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Héctor Luis Zarauz López

20/03/2022 - 12:02 am

Aniversario expropiatorio

“La medida, que tenía sus riesgos por el bloqueo económico de que fue objeto nuestro país por parte de Estados Unidos y Gran Bretaña y por la falta de suficientes conocimientos de cómo manejar esta industria tan compleja, contó, por otra parte, con el apoyo incondicional de amplísimos sectores de la sociedad mexicana de ese tiempo”.

“El 18 de marzo de 1938, el Presidente Cárdenas decidió la nacionalización de la industria, estableciéndose una indemnización a los capitalistas extranjeros”. Foto: Especial

Este 18 de marzo se han conmemorado 84 años de la expropiación petrolera, uno de los eventos de mayor significancia en el México contemporáneo, en el ámbito económico, de desarrollo material, pero también histórico e ideológico, marcando el pasado reciente, el presente y seguramente el futuro próximo de nuestro país.

La industria petrolera se asentó por primera vez, en nuestro país, desde los mediados del siglo XIX pero no alcanzó su real desarrollo hasta los años postreros del porfiriato cuando, debido al otorgamiento de amplias concesiones, se establecieron grandes capitales de compañías británicas y estadounidenses, principalmente.

México vivió un primer “boom” del petróleo justo en medio de los años de la Revolución, llegando a ser el segundo productor mundial y el principal exportador del mundo. La lógica de la Primera Guerra Mundial y su urgencia de combustibles mantuvo a esta industria, razonablemente, al margen de las vicisitudes del movimiento armado nacional. Para los años de 1921 y 1922 en México se producía uno de cada cuatro barriles de petróleo del mundo.

A partir de entonces se dio un decaimiento de la industria; las primeras medidas nacionalistas, manifiestas en el cobro de impuestos, ciertas regulaciones y controles establecidos por los gobiernos emanados de la Revolución, hicieron que los señores del petróleo redirigieran sus inversiones a nuevos países proveedores: Arabia Saudita y Venezuela. No obstante, se requería que esta industria retomara su crecimiento para apuntalar la industrialización del país, para el funcionamiento de los ferrocarriles, el desarrollo de la industria automotriz y otras labores.

De manera paralela se había ido desarrollando un sector obrero petrolero que demandaba mejores salarios y condiciones de trabajo. Ello llevó a la formación, en 1935, del Sindicato de Trabajadores Petroleros de la República Mexicana, organización que agrupó a todos los sindicatos locales esparcidos por las distintas plazas petroleras del país, y que al año siguiente de su integración demandaría la aplicación de un Contrato Colectivo de Trabajo para todos sus agremiados, destacándose las solicitudes de aumento salarial y prestaciones diversas.

Las compañías extranjeras se valieron de diversas estrategias, como el cabildeo en las cámaras, presiones diplomáticas, notas pagadas en la prensa (todo lo cual hoy día pudiera sonar familiar), para resistir las determinaciones de la Junta Federal de Conciliación y Arbitraje, luego las de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, y finalmente a los exhortos del presidente Cárdenas, para atender los planteamientos del Contrato Colectivo de Trabajo. Fue ante este escenario de desafío a las leyes e instituciones mexicanas que, como sabemos, el 18 de marzo de 1938, el Presidente Cárdenas decidió la nacionalización de la industria, estableciéndose una indemnización a los capitalistas extranjeros. La medida, que tenía sus riesgos por el bloqueo económico de que fue objeto nuestro país por parte de Estados Unidos y Gran Bretaña y por la falta de suficientes conocimientos de cómo manejar esta industria tan compleja, contó, por otra parte, con el apoyo incondicional de amplísimos sectores de la sociedad mexicana de ese tiempo. Desde entonces quedó en el inconsciente colectivo que el petróleo es de los mexicanos; este es el pináculo, hasta el momento, del nacionalismo en México.

II.

Desde entonces, no sin contradicciones, con altas y bajas, pero con la intención general de fortalecer los procesos de industrialización nacional, se fue desarrollando esta industria paraestatal: se construyó un sistema de refinerías establecidas estratégicamente en distintos puntos del país, con ello los oleoductos, una flota petrolera, hasta lograr cierta autonomía en materia de energéticos. Posteriormente se procedió a incursionar en los procesos terciarios de la transformación petrolera y se desarrolló la industria petroquímica, incluso se creó el Instituto Mexicano del Petróleo, en donde se desarrolló el conocimiento de la industria, siendo un referente en el ámbito latinoamericano.

En el periodo presidencial de José López Portillo se dio un nuevo “boom” petrolero debido a la creciente demanda y contracción en la oferta, se dio entonces un alza desmesurada en los precios internacionales del petróleo. Ello propició un endeudamiento inusitado en el ámbito nacional para propiciar una mayor extracción ante los enormes hallazgos de reservas petroleras en nuestro país. Sin embargo, posteriormente, se dio una sobreproducción mundial, el mercado petrolero lo controlaron en lo sucesivo los países compradores sobreviniendo una caída en picada de los precios internacionales, dejando a México sumido en una profunda crisis, con la economía petrolizada y una deuda gigantesca.

Esta situación propició el ascenso a las esferas gubernamentales de los llamados “tecnócratas”, grupo que adoptó nuevas directrices ideológicas, ello en un ambiente internacional de ascenso de las políticas neoliberales, basadas, grosso modo, en la disminución de la participación del Estado en la economía. En ese contexto PEMEX fue perdiendo impulso, no obstante que siguió siendo por muchos años la principal fuente de ingresos del erario. Las demandas de consumo de energético, lógicamente, fueron aumentando en el curso de los años; sin embargo, se dejó de invertir en infraestructura petrolera, no obstante, las promesas de campaña presidencial que una y otra vez fueron olímpicamente olvidadas, sumiendo en el deterioro y la dependencia al sector petrolero nacional.

Los ejemplos son muchos, sólo vale referir que la extracción, producción y exportación de petróleo se mantuvo prácticamente estancada en este periodo, no se construyó ninguna refinería, desde 1979, en Salina Cruz, la producción de gasolinas se mantuvo sin aumentos y México se convirtió en un país importador de derivados petroleros. Como el éter, se fueron esfumando las ganancias obtenidas por las exportaciones de petróleo crudo al realizarse las compras de gasolinas, turbosina, combustóleos y otros derivados petroleros. México se sumió en la paradoja de ser un país petrolero que importaba petróleo.

III.

El último clavo del ataúd de la industria petrolera pareció ser la Reforma energética de 2013, impulsada por el presidente Peña Nieto, su gobierno y los partidos aliados PRI, PAN y PRD. Dicha reforma alentaba la inversión extranjera en todos los procesos de esta industria, desde la extracción hasta su comercialización aduciendo la incapacidad del Estado para hacerse cargo de su desarrollo, no obstante, lo lucrativo que había sido el petróleo como negocio.

Sin embargo, con los cambios en la política nacional, a partir de las elecciones del 2018, se dio un nuevo viraje. Desde entonces la rehabilitación de PEMEX ha sido uno de los ejes económicos centrales para el nuevo gobierno y hacia ese objetivo se ha dirigido buena parte del presupuesto en estos años. Las pruebas más claras son la construcción de una nueva refinería en el municipio de Dos Bocas, Tabasco, la adquisición de una más en Deer Park, Texas, y las reconfiguraciones del sistema de refinerías chatarrizadas, en los sexenios anteriores.

Los resultados de este reordenamiento desde luego tomarán su tiempo, a ello debe sumarse la situación de pandemia, que ha alterado ritmos de desarrollo económico a nivel mundial. No obstante algunos datos del año 2021 de extracción, producción (1.6% más que el año anterior), procesamiento de crudo (revirtiéndose por primera vez, desde el 2016 una marcada tendencia descendente al procesarse 711.6 millones de barriles diarios), producción y ventas de gasolina (observándose que se elaboró 25% más reduciendo las importaciones, mientras que se obtuvo 44% más de recursos por su venta, con respecto al 2020) y balanza comercial de productos petroleros (por ejemplo, los ingresos petroleros sumaron 1.15 billones de pesos en el 2021; es decir un incremento del 80.6% con relación al 2020, en buena medida debido a que el valor de las exportaciones  aumentó en un 70%, de tal manera que se dio una balanza comercial positiva de 8 509 millones de dólares entre el 2020 y el 2021 reduciendo una tendencia de pérdidas), empiezan a señalar una recuperación.

El objetivo es que sumando la refinería de Deer Park y la de Dos Bocas, México logre procesar dos millones de barriles de crudo al día y con ello se obtenga la autosuficiencia de derivados recuperando la autonomía energética.

IV.

En este plano vale la pena retomar lo señalado antaño por quien fuera director de PEMEX entre 1964 y 1970, don Jesús Reyes Heroles (el don es para no confundir con otros homónimos): “La función primordial de Petróleos Mexicanos no consiste en generar exportaciones, sino en proveer el mercado nacional. El autoabastecimiento en materia de hidrocarburos es una conquista definitiva que moldea, en términos inequívocos, el papel de la institución. El autoabastecimiento de crudo no tiene precio: importarlo es importar desempleo e incurrir en una creciente dependencia.”

La política petrolera se ha reorientado hacia la autosuficiencia energética como un punto central de la autonomía nacional (plan en el que se ha contemplado la energía eléctrica y últimamente la explotación del litio).

De manera que la aspiración ya no será convertirnos en un proveedor de petróleo crudo para las grandes potencias industriales, sino que se pretende un mayor equilibrio entre lo que se produce, lo que se transforma y lo que se consume, pensando en que los hidrocarburos no son renovables, considerando que la política energética es una política de Estado, de seguridad nacional y garantía del futuro nacional.  Señalaba Winston Churchill que: “Un político se convierte en estadista cuando comienza a pensar en las próximas generaciones, no en las próximas elecciones”, habrá que ver en el futuro próximo si se logra este objetivo de Estado.

 

Héctor Luis Zarauz López
Sociólogo e historiador. Se ha dedicado a trabajar temas de historia regional, económica y social, con énfasis en los periodos del porfiriato, la revolución y el México contemporáneo. Con sus trabajos ha obtenido reconocimientos como el Premio Salvador Azuela del INEHRM y mención honorífica en el Premio Marcos y Celia Maus. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores. Actualmente es integrante del seminario permanente de Historia Contemporánea y del Tiempo Presente. Es autor de varias obras: “Álvaro Obregón y la reforma a la Suprema Corte de Justicia de la Nación en el año de 1928”; “Valentín Elcoro e hijos. Historia de una vida empresarial”; “Tiempo de caudillos, 1917-1924”; “La revolución en la ciudad de México 1900-1920”; “La fiesta de la muerte; México. Fiestas cívicas, familiares, laborales y nuevos festejos”, entre otros títulos. Actualmente es profesor e investigador en el Instituto de Investigaciones Dr. José Ma. Luis Mora.
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