Foto: EFE

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Ciudad de México, 30 de junio (SinEmbargo).- En un estadio lleno y frío, abundan los ojos rasgados en la tribuna que sacaban más flashes de cámara que expresiones de asombro por lo que pasaba en cancha. Hace 11 años, la ciudad de Yokohama albergó un hecho histórico para el futbol. El dominio histórico que Brasil había mostrado a lo largo de los mundiales con su estilo de juego distinto, se confirmó en suelo japonés con un jet lag importante en América donde los brasileños festejaban con pleno sol lo que sus ídolos celebraban en el anochecer nipón.

Tras 16 mundiales compartidos en Europa y el continente americano, la Federación Internacional de Futbol Asociación (FIFA) decidió darle la sede de la Unión de Federaciones de Futbol Europeas (UEFA) a un país en el que el futbol no fuera una tradición pasional social. Como en 1994, cuando Estados Unidos albergó una copa del mundo que se jugaba en estadios de futbol americano a plena luz del día con el pesado sol veraniego del país norteamericano. Tras dicha competencia, el estadounidense empezó de a poco a dejar entrar en sus sentidos al deporte más popular del resto del mundo, el futbol de aquel país creció notablemente. Era el turno asiático. Corea y Japón organizaron de manera conjunta, por primera vez, el mundial 17.

Se construyeron 18 de las 20 sedes en las que 32 selecciones darían luz al primer Mundial en Asia. Rara era la sensación de los horarios de madrugada en el que los habitantes del nuevo continente observaban con pasión y un poco de sueño las hazañas de sus respectivas selecciones. Con una tecnología de primer nivel, digna de lo que Asia regala al mundo, los estadios se convirtieron en esas naves extraterrestres de diseños raros en las que el futbol pretendía despertar nuevas pasiones en la gente que iría a los estadios. A pesar de algunos espacios vacíos en la grada de contados partidos, el futbol asiático agradecía el gesto de la FIFA por considerarlos.

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Con un ambiente mundialista envuelto por una tecnología de principios del siglo XXI, a la que el mundo no terminaba por acostumbrarse, el balón rodó como cada cuatro años: ininterrumpidamente desde 1950. Ese balón que dio tantas molestias a los porteros por su ligereza, reclamaba a gritos un buen trato de algún equipo que lo jugara más en vez de quejarse tanto. Fue el equipo experto en ese aspecto que alzó la mano. Brasil puso manos a la obra en medio de críticas constantes que llegaban desde sus lares por la toma de decisiones que tomaba el técnico Luis Felipe Scolari.

Tras un proceso eliminatorio con mucho trabuco, Brasil se clasificó en tercer lugar de la Conmebol con un distante juego del que lo hizo grande en la historia de este deporte. Las críticas constantes acompañaron a la delegación de futbolistas brasileños hasta su llegada a las sedes dictadas para sus partidos. Ni Turquía, Costa Rica o China le ofrecieron resistencia seria a la selección verde-amarellha que dominó el grupo C. En ese momento, la estela de la mayor competencia futbolística arropó a la selección que más veces ha escuchado su himno en los mundiales previo a un partido.

Luego de superar a Bélgica en octavos de final, Inglaterra le hizo frente en cuartos de final. De aquella disputa se recuerda el gol que el portero David Seaman se comió tras un centro que Ronaldinho terminó poniendo en el ángulo. La presencia del joven crack derrumbó cualquier crítica en el aire. Se convirtió en ese jugador que acompañó al eterno Ronaldo quien afiló su puntería en el torneo que se ha transformado en su hogar. Ya en semifinales, la sorprendente Turquía sucumbió ante la presencia de los brasileños que supieron mantener la mínima ventaja y acceder a la gran final frente a un histórico como Alemania.

La final fue un capítulo digno de enmarcar. La selección sudamericana jugó y compitió como una estancia de tal magnitud lo requiere. El mejor jugador del torneo, el guardameta alemán Oliver Kahn, se enfrentaba al descomunal Ronaldo. El brasileño puso al mundo de pie con dos goles más a su cuenta histórica. Un ave fénix que renacía tras sendas lesiones le daba a la selección brasileña, el mote de dominante sin cuestionamientos en los mundiales. El 30 de junio de 2002, Brasil ganó su quinta Copa del Mundo. Ahí, en la cima del planeta futbolístico, los brasileños dominaron Asia, el nuevo continente que la FIFA descubrió.

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