"Según nos lo cuentan los anales de la historia ilustrada, la luz se apagó, las mentes brillantes incubaron en espera de mejores tiempos". Foto: Especial

“Según nos lo cuentan los anales de la historia ilustrada, la luz se apagó, las mentes brillantes incubaron en espera de mejores tiempos”. Foto: Especial

Para las mentes ilustradas del siglo XVIII, la Edad Media fue el periodo en el que la cultura vivió en profundo letargo. Un lúgubre velo cubrió de ignorancia la geografía en la que antiguamente se había erigido el más grandioso imperio de todos los tiempos. Contrario al ímpetu civilizatorio romano, Europa entró en una dolorosa pausa; una especie de confinamiento que la sumió en la pobreza, el vandalismo y la enfermedad. Todo se detuvo. Los pocos pobladores vivían casi en la indigencia o encerrados en las cuatro paredes de una celda dentro de un monasterio a expensas de los invasores que entraban, depredaban y dejaban a su paso desolación. La idea de Dios como centro de todas las cosas, representó un retroceso para el anhelo de progreso del viejo continente. Según nos lo cuentan los anales de la historia ilustrada, la luz se apagó, las mentes brillantes incubaron en espera de mejores tiempos.

Pero la realidad medieval es totalmente distinta. Quizá sea una de las eras más brillantes y poderosas que han existido en nuestra línea del tiempo. Es el periodo en el que se construyó la Europa de hoy. Los estertores del imperio se fusionaron con las múltiples y distintas visiones de los bárbaros que, lejos de exterminadores, pusieron las primeras piedras para edificar ciudades. La unidad consistía en una idea: Dios hecho materia, para salvar al hombre de ser solo materia. La Buena Nueva fue una forma distinta de aprehender al mundo. Los hombres y mujeres encararon nuevos roles con los que formaron la Europa de hoy. Paganos e invasores se mezclaron con los últimos testigos del milagro acontecido; la celebración de una era distinta se propagó sin límites. Centros religiosos, ciudades, universidades, permitieron que el conocimiento se difundiera en rutas tan extensas como las del imperio, pero con un fin común: Evangelizar con la palabra de Cristo. La belleza de lo sagrado se plasmó en imágenes de un valor incalculable. La necesidad de invocar a Dios generó los más exquisitos libros iluminados y de horas, biblias, relicarios, iconos, tapices, textiles, tímpanos de iglesias, claustros monacales, capiteles, altares. Pero quizá el más grande logro de este periodo es que el tiempo se pudo medir de manera distinta. La cualidad de un instante de revelación contagió a hombres y mujeres. Verdad hecha duración, insuflada en cada ser que la volvía suya permitió nuevos ámbitos para el recogimiento. La oración, la reflexión, la sabiduría, la contemplación eran la manera de engrandecer al espíritu. En la Edad Media las mentes brillantes no se detuvieron, al contrario, elaboraron y especularon con el fin de expandir el pensamiento. Sagaces, exploraron el universo, el cuerpo, las ideas, la ciencia, la filosofía, la teología, la poesía, la música, el amor cortés. Las más bellas y elaboradas expresiones artísticas se dieron en las celdas de los monjes y monjas que concebían la idea de Dios en la tierra. En los castillos las mujeres educaban a sus hijos para desarrollar los roles que debían dentro de la comunidad. Quien nació para la política, para la vida contemplativa o para la guerra tenía un destino claro al que era difícil rebelarse. Las mujeres que amaban el conocimiento lo salvaguardaban en conventos y abadías, una forma de rechazar el matrimonio y optar por el encierro voluntario, la observancia de las reglas. El elaborado pensamiento del Renacimiento tiene su semilla en la Edad Media.

Pero es cierto que el ser humano no se conforma con la construcción de sitios de reclusión en los que el conocimiento se conserve. Su impulso lo lleva a conquistar nuevos mundos, otros pueblos, nuevas ideas. Los viajes a Oriente establecieron las rutas en las que el mercado de productos exóticos abriría las puertas del capitalismo. Las ciudades se llenaron de gente que quería productos a bajo costo, hubo necesidad de drenajes para controlar los desechos. Los barcos desbordantes de esencias, pieles, comida, minerales, tesoros también llevaban ratas. Contrario a la idea de que mágicamente la luz se encendió, el proceso de cambio del medioevo al periodo renacentista fue inevitable debido a una de las más crueles epidemias que azotó al continente: La peste.

El primer discernimiento sobre el cuerpo desnudo aparece debido a la enfermedad. Miles de cuerpos de hombres y mujeres, viejos, niñas y niños, cubiertos de bubones purulentos, inundaron las calles convertidas en piras gigantes en las que el fuego consumía sus restos. Los seres cercanos se ayudaban unos a otros a enfrentar la dura carga hasta que recibían el contagio. No había diferencia de clases, la peste, mató por igual a ricos y pobres. La belleza femenina intacta fue descubierta en su peor fase, la putrefacción. La sed, los dolores espantosos, el mal olor inundaron a un continente que diezmó su población. Las postrimerías de una nueva era se encausaron a descubrir el origen y cura de tan apocalíptica enfermedad. Pero curiosamente, entre más se adentraba al misterio del padecimiento, de sus alcances, se adquiría más consciencia de la muerte.

El Renacimiento sublima, idealiza, posterga una irremediable pulsión mortal. El Pathos (padecimiento para los griegos) se introduce en los cuerpos antes ocultos con bellos ropajes, la belleza se exalta acotada por su propia ruina. La investigación se vuelve ingente, ¿qué descubrimos?, ¿que somos mortales? El periodo renacentista es la manifestación más clara de la melancolía, una peculiar forma de resistirse a morir. El estado melancólico es el rechazo a reconocerme fugaz. Vencer las enfermedades, triunfar sobre la muerte es una forma de olvido momentáneo. La ciencia, las nuevas tecnologías, el poder económico, el avance del mundo, el bienestar, han convertido nuestras vidas en un ansia de consumo sin tregua, si consumo estoy vivo, ¡qué demonios importa el espíritu!

Al curar las enfermedades vencemos a la muerte, si las padecemos hemos fracasado. Pero, cada tanto, la enfermedad aparece para recordarnos lo frágiles y vulnerables que somos. Alguna vez Dios abrazó a los condenados. Hoy el poder del dinero, de los mercados, su desplome, nos recuerda cuán huérfanos estamos. El coronavirus es la pandemia de la incredulidad. Pertenece a una modernidad que presumía haber controlado todos los males. Una vez más nos reconocemos impotentes, cerramos las puertas, nos aislamos. El mundo cierra los sitios de entretenimiento, por igual centros comerciales y museos. Se lanzan un montón de aplicaciones y ligas para visitarlos virtualmente. Con toda sinceridad, me parece espantosa la lista interminable de museos a través de un teléfono. No pierdas ni un minuto, parecen decirnos. No tienes que ir para no contagiarte, los puedes ver en tu celular y así distraer el tedio vital que te genera esta reclusión obligatoria. El asunto parece ser: no te aburras, no reflexiones. No imagines otros universos que los que ya están dados. Sigue en la evasión, no busques la trascendencia. Los tesoros artísticos, una voz en contra de la muerte, ahora son accesibles gracias a su reproductibilidad.

Arlés se remonta al esplendor del Imperio Romano, fue cuna del cristianismo, floreció en el periodo napoleónico y es la ciudad en la que vivió Van Gogh. Es uno de los sitios turísticos más visitados en Francia. Al día siguiente de declarada la contingencia está desierta. Los museos, las fundaciones, el hermoso coliseo, el anfiteatro, el café (pintado por Van Gogh), el mirador en el que el artista creo la Noche Estrellada. Vacío, cerrado, no hay un café, un restaurant, un comercio abierto. Pero no es una imagen distópica, más bien podría ser un día cualquiera durante la Edad Media. Sin aglomeraciones haciendo selfis y subiéndolas a las redes sin piedad, sin ansia de consumo. No hay basura. En el ambiente se respira un aire con olor a duraznos y lavanda. Al borde del Rhôn se aprecian los cerezos floreciendo. Se escuchan las aves. En las afueras de la muralla, un mercado ambulante atendido por hombres y mujeres con indumentarias tradicionales. Los productos locales, frutas, verduras, hongos de todas especies, espárragos, pescado, carne. Los habitantes de la pequeña Arlés con sus canastos, no hay bolsas de plástico. Al fondo de la plaza de la República, la catedral de St Trophine abierta para quien necesite de la oración. Su tímpano románico es el relato del triunfo de la Iglesia. Su interior es la materialización del sueño del arte. No se necesitan los museos. Cada espacio es grandioso e íntimo a la vez. Los gruesos vitrales apenas dejan filtrar la luz del exterior; realzan en claroscuros las columnas y sus capiteles llenos de figuras apocalípticas. La penumbra permite apreciar las imágenes polícromas con destellos dorados acentuados por las débiles veladoras encendidas. Cada una significa una plegaria. Cada pequeña imagen es el ruego de un necesitado. Es también su protección. Como hojas de un árbol, los deseos de los enamorados escritos en pequeños trozos de papel cuelgan del cuerpo de Santa Rita. Las reliquias se multiplican en una pequeña capilla, un anciano reza con devoción. Dicen que en Venecia hay delfines en los canales, ¿acaso es que el capitalismo y la tan ansiada modernidad llegaron a su límite? ¿El mundo se encuentra en camino hacia una nueva Edad Media? En lo que respecta al espíritu, que así sea.

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