Vivir sin el Estado (pero pagar impuestos) es cool

29/06/2016 - 12:00 am
¿Cómo fue que pasamos del discurso de la solidaridad al discurso de la precariedad, de pensar que tener 100 por ciento de seguridad social es un “privilegio”? Foto: Cuartoscuro
¿Cómo fue que pasamos del discurso de la solidaridad al discurso de la precariedad, de pensar que tener 100 por ciento de seguridad social es un “privilegio”? Foto: Cuartoscuro

La propaganda oficial cantaba “nuestro enemigo, la pobreza, hay que acabarla con destreza… Solidaridad, ¡venceremos!” Eso fue hace 27 años y, si usted está lo suficientemente ruco, seguramente una vocecita en su cabeza ya empezó a entonar la melodía. Si no, si nunca la ha oído, aquí puede ver el video original. A éste le siguieron una serie de spots que pretendían dar fe de los avances del programa, por ejemplo, e incluso algunos fueron grabados en lenguas originarias mesoamericanas, como éste en purépecha. En aquel entonces muchos sentían que ya estábamos a punto de ser un país primermundista gracias al libre mercado.

Hablar de solidaridad y neoliberalismo hoy día suena contradictorio. Pero hace 27 años era el espíritu de la época: Solidaridad era el nombre del movimiento más famoso de liberación y lucha en contra del socialismo y a su dirigente, Lech Walesa, se le ponía a lado de Gandhi, Martin Luther King Jr. o Nelson Mandela. Es decir, la propaganda estatal había hecho su tarea en entender el sentimiento de la población y utilizarlo a su favor con excelentes resultados (si usted es joven y no me cree, pregúntele a su viejito más cercano: a cualquiera mayor de cuarenta).

Hoy día la propaganda oficial y extra-oficial (aquella distribuida a través de memes, infografías, “periodistas” y articulistas) es muy diferente. Por ejemplo, al respecto de la Reforma Educativa, si bien algún spot parecía mantener el espíritu de la campaña Solidaridad (como éste), el tono general ha sido otro, por ejemplo, éste donde se afirma textualmente que “el Gobierno de la República está decidido a dar todos los pasos que sean necesarios para mover la política educativa”. Pero el principal cambio en el discurso se ha dado en la propaganda extra-oficial, donde se habla de que los maestros son privilegiados, por ejemplo aquí y acá. Y en algunas infografías se señala que algunos de los privilegios de los maestros son tener 100 por ciento de seguridad social y contar con más días de aguinaldo o de vacaciones.

¿Cómo fue que pasamos del discurso de la solidaridad al discurso de la precariedad, de pensar que tener 100 por ciento de seguridad social es un “privilegio”? Aventuro una respuesta.

LAS CARENCIAS DEL ESTADO

En los años 80, antes de Solidaridad, la ausencia del Estado en la atención de las demandas ciudadanas era también perfectamente visible. Tanto en las zonas más densamente pobladas (Ciudad de México, Guadalajara, Puebla, Monterrey…) como en las localidades más apartadas, los servicios médicos, educativos, policiales, de limpia y recolección de basura, parques y jardines, hospicios y asilos, caminos y puentes, alumbrado y transporte público, etcétera, eran por lo menos deficientes. La burocracia, sobre todo en el centro del país, era una pesadilla. Para colmo, la cascada de megadevaluaciones habían incrementado los índices de desempleo y subempleo y el incremento de la deuda externa hacía parecer imposible cualquier tipo de inversión en infraestructura –o, siquiera, en mantener la infraestructura. El único empleo más o menos seguro era trabajar para el gobierno, mantener el lema “vivir en fuera del presupuesto es vivir en el error”.

De modo que todos aquellos que vivían fuera del presupuesto empezaron a buscar alternativas: creció el mercado de los seguros (médicos, de vida, inmobiliarios, de educación) y también la corrupción como vía de escape a la burocracia kafkiana. Las buenas conciencias urbanas y clasemedieras, principalmente en la Ciudad de México, comenzaron a institucionalizar la propina: a los limpiavidrios y vendechicles pero también a los recolectores de basura y despachadores de gasolina. Lo que derivó en la desaparición del sueldo fijo de últimos y penúltimos y, después, en la instauración de trabajos “sin sueldo”, como los “cuidadores” de vehículos en los estacionamientos de los supermercados (no en todo el país, claro, pero sí ahí y en otros sitios cercanos).

Lo anterior fue creando, por un lado, un resentimiento contra la burocracia, contra cualquier trabajador del Estado, ya fuera maestro, electricista, perforador petrolero u oficial de tránsito. Y, por otro, un sentimiento de superioridad entre aquellos que podían prescindir del Estado y, además, soltar propinas desde ese compartimento repleto de moneditas en su carro.

VIVIR SIN EL ESTADO (PERO PAGAR IMPUESTOS) ES COOL

Lo anterior parece más claro cuando vemos el cambio de mentalidad respecto a la educación. En los 80, aunque ahora parezca increíble, la principal razón para estudiar en una escuela privada era la educación religiosa. Asunto que venía de otra lucha –en esta historia interminable de luchas por la educación desde el sIGLO XIX- que también causó revuelo, marchas, bloqueos, presos y asesinados: la lucha por la libertad de educación. Estudiar en una escuela privada significaba, antes que nada, recibir con otro nombre (porque estaba prohibido) clases de moral y de cristianismo.

Por descontado, salvo excepciones, sólo aquellos con los suficientes recursos económicos podían darse el lujo o hacer el sacrificio de mandar a su hija con las teresianas o a su hijo con los jesuitas. Esto eventualmente generó la idea “educación privada = clase alta” y, con el éxito comparativo de instituciones como el Tec versus la UNAM (los chicos tec conseguían trabajos envidiables mientras que los anuncios de empleo presentaban la leyenda “egresados de la UNAM abstenerse”), se acuñó también la idea de que la educación privada era “mejor” que la educación pública. “Mejor”, claro, sólo en el sentido de “capacitación laboral”.

Hoy día el argumento de la educación religiosa ha sido desplazado por el argumento de la “mejor educación”, incluso en un sentido aspiracional: no es necesario verificar que la institución en cuestión (por ejemplo, todas las escuelas “patito”) tenga mejor nivel académico sino que el simple hecho de estudiar en un colegio privado y no en uno público parece hacernos sentir mejores, superiores como aquel que suelta propinas a diestra y siniestra.

Este mismo cambio se ha dado en mayor o menor medida en el resto de rubros otrora competencia y exigencia de la ciudadanía al estado. Poder pagar un hospital privado se presume, una agencia funeraria privada, un equipo de seguridad privada para el barrio, la manutención de los parques de la colonia, la carretera de cuota, el asilo privado, Uber, etcétera. Ojo, no importa si en realidad son mejores o peores (muchas veces ni siquiera se comparan: “El camión urbano es horrible”, “¿Te has subido?”, “No, pero he visto fotos”), lo que importa es que es cool poder prescindir de los servicios del estado. Es algo que se presume.

Así hoy día parece que la propaganda oficial a favor de la Reforma Educativa, y más la extra-oficial, ha sabido leer muy el espíritu de nuestro tiempo. La parte aspiracional, presuntuosa, de aquellos que no van a la escuela pública y el rencor en contra de los trabajadores del estado. Mientras que la solidaridad, por supuesto, la unión que nos haría luchar para que todos tengamos los mismos “privilegios” o derechos laborales (y aquí no me refiero a los de los dirigentes sindicales ni, mucho menos, pretendo justificar sus actos de corrupción, sino al derecho a tener un aguinaldo o más 10 días de vacaciones), ha quedado como reliquia para los viejitos.

Luis Felipe Lomelí
(Etzatlán, 1975). Estudió Física y ecología pero se decantó por la todología no especializada: un poco de tianguero por acá y otro de doctor en filosofía de la ciencia. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte y sus últimos libros publicados son El alivio de los ahogados (Cuadrivio, 2013) e Indio borrado (Tusquets, 2014). Se le considera el autor del cuento más corto en español: El emigrante —¿Olvida usted algo? —Ojalá.
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