El ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas dio una lección presencial al Presidente de la República. Foto: Moisés Pablo, Cuartoscuro.

Dice Bobbio que la moderación es generosa con los demócratas. Mucho tiempo atrás, en su Retórica, Aristóteles dice que los oradores deben poner una buena dosis de benevolencia para comunicarse con los demás. Quien piense que moderación y benevolencia significa ambigüedad, blandura inútil o simplemente afán de contemporizar con los males que aquejan a una sociedad, está equivocando sus apreciaciones. No son pocas las piezas que la oratoria política nos brinda y que, apoyadas en esas dos divisas, han marcado hitos en sus pueblos y aun en la historia mundial.

En estas sumarias apreciaciones, en las que por supuesto ambos pensadores hacen gala de maestría en sus obras, vienen a colación por sendos discursos que se pronunciaron en la conmemoración del cincuentenario de la muerte del general michoacano Lázaro Cárdenas del Río. El primero por su hijo, Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, el segundo pronunciado por el Presidente de la república, Andrés Manuel López Obrador. Coincidieron en el mismo lugar y con motivo de la efeméride histórica. Ahí también hubo una lamentable intervención del historiador Lorenzo Meyer, con grandes dotes y méritos intelectuales, pero que demostró que colocarse a la sombra del poder frecuentemente reblandece hasta aquellos que tienen una afilada pluma crítica, valga la digresión.

Aunque haya varias vetas a explorar en los discursos, me quiero detener simplemente en un solo aspecto y haré unas consideraciones finales después. Esto tiene que ver con las relaciones de antagonismo, de las contradicciones entre los adversarios y los opositores. En ese rubro, el ingeniero Cárdenas fue puntual en destacar algo que distinguió al general su padre: su respeto por las diferencias con los críticos de su gobierno, que ejerció durante el primer periodo sexenal estipulado para la Presidencia de 1934 a 1940. Esto, a mi juicio, no significa que el general no haya encarado a verdaderos y auténticos poderes, aparentemente incontestables, de su tiempo, pues baste recordar que se enfrentó valiéndose de las leyes y las instituciones a los grandes monopolios petroleros de su época, en un tiempo delicado y en un mundo al borde de la conflagración durante la Segunda Guerra Mundial. Con el reparto agrario, al interior propio del país, no le tembló la mano y lo realizó de manera que marcó a nuestra historia y lo hizo apoyado en las leyes y las instituciones.

Siendo un joven Presidente de la República, el general Cárdenas pudo haber sido brioso en la palabra y proclive al mal trato. A contrapelo de eso practicó la moderación y también la benevolencia en temas políticos que pudieron haber dado al traste con su gobierno generando crisis innecesarias. Esto no quiere decir que la crítica histórica no le haga señalamientos precisos y necesarios. Pero su estatura de estadista jamás se perdió en la polarización artificial provocada por el uso del lenguaje y de las actitudes frente a los contrarios, que los tuvo y en grueso número. Las virtudes, por otra parte, se dieron al momento que dio abrigo a León Trosky, cuando lo pragmático hubiera sido plegarse a José Stalin; o cuando dio casa y abrigo a los republicanos españoles derrotados por el franquismo, entre los cuales venían hombres y mujeres de todos los signos ideológicos del abigarrado mosaico español.

El ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas dio una lección presencial al Presidente de la República. Ojalá y la tome. El discurso presidencial, a mi juicio, fue protocolario, de remembranza cívica, pero continuó exhibiendo a un hombre que se erige en juez para juzgar la historia y utilizarla en su provecho. En una conmemoración como esta, no viene al caso decir cuál es el mejor Presidente de la República que hemos tenido, menos si se recuerda en particular a otro cincuenta años después de su muerte. Quién puede decir ahora y desde el poder si Benito Juárez, Madero o Cárdenas del Río ocupan el primer sitial, desentendiéndose de que cada uno lo ocupó en su circunstancia histórica y lo hizo bien y por eso han recibido el reconocimiento de las generaciones posteriores.

Para mí los tres son admirables, no soy nadie para decir en qué lugar del podio se colocan. Pero ya que el Presidente lo hizo tomando a Juárez como figura, quizás esté pensando en un rasgo que lo caracterizó: perpetuarse en el poder, a costa de pelearse con los suyos y más cercanos como fueron José María Iglesias y Sebastián Lerdo de Tejada. El general, en cambio, no obstante haber inaugurado los periodos sexenales, se comprometió con uno y su sucesión no fue para su placer y continuismo, respetando al cercano en igual intensidad que al diferente. Y eso vale mucho, salvo que se adore sin moderación y benevolencia al poder.