“Tengo un sueño”. Foto: Cuartoscuro

“Entre tú y yo se levanta un muro infranqueable llamado 4T, no creo que pueda superarlo”, Gerry volteó la cara y se alejó sin que yo pudiera contestar algo. El frío que hacía esa noche frente a Bellas Artes era nada comparado con el balde de agua que acababa de caerme encima. La cosa ya andaba mal, no debí forzarlo a ir al concierto de Dudamel. A pesar de que fue una de esas noches en las que no faltó nada -maravillosa orquesta, un director tremendo, un programa extraordinario y el agregado del minúsculo atuendo de Yuha- estaba claro que Gerry iba a estallar con cualquier pretexto.

La sensación de pérdida me invadió. En mi prolongada soltería, harta de los machos y de los galanes de güeva, Gerry se convirtió en el compañero ideal: refinado, sensible, con una exagerada vocación por la belleza, culto, apasionado de la literatura, amante de la música. ¡Cuántas veces lloramos juntos la muerte de Werther, de Isolde, de Mimí! Viajar con él era un privilegio, es el caballero que te abre la puerta y al mismo tiempo un confidente de los fracasos y tragedias amorosas. Asesor estético en todos los sentidos, sabe con qué vestido te ves ravissante, como dice. Conoce el mejor humectante y los aceites corporales. En las bodas se transforma en John Travolta en Saturday Night Fever. Las más guapas y mejor vestidas se forman para bailar con él, hartas de los maridos dedicados a execrar al nuevo gobierno, mientras exterminan el whisky importado de 18 años de añejamiento. ¿Quién no quisiera tener su selección de restaurantes Michelin? En su extrema delicadeza huye del mal gusto como de la peste. Esclavo del gym, cuida su cuerpo con devoción. Si me ve descuidada o deprimida, de inmediato me susurra, “de perdis píntate la boca, princesa”. La forma sarcástica en la que se expresa es una gozada porque denota una agudeza poco acostumbrada en el mundo de los hombres. Pero cuando algo no le parece Gerry es implacable. Con los años ha ido sumando a su lista negra las cosas que detesta, entre ellas el Peje.

Así empezaron nuestras diferencias: primero chistes ligeros que con el tiempo se volvieron más pesados, luego discusiones que subieron de tono. Entre risas e ironías, empezaron las descalificaciones hasta culminar en un franco resentimiento. A medida que la popularidad del político aumentó, el odio de Gerry por todo lo que oliera, se asociara o tuviera que ver con AMLO fue acumulando el veneno que finalmente lo llevó a explotar aquella noche.

Primero se metió con la concurrencia. “Chairos invaden Bellas Artes”, dijo tan solo al entrar y mirar los palcos, convertido súbitamente en cadenero del Olimpo. Yo simplemente advertí que los palcos estaban repletos, cosa extraña en otros sexenios y se lo hice notar. “Sí, pero ahora los llenamos con Morenos y les ofrecemos a Dudamel con cargo a nuestros impuestos”. Preferí pensar que por morenos se refería al partido político y no a la pigmentación de la piel. Mi amigo no podía ser tan racista, me dije. Pero él arremetió, “¡la nueva élite, sucks!, cuál democracia si todo termina en quién es tu amigo o si tienes influencias y boletos”.

Como no le contesté, siguió rumiando, “Inche Peje, ¿por su culpa el país se ha polarizado entre chairos y fifis”; yo reviré, “y Gerry el más fifí”. No sonrió y contestó seco, “Obvio”. Más que obvio, buscaba pleito. Me revisó de arriba abajo, “¿Y tú, de dónde sacaste lo chaira?”, indiferente contesté, “¿no crees que ya les tocaba a los pobres?”, “claro, y lo dices con tu Chanel bajo el brazo”, vi mi bolso vintage, segunda mano, herencia de una tía y respiré profundo.

Como única salvación, me sumergí en el programa de mano. Entre las páginas llamó mi atención una hoja suelta con unas pinturas que parecían del grupo COBRA o de algún artista Brut, salvajes, bellas, alegres. El texto era intrigante: Tengo un sueño. Magno evento de cultura comunitaria, con la participación de más de 600 niñas, niños y jóvenes de todo el país y artistas invitados.

¿Por qué no me quedé callada? En vez de eso ahí voy: “Esto suena bien, ¿vamos, no?”, Gerry vio de reojo la hojita y leyó tan rápido como se lo permitían sus ganas de brincarme a la yugular. Lo hizo: “Te lo advierto, ¡no vas!”, espetó. La que subió el tono fui yo “¿Desde cuándo me das órdenes Gerardo?, voy a ir y vas tú conmigo para que no hables sin saber”.

Su mirada lo dijo todo, yo firmé mi sentencia. Ni en los peores pleitos con los hombres lo había pasado tan mal. Los aplausos al director y uno que otro “shhh” nos obligaron a callar. El concierto transcurrió con los dos en tensión. Ni la Consagración de la Primavera logró que Gerry sonriera de nuevo. En cuanto los aplausos y el acostumbrado “otra, otra” se escucharon, salió dando zancadas y yo detrás suyo. Traté de detenerlo, pero después del desplante, partió. Yo sentí una punzada en el corazón.

Los días pasaron sin saber nada de él. A pesar de que mi ánimo estaba por los suelos, el martes fui al Auditorio Nacional. Una exposición sobre el proyecto llamado Cultura Comunitaria daba una idea de su alcance: 487 municipios, 442 mil personas (12 mil niñas, niños y jóvenes). Tan solo en este año han llevado a cabo mil 800 actividades artísticas y culturales. Me puse en los zapatos de Gerry, con ganas de destilar veneno. Las cifras se maquillan, pensé, nos hemos acostumbrado a los discursos triunfalistas, rara vez podemos valorar los resultados de los “grandes planes” del gobierno. Entré resignada a presenciar el típico festival folclórico, oficialista, aburrido, predecible y me reclamé: ¿por qué no le hice caso a Gerry?

Dieron la tercera llamada. Dos pisos del Auditorio estaban repletos. Qué raro, entre los asistentes varios Fifís como Alejandro Ramírez, el de Cinépolis, a Gerry le hubiera desconcertado, es su líder de opinión en contra de AMLO. De pronto la gente arremolinada en el pasillo me hizo pensar que había llegado el presidente; pero no, era el mismísimo Carlos Slim, el Fifí de los Fifís. Todas mis suspicacias se disiparon cuando el escenario fue tomado por una orquesta de niños, niñas y jóvenes, y un coro monumental; todos ataviados con nuestros trajes típicos, entre los cuales destacaban las tehuanas con sus hermosas trenzas de flores. Las intervenciones musicales, los videos, la escenografía hecha a mano, llena de colores completaban una producción impecable en la que el elemento humano era el protagonista. Pertenecen a cientos de comunidades donde el programa atiende el arte y la cultura, entendida como instrumento de regeneración del tejido social. Todos sabemos lo mal que están las cosas; los que se quejan tienen cierta razón, es muy fácil desmoralizarse y odiar al gobierno. Pero lo que pasó en el Auditorio es una prueba de que hay un montón de cosas por hacer y muchas ya se están haciendo. Al ritmo de la banda de Tlaxiaco, hasta Slim se paró a bailar. No fue el único, todos vibramos con los cuentos llenos de ternura y candor, pero de indudable calidad, con la impresionante logística de mover a 600 niños en un escenario en el que no dejaban de pasar momentos bellísimos. La música ejecutada con tanta dignidad, terminó conmoviéndonos a todos.

Al final quedó flotando la esperanza que habría deseado Gerry viviera conmigo. Lo desearía para todos los que están desesperados y no ven salida. La 4T está sembrando una cultura para las nuevas generaciones. Los adultos ya nos somos el futuro de México, contribuimos de una manera u otra para estar donde estamos. Esos niños sí son el futuro posible: entusiastas, sensibles, llenos de vitalidad, de sueños, de consciencia del mundo en el que viven, a pesar de los riesgos. Es cierto, viven en las condiciones más adversas, pero han descubierto quiénes son a través de la pintura, de la danza, de la música, de la poesía. Hoy, esos niños tienen con que defenderse de las atrocidades del mundo. Salí del Auditorio con la agridulce sensación de que, si bien perdí un amigo, recuperé el optimismo.

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