“Te doy mis ojos” se presentó en 2003. Foto: Especial.

Eso le dice Antonio a Pilar en la película de Icíar Bollaín “Te doy mis ojos”. “Te juro que voy a cambiar”, después de gritos, de amenazas, de golpes, de visitas de ella al hospital donde dice que “otra vez se cayó por las escaleras”. Él vive con una furia prácticamente incontrolable, a pesar de la terapia a la que decide ir, a pesar de los ejercicios de autocontrol, de respiración, de escritura. No es el único enojado, frustrado, irritable, en ese grupo de hombres violentos de todas las edades que se encuentran cada semana intentando cambiar. Ella vive aterrada. Le tiembla el cuerpo, llora, intenta escapar, abraza a su hijo, se esconde. El miedo lo cubre todo. Tampoco es la única.

“Te doy mis ojos” se presentó en 2003. Foto: Especial.

La pregunta que guió a la directora en esta film considerado como unos de los mejores sobre violencia contra las mujeres, fue “¿Por qué?” Por qué un hombre que dice querer a una mujer, la destroza. Por qué una mujer se queda con un hombre que la destroza.

Es verdad, están la violencia de un lado y el miedo del otro lado. Están las convenciones sociales, las creencias populares (“si te controla es que te quiere”), los “consejos” de las mujeres mayores (“una mujer tiene que quedarse con su marido”). Está, en última instancia, el patriarcado modelando los comportamientos, las exigencias, el imaginario, las relaciones, para todas y todos.

Pero no es lo único: en las relaciones tóxicas pueden estar presentes también el amor, el deseo, las promesas, el arrepentimiento, las lágrimas compartidas, los nuevos proyectos. ¿Cómo se sale de ese círculo perverso? “Te juro que voy a cambiar”. ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Cuántos golpes después? ¿Cuántas “caídas por las escaleras” después? ¿Cuánto llanto después?

“Una noche de invierno, Pilar (Laia Marull) sale huyendo de su casa. Lleva consigo apenas cuatro cosas y a su hijo Juan. Escapa de Antonio (Luis Tosar), un marido que la maltrata y con el que lleva 9 años casada. Antonio no tarda en ir a buscarla. Pilar es su sol, dice…
Donde dice hogar, se lee infierno.”

“Te doy mis ojos” se presentó con esta descripción en el momento de su estreno en 2003; tuvo un hondo impacto en la sociedad española, arrasó en los Premio Goya y obtuvo múltiples reconocimientos. Bollaín, que se había iniciado en el mundo del cine como actriz a los quince años, nada menos que con Víctor Erice en “El sur”, y que aprendió de Ken Loach, otro de sus maestros, que el cine puede ser una excepcional herramienta de denuncia social y de espacio para la esperanza, supo desde el comienzo que lo ético y lo estético tenían que ser las columnas inseparables que sostuvieran su trabajo.

“Se trata de una directora especialmente comprometida con los márgenes: con los migrantes, con los exiliados, con las mujeres, con aquellos que de alguna manera se sienten acosados por su identidad de género, por su origen, por su color de piel”, dijo la especialista en historia de las mujeres, Carmen de la Guardia, en la estupenda presentación que hizo de la película esta semana en la Escuela de Español de Middlebury College, en el verano más extraño que hayamos tenido los profesores y estudiantes que solemos encontrarnos y abrazarnos cada mes de julio (pero como dirían en mi pueblo: ése es otro cantar). “A través de su cine podemos captar espacios olvidados, silenciados y hasta borrados por los relatos hegemónicos. Al mismo tiempo nos moviliza, nos hace participar, nos hace reflexionar, para que las cosas cambien; por eso la considero también una activista”, continuó Carmen de la Guardia (1).

Allí estuvo (por zoom, claro) la propia Icíar Bollaín hablando de su cine. Entre otras cosas, contó que para filmar “Te doy mis ojos” se reunió durante largos meses con mujeres víctimas de violencia doméstica. Fue entonces cuando escuchó una de las frases que más caló en ella: “Somos mujeres maltratadas, pero no somos tontas. En la relación no hay sólo violencia: hay también amor, deseo, compañerismo.”

Surgió entonces el principal reto de la directora, y aún hoy casi veinte años después la película sigue conmoviendo, emocionando, provocando reflexiones y discusiones justamente por el modo en que va mostrando el conflicto a medida que avanza la trama. ¿Cómo se cuenta esa ambigüedad? ¿De qué modo se habla de esos claroscuros? ¿Se puede entender al maltratador como un producto de su familia, de su entorno, de su cultura? ¿Se puede mostrar esa complejidad sin justificarlo? La sutileza del relato construido a través de la mirada intimista y delicada de la cámara, permite seguir la transformación interior de los personajes; permite conocer sus expectativas, sus sueños, sus temores, sus debilidades.

Cada escena es así un cuadro desgarrador y profundo que se va tejiendo en torno a las fragilidades de ambos: de Pilar y de Antonio.

2.

Lo he dicho otras veces, lo he escrito otras veces: una casa no siempre es un hogar. Una casa puede ser el espacio en que las mujeres y las niñas vivan sometidas a una violencia permanente; puede ser el espacio de mayor peligro para ellas, en el que vivan los mayores terrores: gritos, golpes, violaciones.
“Donde dice hogar, se lee infierno.”

No: una casa no siempre es un hogar. Lo he dicho otras veces. He intentado entenderlo escribiendo una novela en la que una niña es abusada sexualmente por su padre ante el silencio dolido y quizás desesperado de la madre. Esa niña creció y se convirtió en una de las actrices más amadas de Hollywood, se llamaba Rita Hayworth. Pero la herida que marcó en la infancia a la “diosa del amor” no se cerró jamás (2).

Ahora que las cifras de violencia por razones de género crece de manera brutal dentro de los hogares en México (como en muchas otras partes del mundo): de marzo a junio de 2020 la Red Nacional de Refugios (RNR) atendió a 14 mil 599 mujeres con sus hijos.

Ahora que se han aumentado los feminicidios.

Ahora que nuestro gobierno recortó en 75 por ciento el presupuesto del Instituto Nacional de las Mujeres.

Ahora que Alexandra Ocasio-Cortez pronunció un excepcional discurso, en el congreso de Estados Unidos, como réplica a los comentarios misóginos de un representante republicano: “Esto no es nuevo, y este es el problema”, afirmó. “Tiene que ver con la cultura de la impunidad, de la aceptación de la violencia y del discurso violento contra las mujeres dentro de una gran estructura de poder que la apoya” (3).

Ahora que estamos juntas

Ahora que sí nos ven…

Como se canta en las marchas.

Ahora no basta con conmoverse o enojarse, no basta con organizar una protesta en redes sociales.

Ahora nos corresponde buscar juntas los caminos –legales, personales, familiares, sociales, educativos, culturales- que nos permitan construir un mundo en que ningún golpeador, ningún abusador, ningún violador, pueda seguir actuando impunemente. Ni jurando cambiar antes de haber realmente cambiado.

Termino con un fragmento del poema de la gran Maya Angelou llamado “Y aun así… yo me levanto”:

¿Me quieres ver destrozada?
cabeza agachada y ojos bajos,
hombros caídos como lágrimas,
debilitados por mi llanto desconsolado.
¿Mi arrogancia te ofende?
No lo tomes tan a pecho,
Porque yo río como si tuviera minas de oro
excavándose en el mismo patio de mi casa.
Puedes dispararme con tus palabras,
puedes herirme con tus ojos,
puedes matarme con tu odio,
y aún así, como el aire, me levanto.

Y aún así, como el aire, nos levantaremos.


(1) Sin duda vale la pena acercarse a los libros de Carmen de la Guardia, escritos siempre desde una rigurosa perspectiva histórica y de compromiso con las reivindicaciones de las mujeres a lo largo de la historia; cito, entre otros: Victoria Kent y Louise Crane en Nueva York, La construcción del sueño americano (Estados Unidos 1929-2018) y el novísimo Las maestras republicanas en el exilio.

(2) La estirpe del silencio, México, Seix-Barral.

(3) Ver el artículo completo en Público,es