sur, y que la enorme pared que pareciera dividirnos ahora nos proteja de los que están del otro lado. “Las drogas lo afectaron tanto que no ha podido dejarlas. Todos los días quiere una dosis más alta de Hydrocodone. ¡Estos narcos del sur nos tienen envenenados! ¡Gracias a Dios por el muro!”, escribe Miguel de la Cruz en “Junkie”. Sin embargo, quizá la dicotomía resulte la única forma de vivir en la frontera, pues siempre habrá alguna cosa que nos una: no puedes gastar un penny en México and you can’t spend a peso in USA.