El Presidente López Obrador. Foto: Cuartoscuro

Desde que el inefable Gonzalo N. Santos grabara en letras de oro en la cultura política nacional aquello de que “en política moral es un árbol que da moras” el deterioro de la vida pública fue in crescendo. Por supuesto no fue culpa del político potosino, él simplemente sintetizó magistralmente el pensamiento de la época. Salvo los abiertamente cínicos (la mayoría de los políticos son veladamente cínicos) nadie puede estar en desacuerdo con el planteamiento del Presidente de moralizar la vida pública del país, el problema es qué entendemos por ello.

En su propia concepción, López Obrador considera que el deber el Presidente es que los mexicanos seamos buenos, tengamos valores y bienestar material y espiritual. Suena bonito, quizá demasiado a cura desde mi punto de vista, pero otra vez, imposible no estar de acuerdo. Sin embargo, la pregunta es cuál es el papel del Estado y particularmente del jefe de Estado en este tema.

En un país laico y con libertad de creencia la única referencia que puede tener el Estado cuando habla de moralizar la vida púbica es el cumplimiento de la ley. Ese es el gran reto y la vara con la que debemos medir al Presidente. La tentación de los gobernantes de incidir desde el poder en la vida privada de los ciudadanos convirtiendo en políticas públicas normas morales o creencias termina irremediablemente en la confusión de roles entre el Presidente y el líder, el jefe de Estado y el patriarca.

López Obrador aspira, con todo derecho, a pasar a la historia como un gran Presidente, como el hombre que cambió los destinos de un país en quiebra moral y rompió con la tendencia al deterioro de la vida pública. Pero eso no se logra con sermones ni apapachos (que, dicho sea de paso, su cercanía con la gente es quizá el rasgo más importante de su estilo personal de gobernar) sino con políticas púbicas bien pensadas, basadas en evidencia y construidas con inteligencia. El voluntarismo, la improvisación y la moralización de los temas públicos que divide al país en buenos y malos, conmigo y contra mí, están poniendo contra las cuerdas al gobierno de la autodenominada Cuarta Transformación. A falta de oposición el gobierno vive crisis autoinfligidas, producto de decisiones apresuradas y mal ejecutadas particularmente en materia de salud y seguridad.

Durante algún tiempo pensé que teníamos un Presidente que en realidad quería ser director de Pemex, luego pensé que no, que su verdadera vocación era la de cardenal primado o la de líder evangélico. Pero tampoco, el problema es que no le basta ser Presidente de la república, quiere ser el pastor, el juez, el Tata, el guía moral. Mientras tanto, tristemente, el gobierno se le va de las manos y el cumplimiento de la ley como postulado moral postergado para mejores tiempos.