La Premio Nobel bielorrusa Svetlana Aleksiévich le ha dado un lugar central a las mujeres de la Segunda Guerra Mundial. Se cuentan en casi un millón y los testimonios que aparecen en el libro editado en español por Debate con el título La guerra no tiene rostro de mujer dan cuenta de múltiples funciones en contiendas bélicas que hasta ahora habían sido narradas sólo por los hombres.

El silencio femenino otorgó las omisiones; sus relatos, en cambio, tienen la fuerza de la ficción, al punto tal que son muchos los hombres que aseguran que cuando las mujeres hablan de la guerra, inventan.

En un mundo patriarcal, la mujer no va a la guerra. Y si va a la guerra no debe contarlo.

La imagen de una dama que se queda frente a la ventana tejiendo una manta mientras espera a lo Penélope el regreso del guerrero se corresponde con el lugar pasivo que la sociedad ha pretendido condenar al sexo femenino.

Sin embargo, la posibilidad de la venganza, del odio, de la guerra, del martirio y de todas las bajas y altas pasiones humanas viven también en el alma de una mujer. En eso, supongo, consiste la igualdad de género, un estado del espíritu donde no es posible distinguir ni clasificar las pasiones porque ellas provienen de la especie humana misma, sea hombre, sea mujer.

Y en el orden patriarcal de las cosas, entre las muchas cosas que se ha negado al género femenino ha sido su capacidad de odiar o de tener un rol activo en las luchas que se libraron durante el siglo XX en todo el orbe.

Es curioso que acción sea un concepto generalmente masculino. Sin embargo, accionar, activar, tomar decisiones y riesgos son elementos que conoce muy de cerca una mujer.

Como la Monika Ertl de esta historia, una dama alemana de profundos ojos azules que en la mañana del 1 de abril de 1971 entró en la oficina del cónsul de Bolivia en Hamburgo, Roberto Quintanilla, y le descerrajó tres tiros a corta distancia, vengando así a Ernesto Che Guevara (1928-1967), a cuyo cadáver el funcionario asesinado le había amputado las manos.

Monika usó para su ajusticiamiento una Colt Cobra 38 Special, que dejó en el lugar junto a una peluca, el bolso y una leyenda que decía “Victoria o muerte: ELN”.

La historia de esta mujer bellísima inicia en 1950 en Bolivia, país al que llegó con su padre, Hans Ertl, un fotógrafo de los nazis que luego del fin de la Segunda Guerra Mundial buscó refugio en Sudamérica.

Hans Ertl (Alemania, 1908-Bolivia, 2000) era un alpinista, innovador de técnicas submarinas, explorador, escritor e inventor, que trabajó a las órdenes de la célebre cineasta Leni Riefenstahl (1902-2003) retratando a los dirigentes del Partido Nacionalsocialista durante los Juegos Olímpicos de Berlín en 1936 y llegó a ser uno de los fotógrafos personales de Adolf Hitler (1889-1945).

Sin embargo, Hans no tenía nada contra los judíos y odiaba que lo llamaran nazi. En Bolivia se dedicó al cine y a la fotografía, pasiones que transmitió a su hija mayor, Monika, que había nacido en Munich en 1937.

En Bolivia, Monika aprendió a llamar tío Klaus al “Carnicero de Lyon”, Klaus Barbie (1913-1991), quien se escondía allí usando el apellido Altmann, pero también vivió como una tragedia el asesinato en octubre de 1967 del guerrillero argentino Ernesto Che Guevara, al que admiraba profundamente.

Sus ideales revolucionarios pronto la enfrentaron con su padre, quien la echó de la casa familiar, una circunstancia que a fines de los ’60 la llevó a ingresar a la guerrilla, donde adoptó el nombre de “Imilla”, que en lengua quechua y aymara significa niña india.

La historia cuenta que luego del asesinato de Quintanilla fue perseguida hasta ser cazada en una emboscada tendida por su “tío” Klaus Barbie. Fue asesinada por las fuerzas de seguridad bolivianas el 12 de mayo de 1973.

Su padre, Hans, reclamó en vano el cadáver.

En el cementerio de la Paz hay una lápida hecha de una piedra primitiva que fue trasladada especialmente a pedido de Hans, escrita con el nombre de Monika Ertl y aunque allí no están sus restos, son el testimonio de la vida de una mujer que hizo de la venganza y de los ideales revolucionarios los propósitos sustanciales de su existencia.

El periodista Jürgen Schreiber escribió el libro La mujer que vengó al Che Guevara, que todavía no ha sido traducido al español.