Con el permiso de Ediciones Buuk, SinEmbargo comparte el texto El poli y los sospechosos, incluido en Rostros en la oscuridad. Policías, construido por alumnos de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. 

Ciudad de México, 10 de enero (SinEmbargo).– La más reciente edición de Rostros en la oscuridad, serie independiente de libros, es una recopilación de relatos de policías. En el se reflejan los poderes, experiencias y servicios de los uniformados. 

“En Rostros en la oscuridad. Policías se leen hechos poco difundidos en los medios de comunicación. Los colaboradores, que gentilmente pusieron en práctica su saber escolar, tejieron la inexistencia física de quien les compartió su vivencia policiaca”, señala Melchor López Hernández, coordinador del texto.

“En cada una de las historias hay pasión y el delirio pasa al coraje y la reflexión. El libro que nos ocupa nos hace viajar a la mejor historia de los protagonistas que dieron la entrevista a los estudiantes de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales (FCPYS), que optaron por salir del salón de clases y ver algunos de los cientos de intersticios de la realidad policiaca”, agrega en la introducción del libro.

Con el permiso de Ediciones Buuk, SinEmbargo comparte un capítulo de Rostros en la oscuridad. Policías.

***

EL POLI Y LOS SOSPECHOSOS

Por José Martínez Ascención

En sentimientos, se acerca más de prisa al corazón; no lucha, y así permanece libre de culpa.

LAO TSE

Mi compañero y yo hacíamos nuestro rondín, como de costumbre. Íbamos circulando por calzada Miramontes, en Ciudad de México. La noche apenas comenzaba. Un poco aburridos porque ya llevábamos más de medio turno y no había caído nada bueno, entonces fue cuando alcanzamos a ver a unos güeyes sospechosos a bordo de un automóvil. Nos miramos mi compañero y yo y él dijo: “Vamos a ver qué pedo, igual y sacamos para la cena”.

No me imaginaba con lo que nos íbamos a encontrar. Al dirigirnos a los tipos en el coche, fue evidente su nerviosismo. Miré a mi compañero. Nos las olimos: algo andaba mal. Inmediatamente, y por protocolo, nos acercamos a ellos lentamente, ya con la mano en el arma a manera de intimidación y para controlar la situación si así lo requería, en ese momento les indiqué en voz alta: “Bajen del auto. No hay problema. Sólo es una inspección de rutina”. Se notaba que se querían poner pendejos, pero se controlaron y comenzaron a conversar con nosotros.

Se bajaron amigablemente. El chofer, que en ese momento perecía el líder, nos abordó con preguntas:

—Qué tal, jefe, buenas, ¿cómo está? ¿Qué tal el turno? ¿Qué se le ofrece?

A lo que me limité a preguntarles: —¿Qué hacen por estos rumbos? ¿A dónde se dirigen? Los otros tres sujetos se limitaron a bajar del auto y guardar silencio.

En este momento empezó lo cabrón. Nunca me imaginé tener una experiencia así. Mi compañero y yo alcanzamos a percibir un ruido proveniente de la cajuela. ¡Ah cabrón!, nos alertamos aun más. Fue que sacamos el arma de nuestras fundas. Al mismo tiempo que les dijimos a los compas:

—¿Qué traen? Voltéense con las manos en la cabeza, recárguense en el auto y abran los pies.

La cosa ya se ponía tensa porque los sospechosos no dejaban de intercambiar miradas. Entonces fue que el chaparrito, que era el que venía manejando, se dirigió a mí:

—Tranquilo, jefe, andamos chambeando.

—A ver, qué traen—. Le dije.

Ya mi compañero se había colocado unos pasos atrás para cubrirme, por si había pedo. El chaparrito y yo caminamos hacia la cajuela. En ese momento que me dice:

—¡Al chile, traemos un paquete!

Yo le respondí: —¿Qué clase de paquete?

Ya con voz mesurada me dijo: —No haga pedo, levantamos a una persona.

—¡Eso es secuestro! ¡Ya valieron!—, respondí.

Sereno el chaparrito me comentó: —Tranquilo, jefe. Traigo 100 varos, en caliente y ustedes no vieron nada. No hay problema, oficial. Finalmente es un negocio, es mi chamba.

—¿Cómo crees? ¡Abre la cajuela y no se vayan a pasar de verga!

Como no queriendo, entreabrió la cajuela y alcancé a ver a un sujeto amordazado. Entre mí dije: “No mames, qué poca madre”. En seguida el chaparrito tranquilamente volvió a cerrar la cajuela y me dijo:

—Al chile, jefe, no haga pedo, no venimos solos.

Fue cuando sentí un escalofrío que recorría mi cuerpo. Yo creo que fue el miedo en ese momento. El chaparrito tenía una mirada fija, penetrante, una mirada decidida. Sentí inseguridad. De reojo chequé el perímetro. Ya estaba oscuro. No alcancé a ver nada, no podía voltear deliberadamente y descuidarme. Fue que comprendí que estos tipos eran de cuidado. Volví la mirada a mi compañero, que alcanzó a escuchar la conversación del chaparrito. Me bastó un gesto y un movimiento de cabeza para comprender lo que me quiso decir: “Sí, güey. Ya, vámonos”.

Hoy en día tengo remordimiento de qué habrá pasado con la persona. Aunque no lo creas hay veces que sueño esa situación, con ese sujeto sin rostro, sin cuerpo. No alcancé a ver cómo era.

No sé qué pasó. Quizás me ganó la avaricia: eran 100 de los grandes, o el miedo de pensar que se podían armar los chingadazos. Sólo un pendejo arriesgaría el pellejo por alguien que ni conoce.

Aunque es absurda nuestra situación, sabemos que estamos para proteger a la ciudadanía, pero no mames, quién arriesgaría la vida. También tenemos familia, es lo que las personas no entienden: que somos personas a las que nos esperan en casa, con hijos y la ilusión de verlos crecer. Igual sentimos miedo ante situaciones que están fuera de nuestro alcance. Como cualquiera vivimos y tenemos miedo a morir.

Está cabrón ser policía, tenemos que tratar con cada cabrón, con güeyes que no tiene ni el más mínimo respeto por la vida y te mete unos fierrazos sin ningún escrúpulo: seas policía o no, hombre o mujer, adulto o joven. Es triste, frustrante y me da un chingo de coraje asistir a una pinche ceremonia pendeja que les hacen a los compañeros caídos, por convicción o porque se han apendejado. Como sea, pero finalmente se los cargo la flaca.

En ocasiones es injusta la institución. Cuando entré, mi intención era pertenecer a los grupos especiales de la policía, mi ilusión fue ser francotirador, pero valí madres por mis ojos. No veo bien y por eso troné el examen, no me dieron oportunidad de nada, me mandaron directito a la chingada. Ahí me decepcioné de la academia.