Parece que, pese a todo, lo mejor es que mantengamos la calma, que hagamos lo que tenemos que hacer. Foto: Óscar de la Borbolla.

“Empleaba tanto tiempo en ir y venir por la ciudad, tenía retacada la agenda con infinidad de compromisos, trabajos, reuniones… que ahora, que de pronto estoy en mi casa, metido en un espacio no de kilómetros, sino de metros, siento que a mi vida le falta sustancia. Y claro que me ocupo, leo, platico por teléfono, me informo, navego en Internet, restaño los desperfectos domésticos, cocino, hago el aseo; vuelvo a leer, recibo una llamada telefónica, emprendo un viaje hasta la alacena, paso de un cuarto a otro, escucho música, vuelvo a meterme a Internet, escribo, pienso, leo. Miro por la ventana y descubro lo obvio: el encierro no me gusta.”

“Siempre decía que me gustaría estar con mis hijos, mi esposo, mi familia. Pasar tiempo con ellos, poder realmente convivir. Pero ahora que están aquí, y yo con ellos, descubro que la distancia de antes era la ideal: cuando cada quien estaba metido en sus asuntos y en su vida. Eso nos daba la dosis perfecta de vida familiar, esos ratos esporádicos que nos permitían incluso extrañarnos. Hoy me siento sobrepasada, invadida y, la verdad, ya no me aguanto. No me gusta el encierro.”

“¿Hasta cuando va a durar este maldito cautiverio? Déjenme en paz. Mi papá, todo el santo día, está encima de mí corrigiéndome, mi mamá no para de encargarme esto y lo otro; que no tire, que no ensucie, que le baje a la música, que apague el celular, que me va a hacer daño tanto Internet; que me ponga a hacer algo de provecho… y luego, ¿a quién se le ocurre que entre todos armemos un rompecabezas gigante…?, ¿en qué cabeza cabe algo así? Estoy harto. No me gusta el encierro.”

Los anteriores monólogos son tan sólo un escueto ejemplo de lo que la gente anda pensando, en todos los lugares, aquejada por la actual pandemia. Faltan, por supuesto, los monólogos de inconformidad, las ásperas críticas a las medidas políticas de aislamiento, y muy especialmente los pensamientos de zozobra y angustia de quienes por vivir al día no pueden darse el lujo quedarse “tranquilos” en el hacinamiento doméstico, sino que están desesperados, ya que, aun saliendo a la calle no consiguen prácticamente ingresos. Y falta también, no los olvidemos, los monólogos de tristeza de los amantes clandestinos que, además del hartazgo general, padecen las mordidas de la nostalgia y la añoranza.

Esto apenas comienza. Cada quien tendrá que lidiar con su malestar, sortear las horas muertas con el recurso que sea: la lectura, las series televisivas, la música, las actividades de convivencia virtual… y con su miedo. Ese miedo a lo invisible, ese miedo que puede hacer que cualquier estornudo se traduzca en pánico. Parece que, pese a todo, lo mejor es que mantengamos la calma, que hagamos lo que tenemos que hacer: cooperar; cooperar y olvidarnos; entender el problema y distraernos. No contar las horas. Dejar que los días pasen. Ojalá que pudiésemos hibernar toda la primavera.

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@oscardelaborbol