El intro, compuesto por un mix de los tracks que el disco contiene, con la icónica cuña sonidera de “Sh-sh-shark DJ” al principio y al final, se ha convertido en su marca y su manera más clara y genuina de distinguirse del resto. ¿De dónde salió? De buscar la perfección.

“Spotify es ya una comodidad, pero el mp3 se sigue consumiendo, tiene su público”, dice Shark DJ. Los alcances de sus compilados son la prueba más clara de ello. “Yo no distribuyo directamente a otros lados, todo se lo llevan de acá. Pero no, no, nunca me esperé llegar tan lejos, así. Por ejemplo ahorita en Facebook tengo a una persona que es de Alemania que me está pidiendo memorias, que si le mando memorias a Alemania. Se me hace increíble. Gente también me dice que en Estados Unidos el mercado de Shark DJ está de a madres. Hace mucho tiempo me decían que en Centroamérica también se escuchaba mucho, yo jamás he ido, pero mucha gente me decía eso”, cuenta con evidente felicidad.

Por Juan Carlos Rios

Ciudad de México, 11 de agosto (Vice Media).- Los domingos de tianguis –una suerte de mercado de pulgas–. La gomichela que suda y escurre entre los dedos. El consomé que calienta esófagos crudos. Las pacas –toldos de ropa de los mercados– rebosantes de arqueólogos de joyas textiles. El metro despachando gente a su máxima capacidad con el vendedor ambulante y su bocina a todo volumen. Los suaderos –carne de clásica preparación en tacos de la capital mexicana– friéndose y combinando tufo con el humo tamalero. Paisajes de la idiosincracia chilanga. Contextos de la Ciudad de México en los que, de manera común y recurrente, aparece una cuña sonora identitaria a la vez que alegórica: “Sh-sh-shark DJ en mp3”.

“Cáele a las 12, te veo acá en Tepito”. Un tiburón en traje y corbata viste su imagen de Whatsapp. Le he escrito desde hace un par de años, pero nunca lo he conocido físicamente. Su identidad es valiosa, secreta, poco se sabe de él. Nada en la clandestinidad de lo que hace. Ahí, en ese pozo de aguas subterráneas, es un tiburón. De colmillo afilado y aleta roída. Acercarse parece peligroso pero, desde mi experiencia, no termina por serlo tanto. Un par de mensajes y pude llegarle. Mantengo su contacto desde entonces, aunque, este encuentro, ha tenido que esperar meses por un momento de aguas calmas. Y es este.

Camino por Aztecas, arteria principal del sedentarismo comercial del barrio bravo. Los remixes con el tradicional ad-lib del escualo se escuchan desde metros antes, guían al peregrino. Llego al punto donde quedamos, un puesto ubicado en un lugar de privilegio, en el corazón de las lonas que reflejan el sol multicolor, donde sin mucho lujo, se exhibe su variedad de discos mp3 y, ahora también, memorias usb. Sus portadas encantan, hipnotizan. Una estética saturada que dentro de su deformidad encuentra encanto. Una bonita metáfora de lo que es esta bestia de concreto. Con su cochambre, su valemadrismo ilustrado y su anti-belleza.

Pregunto por él y quien atiende me cuestiona para qué. Respondo y saca un teléfono para marcarle. Mi imaginación comienza a construir más alrededor de ese retrato mental donde Shark es un capo que mezcla cualidades del Chapo, Wilson Fisk y Banksy, quien para encontrarse con alguien cuida de sus filtros con extrema delicadeza. “Ahorita viene, va a tardar una media hora”, me dice y nos quedamos a esperar mientras mis puñetas mentales siguen elaborando. Reviso frente y lomo de sus obras. De reggaetón a banda y de rock urbano a ranchera. Volteo y llega a tocarme la espalda para confirmar que es él. Una sonrisa explícita y constante lo hace distinguir. La riñonera al frente de quien entiende Tepis y su biz. Un vaso grande de unicel que oculta muchas posibilidades en su interior. Supongo que era jugo.

BUSCANDO LA PERFECCIÓN

No le pregunté su nombre hasta que me fui de ahí. “Soy Adán, carnal, así me conocen”. “¿Adán y ya?”, respondo, jugándole al chido, acercándome a sus fauces. “Ajá, Adán y ya”. Me resigno, su apellido no podrá salir de aquí.

Es importante. Su apellido es importante. Su lugar aquí, en este contexto y esta narrativa, está sujeta en gran parte de ese apellido. De su familia. De su padre. “Mi jefe tenía su sonido, y era tianguista, mi mamá también”. Y tiene todo el sentido del mundo. Un sonido y un mercado ambulante. La conjugación de ambas profesiones, en todos los aspectos –de lo económico hasta lo estético– tenía que acabar aquí. “Empecé con un puesto de música en el tianguis, hace unos 20 años, y de ahí vino todo lo demás”.

Sus discos eran sencillos. 20 o 22 canciones por compacto. Antes, hizo sus primeras mezclas y selecciones en el formato de la época, el cassette. “De los discos de mi jefe, de ahí salía toda mi música, de esa biblioteca. Toda la música viejita que yo trabajo es de mi jefe, toda la cumbia, viene de él”. Y desde ahí, de su primer puesto y ejercicios curatoriales en Ciudad Neza -concentración urbana al oriente de la zona metropolitana de la CDMX–, sus acoplados comenzaron a ser llevados y –irónicamente– pirateados en el corazón comercial fayuquero de la Ciudad de México. “La misma banda de acá de Tepito que vendía discos fue la que los trajo (los acoplados). Cuando supe de eso, mi carnal me dijo que les quitara el intro a los discos, porque al final eso es lo que vende, y así la gente ya me iba a comprar directo a mí. Así estuvimos un rato hasta que un compa de aquí me dijo que quería traer los discos acá, pero completos, con el intro. Entonces ya, tuve que jalar para acá, a Tepito”.

Contraportada de los MP3 de Shark DJ. Foto: Griffin Andres vía Vice Media

El intro, compuesto por un mix de los tracks que el disco contiene, con la icónica cuña sonidera de “Sh-sh-shark DJ” al principio y al final, se ha convertido en su marca y su manera más clara y genuina de distinguirse del resto. ¿De dónde salió? De buscar la perfección. “Siempre intenté, desde el principio, hacer discos de calidad, porque los discos antes, al final de las canciones, tenían un ruidito o no se escuchaban bien, las canciones venían mal, y a mí nunca me latió eso. Yo lo que hacía era hacerlos bien, si algo se escuchaba mal componerlo y ya, sacarlo. Agarré esa costumbre de hacer bien las cosas, de grabar bien los discos, hacer un intro chingón, las portadas igual me gusta que vengan bien hechas. Esto lo empecé como hobby y no como negocio, como si los discos fueran para mí, y a mí no me gustan las cosas malhechas”, me dice Adán a secas sobre lo que para él implica este elaborado rompecabezas y cinturas sonoro.

JOYAS Y ESTAMPAS

1993. El Moving Picture Experts Group –algo así como la Real Academía del sonido y la calidad sonora– hace público un formato de codificación de audio digital conocido como MPEG Audio Layer III, o, de manera más sencilla y universal gracias a su extensión, simplemente como mp3. La característica primaria del formato, su capacidad de compresión de audio, permitió dos cosas: que su estandarización global fuera casi inmediata; y que su relación con la oscuridad del consumo musical –piratería, violación a derechos intelectuales, distribución ilegal en servicios de internet como Napster o LimeWire– fuera simplemente intrínseca y natural, aún hasta ahora.

“Yo hacía discos normales, pero de repente aquí una marca que se llamaba Surfy, de hace mucho tiempo, empezó a meter mp3, con 100, 200 canciones. A mi gusto nada más metían por meter. Entonces lo que yo empecé a hacer fue a hacer selecciones, unas 70 canciones, un mp3 de 70 canciones de pura chingona”, recuerda Adán sobre el génesis del disco mp3. “Y entonces fue el boom, ahí fue cuando explotó machín”, agrega.

El formato se consolidó como la manera más accesible y sencilla de adquirir música en masa. Los mercados, puestos ambulantes, vagones de metro, camiones de transporte público, locales comerciales, mantas en la banqueta, y prácticamente cualquier hábitat urbano de Latinoamérica se vieron invadidos por la voracidad del mp3 y del tiburón como ente prácticamente monopolizador, quien alcanzó ese estátus debido a sus habilidades de curaduría y selección.

“La gente me busca porque sabe qué van a encontrar”. Dentro de sus bondades, el mp3 como recurso pirata funcionó como una especie de protoplaylist, donde el DJ logró armar acoplados donde su paladar ha jugado un papel protagónico. Y en ese universo, hay una serie de posibilidades inmensas para acercarse al formato. Desde discos periódicos –”Lo mejor del segundo semestre 2019″ o “Chulas del verano”– hasta temáticos -“Pura para hacer el quehacer” o “Desmadre mexicano”, y desde luego, también a partir de géneros musicales.

De la misma forma en que un DJ como lo conocemos, de tornamesa, pipa y guante, acá hay capricho. Las selecciones son vanidosas. “Todo es a puro oído. Tengo mi biblioteca de discos, pero esto es por puro gusto. Ir escuchando y encontrarte algo. Ir en la calle y de repente decir ‘mira, esa rola está chida, y no la he escuchado aquí [Tepito], yo la voy a meter'”, dice recapitulando el oficio Shark.

Y dentro de ese espectro, la piratería, como música consumida en un formato físico, también ha logrado conservar la esencia apreciativa de la música a través del tema, preservado como joya y buscado como tesoro. Juntar los tracks como estampitas. Rastrear, comprar, encargar, coleccionar y cambiar. “Me piden canciones, y si no las tengo, las consigo, a la semana siguiente las traigo”. Siete días, que distan del consumo instantáneo y efímero del streaming. La música se debe de esperar y procurar.

Puesto de Shark DJ en Tepito. Foto: Griffin Andres vía Vice Media

POR UN CHESQUITO

“A huevo ese wey [Shark DJ] es de ahí, de Tepito. Yo he escuchado que hacen por ejemplo tratos, que yo puedo llevar mi disco antes de que lo entregue a la disquera y ellos te pagan una feria por piratearlo antes del lanzamiento oficial. La piratería nos ha ayudado a muchos carnal, en serio, es un distribuidor. Dirás tú, ‘yo no gano nada’, pero se refleja cuando llegábamos por ejemplo a Guanajuato, ese concierto estaba lleno de cholos y cantamos una canción y todos se la sabían, y tú decías ‘¿cómo se la saben si yo no he vendido ni un disco en Guanajuato?’, pues porque los discos piratas están en Guanajuato. Hasta la fecha yo le sigo agradecido a la piratería”.

La cita anterior pertenece a C-Kan, rapero monstruoso del subterráneo mexicano. Como él, algunos artistas más reconocen la importancia de la piratería, y de Shark, dentro de sus narrativas artísticas. “Mi música siempre la regalé. La subía a internet a unas páginas y empezaron a bajarlas, entre ellos Shark DJ. Tuve el gusto de conocerlo. A él y varios pirateros más que también tuve el gusto de conocer. Y pues así la música empezó a piratearse, todos estaban locos de que estaba de moda tener motonetas y ponerle bocinas, y a los carros también. Toda la moda comenzó ahí, todos se querían vestir igual, Goga y así”, cuenta Pablito Mix, otro nombre de relevancia que ha labrado su carrera desde las cañerías chilangas y que le atribuye parte de ello al rey de los piratas.

La relación de Shark con el artista es sencilla de explicar. Como canal de distribución –tal como en sus respectivos momentos lo fueron la radio, las disqueras, YouTube, Napster, o ahora el streaming–, el mp3 abre posibilidades amplísimas desde un nicho específico que, a pesar de la mutación en los hábitos de consumo, parece permanecer en su mayoría intacto y aún cercano a la piratería. Desde ese sector, se han labrado carreras y momentos, pues el DJ pirata es un seleccionador de avanzada, que constantemente buscar acoplar el éxito del momento, pero también el del futuro, el que mañana sonará en tardeadas y antros de Aragón, Neza, Tlahuac, Ecatepec y el resto de puntos clave del underground capitalino.

“Yo te puedo contar de Nigga, a ese wey nadie lo conocía y se empezó a escuchar aquí, en la piratería, aquí fue el putazo de donde llevó a lo demás. J. Balvin hace años, mucho tiempo, antes de ‘Ginza’ y ‘6 A.M.’ y esas, me contactó su mánager, creo era por Messenger todavía, no me acuerdo bien, pero me contactó y me pidieron meterlo, me dijeron que iba a pegar. Sin pedos lo metí, no sé qué canción traía en ese entonces, yo creo que ‘Yo Te Lo Dije’, de las primeritas que lanzó ya bien. Yo estuve metiendo esas canciones y mira ahora”.

El sistema de Shark funciona, en su sentido muy primitivo, a través de la payola. “Es más fácil ¿no? O sea si viene un artista y dice ‘ah wey mira, ten, te invito un chesquito –expresión popular de refresquito–’ a que vayan a una disquera o a la radio que te cobran veinte, treinta, cincuenta mil varos, la Ke Buena, la Z, por tocarte un mes, no mames es un chingo de dinero. Mejor le invierto unos mil, mil quinientos a ese wey”, asegura con las fauces bien abiertas el tiburón. Desde ese método, la fórmula es sencilla: meter un track “nuevo” o “desconocido” entre un par de éxitos, de tal forma que haya garantía de que los oídos tendrán que pasar por ahí. “Hubo un tiempo que metí mucha música de DJ, Pablito, Yezer, Antena, Alan Rosales, Erick Rincón, y toda esa banda. Me acuerdo que cuando todavía existía el Messenger ahí armé muchas de esas redes de contacto. Ahora ya es distinto, se me acerca más gente, ahorita te puedo decir de Río Roma y Mario Bautista, con ellos y varios más estoy trabajando por ahora”, finaliza.

PIRATA COMO LA VERGA

Según un informe del IFPI publicado en 2017, cuatro (México, Brasil, Argentina y Paraguay) de los diez países con mayor producción de música ilegal del mundo se ubican dentro de América Latina. En todos los países de Latinoamérica incluidos en el estudio (a excepción de Chile y Costa Rica), el consumo de música pirata constituye más de un 50 por ciento del porcentaje total de música que se reproduce en la región. Es decir que, en América Latina, los hábitos de consumo de la música son prácticamente inentendibles sin la piratería como su eje central.

Estos números contrastan naturalmente con un dato dado a conocer por Spotify a finales del año pasado: la Ciudad de México es la metrópoli con el mayor número de streams en el mundo. “Spotify es ya una comodidad, pero el mp3 se sigue consumiendo, tiene su público”, dice Adán. Los alcances de sus compilados son la prueba más clara de ello. “Yo no distribuyo directamente a otros lados, todo se lo llevan de acá. Pero no, no, nunca me esperé llegar tan lejos, así. Por ejemplo ahorita en Facebook tengo a una persona que es de Alemania que me está pidiendo memorias, que si le mando memorias a Alemania. Se me hace increíble. Gente también me dice que en Estados Unidos el mercado de Shark DJ está de a madres. Hace mucho tiempo me decían que en Centroamérica también se escuchaba mucho, yo jamás he ido, pero mucha gente me decía eso”, cuenta con evidente felicidad.

Le pregunto si alguna vez ha tenido una idea real de sus dimensiones. “No, nunca, más allá de eso [distribución a otros países] no. En su momento hubo una demanda muy encabronada, y mucho dinero, pero nunca una cosa tan grande como te puedas imaginar”. La razón detrás de ello tiene que ver con las decenas de Shark –falsos, de acuerdo a él– que constantemente intentaron replicar la marca. “Mi socio me dice ‘no manches ¿qué hubieras hecho tú con tanto dinero? Tú solo con tanto dinero, no hubieras podido’. O sea, me dice que qué bueno que salieron más Shark porque yo solo no hubiera podido con tanta demanda”.

En sus portadas y mixes aparecen constantemente leyendas como “ahora resulta que los copiones somos nosotros, no nos hagan reír jajaja. Atte: Su padre Shark DJ El Original”. Los impostores están en todos lados. Puedo estar siendo víctima de uno de ellos. “¿Cómo sé que tú eres el original?”, le digo. “Ve y pregunta. Pregúntale a cualquiera de los Shark que hay aquí. Te van a decir que Adán”. Su confianza es tan notoria y evidente que le creo. Constantemente interrumpen la plática personajes que lo saludan. Es él. “Yo cuando llegué acá ya era Shark, pero era tanta la demanda que la misma gente que vendía acá me empezaba a piratear, se llevaban mis discos y los clonaban. Y a partir de eso empezaron a salir varios, ya después de Shark ya estaba que el DJ Mono, que el Lobo, que el Cocodrilo, el Perro y varios más. Muchos de ellos después se hicieron Shark. Gracias a Dios para los años que llevo chambeando acá la gente todavía me busca a mí”.

Adán “Shark DJ”. Foto: Griffin Andres vía Vice Media

Hay molestia en sus palabras cada que habla de los impostores del escualo. Y también hay ironía. “Yo soy pirata, pero no me gusta que me pirateen, porque por ejemplo, un trabajo de seleccionar dos mil canciones me toma un día para que un compa venga y diga ‘a ver, presta’ así nada más. No puedo hacer nada, al final es piratería y tiene sus cosas buenas y malas. La piratería le da de comer a mucha mucha gente, muchísima gente ha vivido y sigue viviendo de la piratería, pero así como si fuera mi marca registrada pues si te peinas ¿no? dices ‘no mames carnal, es mi chamba’. A mi me costo trabajo hacerla crecer, a mi me está costando creatividad el trabajo de hacer algo chingón para que tu vengas y te lo lleves. Es lo único que a mí me molesta de la piratería, pero en sí no porque bueno, pues soy pirata”, agrega Shark.

Su siguiente gran paso está en la usb. “Hay una leyenda que tengo y dice ‘hace años inventé la perfección en el mp3 y ahora lo haré en las memorias’. Eso es lo que estoy tratando, voy lento pero hacia esa meta. Ya hay mucha gente vendiendo memoria, pero mala, yo estoy haciéndolo bien”, asegura. Se niega a mirar al mp3 como un recurso muerto, aunque acepta que es cada vez menos vendido.

Al final, reflexionamos. Hablamos de disqueras, artistas y dinero. De las implicaciones de la piratería. Las éticas dejaron de existir hace mucho. Las comerciales también. Eso sí, deja bien claro, en las profundidades, solo puede habitar un tiburón. “Hay un chingo de Sharks, pero te digo, la gente ve las portadas y dice ‘no mames, dame este’. Ahorita la gente pide las que están con Hugo, porque se llama así mi socio, piden las portadas de Hugo porque saben que son los que yo hago, los de Shark original, entre comillas original, porque a final de cuentas, soy más pirata que la verga”.

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