La novela La Conspiración Alejandrina, del escritor de ciencia ficción norteamericano Terry Bisson, nos cuenta la historia de un grupo terrorista dedicado a destruir obras de arte del pasado. Bombas en el museo del Louvre, El Prado o la Biblioteca Pública de Nueva York. Su razón invoca el absurdo: combatir el exceso de información para abrir camino a nuevos artistas, a nuevas obras de arte.

Ciudad de México, 22 de julio (SinEmbargo).- Pensaba en ésta novela luego de leer El Umbral de las Brujas, en su primero y segundo volumen. Tengo la impresión de que en el mundo moderno sucede lo mismo, pero al revés que en La Conspiración Alejandrina: lo segregado son los creadores que atentan consciente o inconscientemente contra una cierta tradición cultural, los autores quizá demasiado nuevos, y no es una bomba lo que hace ceniza sus nombres sino el silencio – ¿Cómo saber si se está siendo deudor de una cierta tradición cultural o no como escritor? ¿Es acaso culpa del que escribe que sus letras nazcan así, contra una cierta tradición literaria proveniente del abismo del pasado o la institucionalización academicista del arte? -.

Ernesto Murguía es un escritor fuera de serie en México y, a reservas de mi ignorancia, único.

Mientras lo leía pensaba en otros grandes narradores como él, autores como Neil Gaiman, Stephen King, Graham Joyce, o el mismo Bisson. Leer las dos partes de El Umbral de las Brujas trajo a mi memoria lo que se siente leer por primera vez algo para enamorarse de una historia. No porque crea que los autores que menciono tienen una influencia grande en Murguía, sino porque lo que sentí al leer el Umbral lo sentí y sigo sintiéndolo con dichos escritores. Una suerte de nostalgia por ése primer encuentro en el cual se nos abre la luz, o la sombra quizá, a inesperadas y fantásticas moradas. Descubrir, contra los vulgares y pobres esfuerzos snobistas de mis compañeros de literatura, que la creación de historias es uno de los ejercicios de pensamiento más poderosos que existen. En ése sentido, cada uno de los relatos de El Umbral de las Brujas es un tratado filosófico-alquímico donde la razón se tambalea en el horizonte de la imaginación creadora.

Leer las dos partes de El Umbral de las Brujas trajo a mi memoria lo que se siente leer por primera vez algo para enamorarse de una historia. Foto: Especial

Ernesto Murguía es un incansable estratega de historias. ¿Dónde las encuentra? En un correo electrónico, en un conductor de la fórmula uno, en los perros callejeros, en un pordiosero, en un profesor de teatro o en un futbolista.

Lo común poco mágico a un mexicano que transita las avenidas de la Ciudad de México deviene fantástico en las letras de Murguía. Pero el ejercicio no es únicamente ingeniar personajes confrontados con situaciones que los superan y darles un orden narrativo complejo, sino que lo lleva a más, como si el autor nos revelase a través de los sucesos en la historia que no basta con la exposición de lo sucedido, sino que hace falta darles vida en palabras precisas que funcionan como una maquinaria independiente a lo narrado. El autor logra, con la ayuda de estratagemas múltiples, hacer juegos cuasi numéricos que lo convierten en un matemático de la estructura narrativa de un relato. Lo inverosímil es que Ernesto Murguía no se repite nunca y cada relato trae algo nuevo. Hay que estar preparados para leerlo, porque son muchos los relatos y cada uno contiene en su seno la posibilidad de ser mejor que el anterior y el anterior, ser mejor que el siguiente.

La literatura mexicana contemporánea guarda secretos que están al margen de lo que se encuentra en las librerías, y entre los cuales basta, como yo, con descargarlo gratuitamente en mi teléfono y leerlo en un avión transatlántico, un taxi, un trolebús, o mientras camino en un andador al sur de México.

Pocas cosas tanto valen la pena como leer éste par de libros.