Uno no sabe nunca a qué atenerse en este mundo. Foto: Óscar de la Borbolla.

El mundo es peligrosamente claro, su transparencia es aparente. Uno llega a él y supone que los demás son como se muestran: afables, buenas personas, sinceros y, a veces, lo son; pero no siempre. Con el tiempo uno aprende a no fiarse, a ir por la vida con la guardia de la desconfianza en alto, pues aunque puedan recibirse innumerables pruebas de lealtad más tarde o más temprano sobreviene casi fatalmente la decepción.

Y es que el mundo es hipócrita, dos caras, lleno de incertidumbres y ambiguo. Uno sale a la calle, se topa con la gente y no sabe de donde vienen ni a donde van, pasan y desaparecen en el paisaje urbano, son los personajes de relleno de nuestra novela autobiográfica, esos seres tangenciales que solo sirven para crear la atmósfera, para hacernos sentir en sociedad. A este ámbito superficial pertenecen los personajes función: el chofer del autobús, el que despacha en la tiendita, el vecino de la casa de junto, el plomero o el empleado bancario; tampoco sabemos nada de ellos, solo cruzamos unas cuantas palabras, las necesarias para que nos resuelvan un problema o nos den el servicio que precisamos.

Y luego, en un círculo concéntrico más cerrado están las personas asiduas, los compañeros del trabajo o de la escuela, aquellos con quienes coincidimos en un bar o en alguno de los innumerables puntos de reunión adonde las personas asisten, entre otras cosas, para conocer gente. Ahí están quienes podrán convertirse en nuestros cómplices, en nuestros amigos, en la parejas de una tarde o de la vida. Son las personas que incluimos en nuestro círculo más íntimo, más íntimo incluso que el que crea la sangre, donde, por supuesto, está nuestra familia.

Sabemos algo de ellos y, poco a poco, los vamos conociendo sin que ese conocimiento alcance jamás el grado de estar absolutamente seguros de que son incapaces de darnos una sorpresa. Porque también ahí, entre los más próximos, puede ocurrir lo inesperado. En pocas palabras uno no sabe nunca a qué atenerse en este mundo, y no solo porque los demás mienten o cambian, sino también porque los demás no están exentos de morir, de desaparecer a consecuencia de un proceso que nadie sabe de dónde viene, ni por qué emerge cuando emerge.

El mundo infantil que parecía claro, cuando puerilmente dábamos por bueno lo que nos decían, termina por volverse opaco e indescifrable y nosotros por instalarnos en la suspicacia, esa forma de confesar que no somos capaces de leer el mundo, de entenderlo, pues son tantas las veces en que creíamos una cosa y resultó otra, en que nuestros planes fueron a dar a metas tan distantes, tan erradas que el mundo se nos ofrece como un amasijo de cosas que están fuera de nuestro control.

Solo en los mundos hechos de palabras: en las novelas, uno entiende quién es quién, de donde vienen y a donde van los personajes. Ahí sí, en la literatura y, sobre todo en la tradicional, uno sabe a qué atenerse. Leer es tranquilizador. Qué paz leer a Dumas donde Mi Lady es mala, consistentemente mala, y Edmundo Dantes es una víctima que no por vengarse deja de ser bueno. Los ejemplos de este tipo abundan: también el mundo de Tolkien está reglamentado y el de Lovecraft, donde un gul siempre es un gul.

Aunque también es cierto que hay mundos literarios completamente parecidos a nuestro mundo y en los que uno como lector tampoco entiende nada. Quizás el ejemplo más claro sea Kafka, de ahí la angustia que suscita en nosotros la vida de José K. Hoy no sé si aventurarme dando un paso hacia la calle o si meterme en el confortable mundo que me ofrece un libro.

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