Es muy peligroso para la cultura en general y para la industria del libro en particular, que sus consumidores asuman que éste debe ser gratuito, que no tiene costo. Foto: Moisés Pablo, Cuartoscuro.

Todo comenzó en Twitter. @dalcazaridies escribió “Escaneé Temporada de huracanes para mi curso de Mexicana. ¿Alguien de acá que lo requiera? ¿O ya llegué tarde y todos tienen una copia digital ya?”. @jmesa77 le contestó que el libro de Fernanda Melchor en ebook cuesta $79.00 y que sería bueno apoyar a la autora comprando ejemplares. Hasta ahí, todo fue un intercambio normal. Fernanda, un poco más tarde, se sumó desde su cuenta (@fffmelchor): “Si quieren verse generosos, regalen las nalgas, culeros, no mis libros en pdf!”. Ahí comenzó a desbordarse la discusión. En dos líneas diferentes.

La primera comenzó a desarrollarse entre los defensores del pdf y sus contrarios. Si se parte de una postura muy simple, quienes abogamos por la compra de libros, lo hacemos pensando en que el trabajo de los autores no debe ser considerado gratuito (ni el del resto de la industria editorial, por cierto). La contraparte asegura a partir de excepciones. Éstas van desde la posibilidad de no conseguir un ejemplar en las librerías a su alcance hasta el alto costo de los libros para estudiantes universitarios y muchos matices extras. La diferencia argumental radica en esta especificidad que justifica la reproducción no autorizada (o sí) de material que le debería significar una ganancia a quien lo produjo. Es cierto, hay casos que justifican, de una u otra forma, que se distribuyan copias digitales de los libros, ahora que ya no requerimos fotocopiadoras.

El problema, quizá, es que esta práctica que antes implicaba formarse un buen rato para obtener legajos de mala calidad se ha convertido en una práctica común que no requiere mayor esfuerzo (sin pretender que dicho esfuerzo justifique la acción, sobra decirlo). Hay muchos sitios en Internet donde se consigue material pirata sin costo alguno. Y eso lesiona a la cultura. Porque muy pronto asumimos que el libro, como producto cultural, no debe tener un costo. ¿Para qué pagar algo que puede ser gratuito? Ya sé que habrá airadas defensas en este punto. Sin embargo, para quienes gustan de particularizar el problema, suelo utilizar un ejemplo. Un día invitaron a una querida amiga a un chat de lectoras. La sumaron para que recomendara libros. Todas las participantes (sí, eran sólo mujeres) tenían un alto nivel económico. Ella recomendó varios libros a pregunta expresa. De inmediato, alguna de las participantes le pidió el pdf. En lo que ella argumentaba en contra de la práctica y pasaba ligas para comprar el ejemplar, alguna otra participante comenzó a enviar las ligas para descargas gratuitas. Pienso también en un club de lectura que conozco desde hace más de 20 años. Son amigos, muchos de ellos maestros, padres de familia y lectores por ganas que se han reunido durante todo este tiempo, de manera mensual, para compartir la lectura de un libro. Soy cercano al grupo. Me quieren como familia, muchos de ellos. Saben que soy escritor. Durante todos estos años, muchos han comprado libros, muchos los leen rápido para poder prestarlos a quienes ese mes tienen mayores complicaciones para adquirirlo (de distinta índole), así la dinámica hasta esta última ocasión. Consiguieron el pdf y lo celebraron: ya no tendrían que gastar en comprar libros. De hecho, propusieron que un parámetro para elegir el siguiente libro fuera que éste se consiguiera de forma gratuita.

Es muy peligroso para la cultura en general y para la industria del libro en particular, que sus consumidores asuman que éste debe ser gratuito, que no tiene costo. Perjudicados son todos, comenzando por el autor. Pero en la industria hay muchos más integrantes.

Y ahí se abrió la otra vía de la polémica: las regalías de los autores y el perverso juego de los emporios editoriales. Sólo para contextualizar, a un autor se le paga el 10 por ciento del precio de venta del libro. A veces, cuando se le contrata, se le da un anticipo de regalías que es justo eso: un anticipo por las ventas que generarán ese 10 por ciento. De esa forma, es posible que un autor reciba el anticipo y luego nada más porque su libro no vendió lo suficiente. Las razones de las bajas ventas son muchísimas. Lo que desató la furia de muchos fue ese 10 por ciento que hacía pensar en los grandes corporativos editoriales como empresas que se aprovechan de sus autores. Los ejemplos, de nuevo, fueron particulares. Se mencionaron a algunas editoriales que funcionan como cooperativas y a otras que se han sumado a la distribución gratuita de sus contenidos. Así pues, la industria editorial es mala. Primero, porque la editorial se queda con entre el 40 y el 60 por ciento; después, porque el distribuidor y la librería hacen lo propio. Esto, a simple vista, hace ver que el autor, quien trabajó por años y sin quien no habría libro, es quien menos gana.

Simplificar tanto las cosas es peligroso. Aclaro desde ahora: soy un autor y me encantaría vivir de las regalías de mis libros. Como la mayoría de los escritores, estoy muy lejos de conseguirlo. Si bien hay muchas discusiones en torno a la industria editorial, me parece que el asunto de los porcentajes no es una de ellas. Y estos días he leído a muchos colegas lanzando acusaciones graves.

Pensemos, primero, en una editorial pequeña que busca ser un negocio. Lo sabemos bien: le pagará el 10 por ciento de regalías a sus autores. A veces con retrasos, toda vez que es muy probable que apenas tenga margen para seguir operando. Es decir, el abuso no proviene de los grandes. Pensemos, ahora, en las fotos de portadas que comparten algunos colegas en redes sociales. Las hemos subido para avisar a nuestros posibles lectores que nuestro nuevo libro está por llegar. Y, supongo, sabemos que al diseñador de dicha portada se le paga. Lo mismo que a quien formó el texto, al editor, al representante legal, al edificio que alberga la editorial, al corrector de estilo, al dictaminador, a quien cotejó, a la imprenta, a la encuadernadora, al almacén, a la gente encargada de medios, de mkt, de promoción, a quien dirige la empresa, a quien se encarga de que funcionen los equipos de cómputo de todos los anteriores… y falta incluir el costo de dichos equipos, la luz, el agua, los servicios varios…

Por cierto, hasta donde sabemos, hoy en día, ninguno de los dos monstruos editoriales que operan en nuestro país ha despedido a sus empleados durante la pandemia (menciono a esos dos porque es a quienes han acusado por las injusticias de las regalías aunque sea una práctica común de casi todas las editoriales en casi todo el mundo). Algo que sí han hecho empresas con utilidades mucho más altas. Eso también debería importar.

Las dos discusiones que se suscitaron por el ofrecimiento de pdfs gratuitos son pertinentes, incluso relevantes. Justificar la práctica, en algunos casos muy particulares, tiene sentido. Generalizar, en cambio, el valor de la piratería es atentar contra el valor mismo de la cultura y eso es muy grave. En segundo término, es muy probable que se deba revisar cómo funciona la industria editorial hoy en día. Será sano, por supuesto. Satanizar a los grupos grandes sin matices, provoca un falso enfrentamiento. Da la impresión de que son buenos quienes buscan compartir la cultura por el medio que sea y son crueles quienes lucran con ella. ¿Es en serio así? Me parece que no. Las industrias y las personas necesitan utilidades para existir. Sin dicha existencia, entonces no habrá productos culturales que copiar para su distribución gratuita.

Si alguien, verdaderamente, necesita hacerse de un libro y no cuenta con los medios para hacerlo (económicos, geográficos, idiomáticos y demás) que lo haga. De ahí a pregonarlo, fomentarlo o presumirlo, hay una gran diferencia.