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Carlos A. Pérez Ricart

11/01/2022 - 12:02 am

En busca de los archivos

“Aun hoy, más de 20 años después de iniciada la (así llamada) transición democrática, los y las mexicanas seguimos sin tener acceso a los archivos de la Fiscalía General de la República (antes PGR), a los del Estado Mayor Presidencial, así como a los de la mayoría de las policías estatales (…)”.

“El reto es enorme; nuestro compromiso por cumplir nuestra tarea también”. Foto: Carlos A. Perez Ricart

La semana pasada escribí sobre la Comisión de la Verdad de México (COVeH), de su composición y de sus retos principales.[1] Uno de ellos —acaso el más ambicioso para el mandato de esclarecimiento histórico— es lograr que, de una vez por todas, puedan consultarse los archivos de las dependencias de seguridad que de alguna forma estuvieron relacionadas con graves violaciones a los derechos humanos durante el periodo conocido como Guerra Sucia.

Un logro reseñable en materia de memoria —y quizás el único que valga la pena mencionar— por parte del Gobierno de Vicente Fox fue el de lograr que, empezado su mandato, se transfirieran al Archivo General de la Nación (AGN) varios cientos de miles de documentos escritos o recabados por corporaciones vinculadas a la represión política durante la Guerra Sucia. Sobresalen los de la Dirección Federal de Seguridad (DFS) y la Dirección General de Investigaciones Políticas y Sociales (DGIPS), dos de las instituciones que coordinaron y concentraron la represión política del régimen autoritario.

Las más de cuatro mil cajas que en aquel momento se transfirieron al AGN “abrieron la posibilidad archivística del estudio de un periodo muy reciente en la historia política de México”.[2] Uno de los libros que abrió brecha para el estudio de la DFS y de su funcionamiento fue el de Sergio Aguayo, La Charola, publicado tan pronto como en 2001.[3] A partir de ahí, han sido varios los libros, tesis, películas e informes los que han presentado evidencia de algo que ya se suponía pero no había sido plenamente documentado: la represión política en México fue extendida, meditada y cruel.

Tristemente la apertura de los archivos de la DFS fue una golondrina que no hizo verano. Era de esperarse que, con los años, otros conjuntos documentales relacionados con la represión siguieran el mismo derrotero y pudieran servir tanto para documentar investigaciones académicas como aquellas que buscaban la impartición de justicia. Lamentablemente no fue así. Aun hoy, más de 20 años después de iniciada la (así llamada) transición democrática, los y las mexicanas seguimos sin tener acceso a los archivos de la Fiscalía General de la República (antes PGR), a los del Estado Mayor Presidencial, así como a los de la mayoría de las policías estatales —entidades a las que terminaron por recalar en los años 80 varias de las figuras más importantes de la represión y que constituyeron el corazón del autoritarismo en México una vez que se extinguió la DFS en 1985. Asimismo, el acceso al Archivo Histórico de la Secretaría de la Defensa Nacional continúa siendo de acceso restringido.

Por si fuera poco, a partir de 2012, la Ley Federal de Archivos creó la categoría de documento histórico confidencial, misma que estableció un escrito control para el acceso de información de ciertos archivos, incluidos los de la DFS. Tres años después, en 2015, fueron retiradas las fichas que servían para la consulta abierta de los documentos de la DFS en el AGN, dejando solamente al alcance de los investigadores versiones públicas, es decir “copias de los documentos originales en los que han sido eliminados datos clasificados como confidenciales”.[4] En definitiva, el cierre a la consulta directa de los archivos de la DFS en 2015, así como la publicación de la Ley de Archivos de 2012 supuso un retroceso enorme para los esfuerzos de verdad y justicia sobre nuestro pasado reciente. Poco a poco se había perdido lo poco ganado a principios del milenio.

En los últimos tres años hay signos de que algo ha empezado a cambiar: no mucho y no lo suficiente, pero algo ha empezado a transformarse. Negarlo es absurdo; reconocerlo es  importante.

Para empezar, desde el inicio de la nueva administración, fueron retirados del AGN una decena de funcionarios del CISEN que desde el año 2002 cumplían labores de “apoyo técnico” pero que de facto controlaban el acceso a los archivos de la DFS —un procedimiento incomprensible y tolerado consecutivamente por los gobiernos de Vicente Fox, Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto. El despido de los funcionarios del CISEN (ahora CNI) y una reestructuración en la forma de trabajo del AGN a partir de 2019 permitió que los y las investigadoras tuviesen nuevamente acceso directo (si bien algo accidentado por la falta de catálogos confiables) a los archivos de la DFS después de varios años de conformarse solamente con versiones públicas.

En segundo lugar, en 2019 se legisló una nueva Ley de Archivos menos regresiva que la de 2012. Su mayor éxito fue eliminar la nefasta noción de documento-histórico confidencial, idea que mucho convino a quienes querían reservar hasta por setenta años la consulta de varios documentos. En tercer lugar, y en una lógica de apertura, el 28 de febrero de 2019, el Presidente López Obrador publicó un acuerdo en el que ordenó a todas las oficinas del Gobierno de México entregar al AGN “la totalidad de los documentos históricos que posean y que se encuentren relacionados con violaciones de derechos humanos y persecuciones políticas vinculadas con movimientos políticos y sociales, así como con actos de corrupción”.[5] La noticia sorprendió a muchos y generó altas expectativas que — hay que decirlo— no han sido cumplidas pues la ejecución de la orden presidencial ha sido deficiente y abiertamente incumplida por las instituciones responsables, CNI, Ejército, Marina y Fiscalía General incluidos.[6]

La Comisión de la Verdad, y en particular el Mecanismo de Esclarecimiento Histórico del que formo parte junto con otros cuatro compañeros y compañeras, tiene como uno de sus mandatos presentar un plan de procesamiento y apertura de archivos históricos. La tarea será continuar y extender a todo el país una ruta de acceso y desclasificación de todos los acervos históricos relacionados a graves violaciones a los derechos humanos acontecidas entre 1965 y 1990. Del resultado de nuestro trabajo y de la coadyuvancia con el resto de las instituciones estatales, dependerá que este esfuerzo no sea, como en 2002, una simulación más sino un nuevo capítulo en el estudio histórico de nuestro pasado reciente.

El reto es enorme; nuestro compromiso por cumplir nuestra tarea también.


[1] Carlos Pérez Ricart, La Comisión de la Verdad de México. En Sin Embargo. Véase: https://www.sinembargo.mx/04-01-2022/4095956

[2] Camilo Vicente Ovalle, [Tiempo suspendido] Una historia de la desaparición forzada en México, 1940-1980 (Ciudad de México: Bonilla Artigas, 2019), 29.

[3] Sergio Aguayo Quezada, La Charola: una historia de los servicios de inteligencia de México (D.F. México: Grijalbo, 2001).

[4] Mónica Naymich López Macedonio, “El archivo de la Dirección Federal de Seguridad: una fuente para escribir la historia de la segunda mitad del siglo XX mexicano”, Legajos. Boletín del Archivo General de la Nación 15 (2018): 79.

[5] Andrés Manuel López Obrador, ACUERDO por el que se establecen diversas acciones para la transferencia de documentos históricos que se encuentren relacionados con violaciones de derechos humanos y persecuciones políticas vinculadas con movimientos políticos y sociales, así como con actos de corrupción en posesión de las dependencias y entidades de la Administración Pública Federal, Diario Oficial de la Federación, 28 de febrero de 2019.

[6] Véase la excelente investigación de Rafael Cabrera, Archivos de la represión en México se abren a cuentagotas, APNEWS, 19 de diciembre de 2021. Disponible en: https://apnews.com/article/noticias-6405475d7a2fc8fae2df58e4a9287114

Carlos A. Pérez Ricart
Carlos A. Pérez Ricart es Profesor Investigador del CIDE. Es uno de los integrantes de la Comisión para el Acceso a la Verdad y el Esclarecimiento Histórico (COVeH), 1965-1990. Tiene un doctorado en Ciencias Políticas por la Universidad Libre de Berlín y una licenciatura en Relaciones Internacionales por El Colegio de México. Entre 2017 y 2020 fue docente e investigador posdoctoral en la Universidad de Oxford, Reino Unido.
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