Que la experiencia nos permita hacer que el triunfo de la ciencia sea permanente.Foto: Gabriela Pérez Montiel, Cuartoscuro.

Hace unos días me topé con un meme en alguna red social. Era la foto de una presunta científica (ya se aclaró que no era así) quejándose por las inmensas fortunas que se han pagado a los futbolistas en contraste con los reducidos sueldos que han percibido los científicos; en particular, aquéllos que, ahora, son los encargados de encontrar soluciones para la pandemia. Al margen de que, al parecer, la imagen y las declaraciones son espurias, lo cierto es que tienen mucho de razón. No será ningún futbolista quien nos salve ahora aunque haya quienes, en su confinamiento, hayan visto una y otra vez repeticiones de ese partido que tanto les emociona.

En los asuntos científicos también hay niveles. Mientras existen países en donde sus mejores investigadores apenas perciben un sueldo que no podría considerarse digno, en otros, grandes farmacéuticas pagan fortunas a cambio de descubrimientos que generarán más dinero. Centros de investigación hay por doquier en los países más avanzados. Dependen del Gobierno, de universidades de cualquier tipo, de iniciativas privadas y demás. Son ellos quienes se encargarán de resolver el problema en el que estamos metidos. No sólo porque serán capaces de encontrar una cura, primero, y una vacuna más tarde, sino porque entenderán a cabalidad el asunto y mirarán más allá de su simple resolución. Y eso sólo en el campo de la farmacología, la epidemiología y las cuestiones médicas. Hoy en día, ya existe una sorpresa generalizada por la velocidad a la que han estado trabajando y, sobre todo, ofreciendo resultados. Aún insuficientes pero bien encaminados.

En los otros campos también habrá un desarrollo científico profundo. Esta pandemia no se podría entender a cabalidad de no ser por los modelos matemáticos que han permitido trazar su expansión. Incluso, desde las aplicaciones prácticas para contener el contagio en los países asiáticos. Y quedan pendientes ciencias menos duras, como la economía, la psicología social y un sinnúmero de disciplinas afines que parten de una misma inquietud: la de buscar la verdad.

No sé si alguno de mis lectores alguna vez se ha topado con personas de las que afirman, frente a un problema científico que sale en una plática, que a ellos no les interesa, que pensar es para el trabajo y que ese día están descansando. Yo sí. Y siempre me había preguntado por qué esa reticencia a pensar, en general, o a pensar en cosas que nos son ajenas, en particular. Supongo que la culpa es de los sistemas educativos que nos han enseñado a partir del castigo y la recompensa. Entonces, si no hay una recompensa por el hecho de pensar en cosas que no nos competen, será mejor no hacerlo.

Considero que justo ahí está uno de los grandes problemas de la ciencia: su falta de espectacularidad. Al menos, en lo que se refiere a resultados inmediatos. Sí, aplaudiremos (como ya le aplaudimos a todo el personal sanitario) a quienes encuentren la vacuna y la medicina en su dosis exacta. También a quien la distribuya masivamente. Incluso a los laboratorios que lucrarán con ella porque, a cambio, estará la salud del planeta entero. ¿Y después? Después habrá iniciativas y bonos de desempeño, pago de horas extras, una andanada de recursos para la investigación de los países más avanzados (el nuestro no se distingue por el presupuesto que designa a la ciencia) y muchos buenos deseos. Sin embargo, cuando esta experiencia sea parte de las anécdotas cotidianas, sin duda algún futbolista firmará un contrato multimillonario que, ni en sueños, tendrá un científico de su nivel. Ojalá me equivoque porque, de lo contrario, seguiremos teniendo a más niños deseando ser futbolistas antes que científicos. Y se vea como se quiera, se necesitan más de los segundos que de los primeros. Este año es una clara muestra de ello: que la experiencia nos permita hacer que el triunfo de la ciencia sea permanente.