Con el permiso de Ediciones Buuk, SinEmbargo comparte la introducción y un capítulo de Rostros en la oscuridad: Tianguis, el más reciente integrante de la colección.

Ciudad de México, 28 de diciembre (SinEmbargo).– Rostros en la oscuridad lleva en el título su antítesis. Las pamboleras, los pacientes de hospitales, las víctimas de la violencia, los migrantes… todos encuentran un poco de luz en las páginas.

El proyecto editorial nació con “punch” y arrojo. Ahora es una realidad: más de una decena de libros respaldan el trabajo de Melchor López HernándezKarla Santamaría y Adán Magaña.

Con el permiso de Ediciones Buuk, SinEmbargo comparte la introducción y un capítulo de Rostros en la oscuridad: Tianguis, el más reciente integrante de la colección.

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¡ESTOY CIEGO! ¡PINCHE PENDEJO!

Por Abraham Saldivar y Miguel Beltrán

El cuerpo está también directamente inmerso en un campo político; lo cercan, lo marcan, lo doman, lo someten a suplicio, lo fuerzan a unos trabajos, lo obligan a unas ceremonias, exigen de él unos signos.

MICHEL FOUCAULT

Fue en el año de 2012 cuando empezó este operativo. Los vendedores peleaban con los policías para que, como mínimo, les dejaran poner poca mercancía. Nosotros no teníamos ningún problema. Todo estaba chingón porque normalmente nos ven incapaces de hacer otro trabajo y sólo nos decían que nos recorriéramos a la calle de Correo Mayor, a un lado de la iglesia.

Ahí poníamos los sillones, las camillas y las sillas con nuestro maletín, pero todo bien tranquilo. Pasó un mes, más o menos, en que los vendedores toreaban a los policías; estaba bien culero el pedo porque estos pendejos usaban silbatos o empezaban a chiflar. Pero siempre había un pendejo al que agarraban y se ponía a llorar. “Tengo que llevar el pan a mi casa”, y decían de todo.

Los operativos eran cada vez más constantes y los lugares para esconderse menos. El segundo mes se puso más culero, pinches policías nos recorrieron al mercado donde huele bien culero, de verdad. Porque, aparte, nos pusieron al lado de donde venden carne.

Un día, ya hartos del constante maltrato, los vendedores vieron que agarraron a El Negro, un güey que es el chingón de aquí y empezaron los madrazos. Yo nada más oía el pedo, me quedé quieto porque, pinches changos, aventaban hasta piedras. Varias veces me tocó uno que otro piedrazo, nada serio. Ese día valió madres, sólo podía oír cómo se acercaban cada vez más al mercado.

Oía los diablitos, las rejas de mercancía arrastrar, y a uno gritar: “Ya valió madres”. Salieron corriendo un buen y sentí cómo me empujaba un cabrón. Me tiró al suelo. Valió madres, me desorienté. Me puse a gatear hasta que encontré una silla, me apoyé y levanté. Le grité a Simón, pero no me contestó.

Sentí sangre en mi boca de semejante putazo y empecé a caminar buscando la salida. Pero entre tanto grito me mareé. No sabía dónde estaba y me quedé quieto agarrado con las dos manos al mostrador de un puesto. Fue cuando sentí el segundo putazo en la cara, no sé qué era, pero estaba bien macizo. Me tiré al suelo, me quedé ahí gateando y alcancé a agarrar un palo para pararme.

Se fue todo a la verga. Sentí a alguien, lo agarré, pero antes, del otro extremo oí gritos, así que lo solté. Los gritos: “Muy cabrón, el pinche viejo, ¿no? Hasta con lentes de sol y cadenas”.

No sé si parecía que lo miraba, sólo alcé la cara para oír bien. Verga, me soltó un pinche palazo en el brazo; me eché al suelo y me empezó a patear y pegar con el palo en la espalda, bien recio.

La neta ni tenía fuerzas para abrazar mis piernas, ni para decir nada. Me desmayé y quedé inconsciente. Imagino que subieron a una patrulla mi cuerpo inerte y fue cuando desperté, acostado boca abajo, con sabor a sangre y el cuerpo hecho mierda de los palazos. Sentí vibrar el piso, olía a mierda. No podía moverme, estaba esposado.

No sé cuánto tiempo pasé así, pero no dije ni una palabra, no me salía. Sólo vomité un chingo de sangre y oía voces de dos personas que decían:

—Con estos ya la hicimos, son nueve aquí y diez en la otra.

No sabía qué pedo y cuando terminé de vomitar oí: —Se va a ahogar.

—Por eso va boca abajo, el güey, que haga su desmadre. Sentí cómo nos deteníamos, oí cuando se bajaron todos. Yo ni podía moverme, así que me quedé acostado. Un policía me jaló de las piernas y me tiró al suelo. Sólo oí cómo se reía mientras pateaba mi espalda. Me dolió tanto que por fin salieron palabras de mi boca:

—¡Soy ciego, pinche pendejo!

Enseguida me levantó y me acostó donde estaba antes. Pero más a la orilla. Sólo se oía cómo los otros chavos que agarraron le mentaban su madre, lo pendejeaban. Y oí que se iban. Sentí que me empujó hacia adentro de donde estaba, cerró como una puerta en mi cara. No sabía qué pedo, así que me quedé quieto un buen rato hasta que oí:

—¿Qué pedo con ése?

—Vamos a dejarlo al Centro. Me aventaron algo encima y me pusieron una tela en la boca.

Fue un pinche ratote que manejaron cuando se detuvieron y me bajaron. Después me quitaron la tela y les dije:

—¿Qué me van a hacer?

Ninguno respondió. Me quitaron las esposas y pusieron en el suelo la madre con la que me habían tapado. Me acostaron y oí cómo cerraron las puertas. Después se fueron. No tenía ni una idea de dónde verga estaba y sólo me quedé dormido. Al rato me despertó un sacudón y oí:

—¿Señor, está bien? Me reportaron un hombre sospechoso en muy mal estado, en esta calle.

Era una voz muy joven, apenas me salían palabras, así que le dije que me llevara a un hospital, que me habían golpeado y no estaba bien. Me subió a su carro y me llevó a una clínica donde estuve casi un año internado. Fui a denunciar cuando salí del médico, pero nadie creyó y me pusieron un chingo de trabas. Lo dejé por la paz y seguí con mi vida.

Desde entonces ya no puedo caminar bien y tengo que dormir de lado, por mi espalda.

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PRESENTACIÓN: UN MERCADER DETRÁS DE LA MARCHANTA

Escribo para intentar ponerle orden al interno, dentro de mí, a un mundo que me resulta sumamente difícil de comprender, caótico. Y que sólo puedo aprehender un poco mejor cuando lo escribo, sólo entiendo qué quiero pensar acerca de algunas cosas cuando las escribo.

LEILA GUERRIERO

–¡Cuidado con el lazo!— exclamó una voz. En un parpadeo, un escurridizo mecate pasó frente a ella. No alcanzó a quitar el refresco que dejó sobre la mesa de maquillajes.

—¡Rápido, pásame un trapo, chinga’o!

—Disculpe, ¿sí la molesto que me avise cuando va a quitar su lazo? Porque siempre pasa a tirar mis cosas.

—¡Ay, mi’jita! pues fíjate en tus cosas.

—Yo sólo le pido que me avise porque es lo mismo cada ocho días, jala su lazo y me tira todo.

—¡Pues estamos en un tianguis! ¿Qué quieres que haga?

—Una cosa es estar en el tianguis y otra tener educación, porque ¡mire! me mojó el pantalón y eso no se vale.

—¿Qué? ¡Pues es un tianguis! ¿Quieres, te lavo tu pantalón?

—¡Pues, órale! Aquí mismo…

—¡Aquí qué!

—Pus… nada, sólo le pido que me avise que quitará su lazo y ya.

—¡Sí, sí, sí! Ya no se repetirá.

Historias como ésta pueden ser cotidianas. Quien se dedica al comercio informal se adapta a las circunstancias de la calle, del tianguis o del mercado; saben reconocer un billete falso en cuestión de segundos y estar al tiro con los rateros. Uno tiene que curtirse en este oficio.

El tianguis o mercado es el corazón de la diversidad mexicana, parte del legado prehispánico de Mesoamérica. Conservan la esencia cultural de los mexicanos.

Las historias aquí reunidas plasman la cotidianidad con la que un mercader sale a laborar y sacar adelante la chamba o la forma en cómo una persona termina como tatuador, incluso la historia de aquella que vio nacer su tianguis para defenderlo y conservar su trabajo.

En Rostros en la oscuridad. Tianguis se ofrece un espacio para quien ha vivido en estos entornos y tienen algo que contar. Consideramos que son voces que merece ser escuchadas y ser compartidas. Anécdotas que marcan el rumbo de una vida y fijan la vela del barco.

El mandil, característico del vendedor, no importa si es rojo, negro, blanco, azul, rosa, etc., eso sí, tiene que tener su par de bolsitas para guardar la lana: una, para pagar el piso; y, en la otra, la ganancia. Otros guardan la lana debajo de la tabla para aquellos que se les pierde la mano.

Pero todo esto ya se lo saben los meros meros: “Ya sé dónde está la lana, así que cáele”, dicen a cada vendedor, de lo contrario al otro día amaneces sin puesto; hasta puedes amanecer muerto o muerta.

“Ni modo, hay que trabajar”, es lo que un padre le repite a su hija todos los domingos al sacar el puesto de ropa, a pesar de que a ella le molesta despertar temprano los fines de semana porque lleva de vendedora 15 años. ¿Por qué escribir sobre comerciantes de tianguis y mercados? Por la misma razón que una persona es comerciante: por pasión, tradición, gusto, incluso por necesidad.

Hoy, nosotros, como estudiantes de ciencias sociales no debemos estar fuera de esta realidad; escribir su testimonio es una manera de acercarnos a ella e intentar entender su cosmovisión. A través de la entrevista podemos mirar a estos perfiles, que por sí mismos dan una imagen de la vida que han llevado. Observar, preguntar, escuchar, narrar y pasar al papel las frases con la que la gente expresa su día a día.

La lucha por quién tiene la voz más aguardentosa parece que es el pan de cada día, todo para atraer clientes y que la venta no afloje. Cuando llega la hora de quitarse, ya no hay voz.

Ludwig Wittgenstein, filósofo y lingüista, dijo: “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”. Son las palabras una manera de representar el mundo por medio de referentes significativos. El uso del lenguaje permite un acercamiento a una realidad particular.

En los tianguis podemos escuchar todo tipo de frases que inventan los mercaderos para atraer la atención de la clientela: “Pásele, güerita, ¿qué le vamos a dar?” “¡Aquí las ofertas, patrón!” “Chéquele sin compromiso”. Sin embargo, esta jerga lingüística forma parte de su percepción de la realidad y en cada relato conservamos esa esencia con la que una persona describe su entorno.

El tianguis de Tepito, La Lagunilla, San Felipe, La Raza, El Chopo, Xochimilco son algunos de los más conocidos de la Ciudad de México y cada uno tiene su especialidad. La película que aún no se estrena en el cine, la ropa norteamericana muy barata, las micheladas más ricas y embriagadoras, los juguetes en el día de Los Reyes Magos, el elote o los esquites para saciar el antojo mexicano; la fruta y la verdura bien económica, los productos de limpieza personal o para el hogar; y muchas cosas más encontrarás en cada tianguis o mercado que visites.

Rostros en la oscuridad. Tianguis se escribe para todos aquellos que quieran sumergirse en la experiencia de verse a través del otro y que expresiones como: “¡Ah, sí es cierto!” “A mí también me pasó”. “Yo conozco a esta compa”, etc., surjan en tu pensamiento mientras lees los relatos.

Consideramos que es una oportunidad de conocer lo que por muchos años ha formado parte de la cultura mexicana. Les dejamos libre a la imaginación las imágenes mentales que despidan cada frase, cada testimonio. A ellos les tocó trabajar y a nosotros compartir su historia por medio de letras, palabras y frases que buscarán dejar huella en el lector, para que la próxima vez que estés con un comerciante, logres preguntarte ¿cuál será su historia? misma que quizá… pueda coincidir con la tuya.

Ilse Resendes y Luz Coello

Ciudad Universitaria, octubre de 2019